Nunca fui gran fan de la literatura oriental (obviando a Murakami, pero me parece que él es más bien occidental cuando escribe). Me cuesta bastante empatizar con algunas historias y lo achaco a una gran falta de conocimiento compartido y mi analfabetismo cultural. Pero hoy te traigo algo que me cambió un poquito mi visión de la novela asiática. Te traigo una joyita.
Si pudieras volver a un momento concreto de tu pasado, ¿lo harías? Yo a veces lo pienso, pero reconozco que mi pasado me ha llevado donde estoy hoy. Sería una persona distinta si hubiera tomado decisiones diferentes a lo largo de treinta y siete años. Pues Antes de que se enfríe el café precisamente va de la posibilidad de volver al pasado, pero con demasiadas normas. Solo puedes volver al pasado por el tiempo que tardará en enfriarse tu café. No podrás levantarte de la silla y solo podrás reunirte con alguien que ya haya estado en la cafetería anteriormente. Y, lo que me parece más frustrante: hagas lo que hagas el futuro no cambiará. Pues mira, volver al pasado para que nada cambie no sé si vale mucho la pena,
Voy a serte sincera, va. Escogí el libro por la portada. ¿No me dirás que no tiene una portada superinstagrameable? Pues sí, la tiene. Pero la historia está muy bien. En realidad son unas cuantas historias conectadas entre sí: varias personas que necesitan volver al pasado para sanar heridas, para recuperar momentos perdidos, para estar en paz. Al principio cuesta un poco engancharte, quizá porque se descubre relativamente tarde la conexión entre cada una de las historias, pero luego te lo llegas a leer en un respiro.
En positivo voy a decirte que la lectura es ágil, la historia dulce e incluso se te podría llegar a saltar una lagrimilla. En negativo, y eso es algo muy personal, hay demasiadas notas de traducción. Entiendo que traducir del japonés no debe ser fácil, pero me han sobrado notas explicativas de cosas que no me parecían importantes para la historia (por ejemplo: me es bastante indiferente si lo que come el protagonista de la historia es un bollo típico japonés relleno de no sé qué, me sobra bastante)
Este es un libro para leerte con un par de cafés, con calma, sin pausa, de esos que no te duran dos tardes y te dejan un buen sabor de boca. Si te apetece tomarte un café, no dudes en escogerlo.
Cuando te he visto entrar, desprendías vitalidad y alegría. Venirte a hacer las uñas para ti ha sido como un día de fiesta. Por lo que he oído llevas seis meses sin poder hacer nada. La razón, según parece, es esa preciosidad de bebé que llevas en el carrito que según tus propias palabras “es muy intensa”.
La intensa, como tú la llamas, es una bebé que no te deja ni un segundo de descanso. A mí me ha dado envidia que hayas aprendido a hacerte la raya de los ojos tan perfecta como la llevabas con una bebé que no debe darte tregua ni cuando estás en la baño. Quizá porque algunas tenéis la suerte de ir monas incluso ante la adversidad. Ojalá yo fuera así.
Mientras yo estaba decidiendo de qué color pintármelas esta vez, tú ya te has tenido que levantar mientras te quitaban el esmalte, coger a tu hija y cambiarla de brazo unas diez veces. Has demostrado una gran habilidad y equilibrio retorcida cual contorsionista haciendo tres cosas a la vez: dejar que te quitaran el esmalte, sacarte la teta y aguantar a tu hija.
Te has empezado a poner nerviosa y sonriendo has dicho que al final te tendrías que ir tu tan preciada manicura. Sé que los has dicho como en broma, pero que en el fondo no estabas para nada convencida de que tu hija no rompiera a llorar en cualquier momento.
Y al final ha pasado. Se ha puesto a llorar con la primera capa de pintura. La niña en el carrito parecía un gremlin mojado. Conozco bien esta sensación, el agobio cuando ya no sabes qué hacer para calmarla. A mí me pasa de madrugada, cuando pienso que es un milagro que mis vecino no se hayan mudado a otro país mientras a Arlet le salen los dientes.
Y, como también era bastante probable, te has puesto a llorar. Desesperada, te has levantado con la primera capa a medio a hacer y has dicho que te ibas. Yo sé que lo hacías por nosotras. Tú ya estás más que acostumbrada al llanto de tu hija, pero te morías de vergüenza por molestar a las que estábamos allí.
En el local había las dos chicas que atienden, una señora que esperaba, tú y yo. Mi primer instinto cuando has roto a llorar ha sido levantarme y ofrecerte coger a tu bebé para que pudieras terminar tu manicura (eso en tiempos de Covid seguro que es delito). Te he visto tan devastada que hubiera renunciado a la mía (parece frívolo decir esto, pero igual que tú, yo estaba desesperada por tener mi momento de mimos y cuidados) solo para que dejaras de llorar y se te quitará la idea de irte de la cabeza.
La señora que estaba esperando se ha levantado decidida mientras tú sollozabas, te ha hecho sentar y te ha dicho tajantemente que no te ibas a ningún lado, que ella iba a calmarla y que tú terminaras con tus uñas. A eso yo sí que le llamo sororidad, empatía y solidaridad. Tanto esa señora (que seguro que alguna vez fue una madre desesperada) como yo podemos entender tus lágrimas más que nadie. Solo alguien que le ha suplicado a un bebé que no te entiende que se calle para no molestar al resto del restaurante sabe de lo que hablo. Solo alguien que ha tenido que pararse en medio de la calle en pleno berrinche para acunar a su bebé puede llegar a entenderlo.
Lo triste de todo esto es que te querías ir de ahí no por ti, sino por nosotras, y eso me da que reflexionar para un rato. Te voy a decir algo: todas las madres merecemos llevar las uñas bonitas. Todas y cada una de nosotras merecemos un masaje y una copa de vino. Todas sin excepción necesitamos un momento para nosotras.
Así que quiero decirte que hoy he pensado en ti todo el día. Se me partió el corazón al verte sufrir aunque no te conozca de nada, pero empatizo con tu posparto, tu tristeza, tu desahogo. No importa cuánto peso puedas llevar en tus espaldas, cuánta carga necesites soltar, no olvides que todas nos merecemos una manicura.
Te envío un abrazo fuerte, mamá desconocida, pero no uno cualquiera, uno de tribu, de esos que te hacen sentir menos sola, de esos que secan lágrimas, de esos de coger tu bebé solo para que tú te puedas tomar el café mientras siga caliente.
Hacer una reseña la semana de Sant Jordi es osado porque siempre es una responsabilidad recomendar algo categóricamente. Pero hoy te traigo un libro especial, uno de esos que no te puedes perder. Estado de malestar es uno de los libros que tu biblioteca personal necesita. Sin discusión.
Cuando leí la contraportada pensé que se trataría de algo tipo Bridget Jones edulcorado con una crisis de mediana edad demasiado típica. He de decir que también venía un poco condicionada con el último autor nórdico que leí, que me dejó bastante tibia. Así que, bueno, no las tenía todas.
Pero luego empecé esta historia y ya no pude parar. Literal. Es una novela sobre una mujer de mediana edad que ejerce de médica de familia, que se acaba de separar y, hablando claro, se caga en todo lo que su vida que parecía perfecta representa.
Me encantó no sólo el tono con el que la protagonista te relata sus pensamientos, de manera aguda y tajante, sino las pequeñas idas de olla que tiene. Yo siempre he creído que todo el mundo necesita hacer terapia y me hace gracia leer libros donde los personajes necesitan una buena dosis de droga dura para su locura.
Me dio la risa en los fragmentos en que la protagonista habla con un esqueleto de esos que hay en las clases de anatomía. Me hizo aún más gracia leer las contestaciones que ella se imaginaba que el esqueleto diría. Me fascinó porque yo también tengo voces en la cabeza que personifico en objetos cotidianos para escenificar diálogos tomar decisiones de mi día a día.
Me gustó la historia por no tratarse de un relato más de la dichosa crisis de la mediana edad. Me entretuvo porque no solo se centra en el divorcio. Me encantó porque relata la decadencia de una manera tan llana, cercana, que ni te das cuenta de la miseria que realmente representa.
Podría decirte que si me pidieras una sola recomendación para Sant Jordi (cosa muy difícil porque tengo una lista muy larga) sin duda te daría esta. Aún no conozco a nadie que lo haya leído y no le haya gustado. Eso debe significar algo, ¿No?
Cuando la ve caminar hacia él, se acuerda de lo mucho que odia que vaya descalza por casa. No soporta su manía de sacarse los zapatos y que luego se meta en la cama con pies sucios.
Cuando lo ve ahí esperándola, se acuerda que no aguanta que él ponga cara de asco al mirarle los pies antes de ir a la cama.
No soporta su voz de pito cuando le dice que baje la tapa del váter. ¡Ni que un monstruo pudiera entrar por el agujero!
Le repulsa que deje la tapa del váter abierta, es como si fuera un insulto a la inteligencia humana. ¡Tantos años de evolución y no es capaz de bajar una tapa!
Está harto de recoger las botellas de agua vacías que ella va dejando por toda la casa ¿Tan difícil es tirarlas a la basura? ¿Reciclarlas?
Le irrita la cara de condescendencia cuando coge una de las botellas y la mira como si dejar botellas vacías fuera un delito.
La mataría cuando camina con ese ritmo que parece que no llega tarde, como si el mundo siempre la pudiera esperar. Ahora parece que alarga los pasos incluso para joderlo.
Lo ahogaría cuando camina como si alguien importante lo esperara. No puede soportar que siempre pasee dos metros por delante de ella, como si le importara una mierda que ella vaya detrás intentando seguir el ritmo.
Le saca de quicio que ella no entienda que cuando ve la tele no quiere tener conversaciones trascendentales sobre la vida. Si quiere hablar, ¿por qué no lo dice antes de encender el televisor?
No comprende que no sea capaz de hacer dos cosas a la vez. Si están viendo una serie, ¿por qué no puede articular ni una sola palabra?
–Estamos aquí reunidos…
¡Y esa manía que tiene de no oír el despertador! ¿Cómo es posible? Podría caer una bomba en el jardín y ella ni se inmutaría.
¡Y esa manía que tiene de despertarse temprano! ¿Tan difícil es quedarse en la cama sin hacer nada?
–¿Aceptas a Renata como legítima esposa?
Odia su nombre.
–Sí, quiero.
–¿Aceptas a Severo como legítimo esposo?
Odia su nombre.
–Sí, quiero.
Es la mujer de mi vida.
Es el hombre de mi vida.
–Por el poder que me ha sido concedido, yo os declaro marido y mujer.
Siempre me han apasionado las historias que hablan de librerías. Intento no estancarme en un tipo de trama o de libro, pero he de reconocer que siempre tuve un pequeño sueño inconfesable: tener una librería-cafetería, una de esas entrañables cuyo ambiente se mezcla entre la decoración nórdica y el ambiente cálido. Quizá por eso me gustan los relatos de los que se arrancan a perseguir mi sueño. La gente que consigue vender libros me parece valiente: lucha ante la adversidad de un mundo moderno donde a veces parece que las librerías de toda la vida ya no tienen cabida.
Les nostres riqueses es un libro que roza lo histórico, mezclando realidad y ficción de una manera casi sublime. No sé si es algo que recomendaría a cualquiera. Requiere de muchas ganas de leer algo distinto, una historia entre dos tiempos, entre el pasado y el presente. Les nostres riqueses es un relato de nostalgia: en 1935 se funda una librería en Argel que se convierte en punto de encuentro de escritores y amantes de la literatura. En 2017, un estudiante de ingeniería recibe el encargo de vaciar el local porque la librería va a desaparecer y se va a convertir en una buñolería.
Me parece una gran metáfora de nuestra sociedad ver cómo se despoja de todos sus ejemplares una librería histórica para acabar siendo un sitio de comida. Si una librería que frecuentaba el autor de El Principito puede desaparecer, ¿qué puede pasar con las que no son tan emblemáticas?
Me gustó de este libro que el presente se cuenta en forma de relato del estudiante y el pasado en forma de diario del fundador de la librería. Desde mi punto de vista, esta manera de contarlo de diferenciar las dos líneas temporales te da una perspectiva distinta, como de amplitud y perspectiva.
He de confesar que lo escogí sólo porque en la contraportada se mencionaba que Antoine de Saint-Exupéry era un habitual en la librería. Ni siquiera pensé por un momento si me apetecía leer algo de tan poca ficción o tan ausente de acción. Simplemente me cegó el hecho de leer sobre uno de mis autores estrella. He de decir que tampoco se menciona demasiado, pero aún así el libro vale la pena.
Encontrarás el libro en español bajo el nombre Nuestras riquezas publicado por Libros del Asteroide.
El doce de marzo de 2020 fue un día especial. Ya te conté que no recuerdo mucho del parto y lo que sé de él me lo contó mi marido, pero fue un día que inevitablemente nos marcó la vida a los dos. Tal y como te conté en el relato de maternidad “Y el mundo cambió” resultó que algo tan natural como el nacimiento de una hija quedó velado por un cambio que nadie vio venir: una pandemia.
La semana pasada mi hija cumplió un año e, inevitablemente, la pandemia también. Me gusta pensar que mi pandemial (que es como se les llama a los niños nacidos en época COVID) será una mujer de carácter y especial. No puedes no ser especial y haber nacido en pleno caos apocalíptico. Ser especial es casi una obligación en este caso.
No voy a entrar en tópicos tipo que pasa muy rápido. Porque todo depende. Sí que es verdad que un día le haces una foto a tu hija caminando como Frankenstein y no te puedes creer que eso haya salido de ti. Por un agujero diminuto. Y aún más increíble: se ha horneado en ti, en una barriga no tan diminuta.
Que la vida nos ha cambiado, pues mira, no tanto. Porque sinceramente en plena pandemia la vida se ha puesto un poco como entre paréntesis. Teniendo o no un bebé este año habríamos ido las mismas veces a cenar fuera (ninguna), habríamos visitado los mismos países tropicales (ninguno) y habríamos discutido las mismas veces entre nosotros (¿no te pasa que a veces la gente con la que convives te cae realmente mal? Creo que es normal, hace un año que vemos las mismas caras una y otra vez, no nos podemos caer bien todo el tiempo). Así que bueno, a efectos prácticos tampoco es que nos haya afectado mucho tener un bebé.
Sí me ha afectado físicamente. Creo que, del esfuerzo de parir, ese día me salieron cinco canas. Sí, sí, no te rías. Cinco. ¿Cómo sé que son cinco y no más? Pues porque antes de irme a dormir le dedico unos buenos minutos a buscar más signos de vejez. No es que hacerme mayor me preocupe en exceso, esto es algo natural, pero la constatación física de hacerse mayor… ¡eso es otro cantar! Porque los quilos se puede ir, pero las canas… las canas llegan para quedarse. Y las podrás teñir, esconder, ignorar, pero estarán siempre ahí para recordarte que el paso del tiempo es inevitable. Me pregunto si realmente fue el parto (te juro que el día once de marzo yo no tenía ninguna cana) o el susto de un toque de queda que nadie se creía muy bien, pero la primera vez que me miré al espejo después del parto, con esa barriga abultada y unas ojeras de oso panda, el descubrimiento de las 5 cabroncetas en mi cabello no ayudó para nada a elevarme la moral.
No te voy a negar que yo siempre he sido una persona reflexiva, pero tener una bebé ha multiplicado por infinito la búsqueda incesante del porqué de la vida en mi mundo interior. Te adelanto ya que sigo sin encontrarlo. Pero sí que me he replanteado muchas cosas. Te voy a ahorrar las reflexiones de cómo ha cambiado mi percepción de la vida laboral al ser madre, o cómo me ha afectado en ese aspecto de mi vida. Pero recuerdo que un día, que estaba en plena ebullición de mala leche, me paré un momento y pensé con qué cara le diría a mi hija que hiciera lo que le gustara, que estudiará lo que le apasionará y que sobre todo fuera feliz. Me miré al espejo preguntándome si yo era el ejemplo de los consejos que pensaba darle en un futuro y me di cuenta que hay algo que sí se nos transforma con la maternidad o la paternidad: tener hijos nos hace querer ser mejores. Ser madre te hace desear ser un ejemplo para tu hija. Procrear, en su esencia, significa convertirnos en una versión más guay de nosotros mismos. Porque al final, lo que toda madre quiere es que su hija, cuando sea mayor, se sienta orgullosa de tener la mejor madre del mundo entero.
Después de mi primer año de maternidad apocalíptica te voy a decir que sí, ser madre ha valido la pena. Ha valido tanto la pena que a veces no me reconozco a mí misma. Como ejemplo te voy a decir que yo siempre he tenido claras dos cosas: la primera era que no me gustaban los niños y la segunda era que si tenía hijos no serían hijos únicos, que tendría dos.
El otro día fui a casa una amiga que tiene una hija de seis años intensa a morir, de esas que piensas “por favor, que se ponga a mirar la tele y que no me pregunte nada”. Mi amiga se me quedó mirando un bien rato mientras yo le hacía un moño a lo Audrey Hepburn a su hija. Sí. Yo. Estaba peinando… una niña… A mí también me cuesta de creer. Su madre, que me conoce muy bien, me interrogaba con cara de “te dije que te encantarían los niños, al final” y yo le devolvía la mirada de reojo, como ignorándola. Cuando terminé de peinarla, la niña me dio las gracias y me pidió que le enseñara a hacerlo a su madre para que la pudiera peinar igual cuando yo no estuviera. Si me llego a despistar, la niña casi me da un beso. No ocurrió, pero estaba tan contenta de mis dotes profesionales de moños molones que se le pasó por la cabeza y yo, pues ¿qué quieres que te diga? ¡a la mierda la distancia social! Me di cuenta que esa niña me gustaba y casi me da un paro cardíaco.
Eso me lleva a mi segunda verdad vital absoluta: yo siempre he querido tener dos hijos. Niño y niña. Ahora me sorprendo al pensar lo bonito que sería tener un gran familia de tres bebés. ¡Tres o más! Cuando se lo digo a mi marido me mira con cara de “claro como tú tienes un sueño tan profundo que no oyes llorar a tu hija por las noches, te da igual cuántos hijos tengamos” y luego me insulta mentalmente. Obviamente no me lo dice, pero yo sé que por dentro piensa que me estoy volviendo loca.
Así en conclusión: es un milagro que después de cinco canas, una pandemia y un primer año de maternidad aún no haya perdido la cabeza. Pero ahora me gustan los niños y ojalá tuviera una familia numerosa.
Sí. La maternidad te cambia. Tanto que a veces ni siquiera te crees que sigas siendo tú.
Voy a reconocer que, cuando recibí este libro, la primera reacción fue mandarlo al último de la hilera de los miles de libros que ahora mismo inundan mi biblioteca en el apartado de “pendientes”. Al leer el resumen de la contraportada no me llamó absolutamente nada. Pero entones hice lo que hago siempre: leerme la última frase y buscar la página cuarenta y cuatro y leer un párrafo al azar. Tuve que dejarlo todo (con todo quiero decir los tres libros que estaba leyendo simultáneamente) y empezarlo, aún sentada en el suelo del estudio.
Se me olvidó el tiempo y que estaba a medio vestir para meterme en la cama. Devoré las primeras cien páginas hasta que recordé que mi hija es un reloj suizo que, sin ningún remordimiento, se levanta a las siete, aunque tú te quedes leyendo hasta las tantas. Pero, ¡oye! Valió la pena.
¿Has leído El clan del oso cavernario? A mí personalmente es un libro que se me hizo un poco bola, quizá porque me pareció demasiado descriptivo, de esos libros que no dejan lugar a la imaginación. Bien, pues De piedra y hueso empieza un poco igual, solo que la niña de El clan del oso cavernario tiene, creo, cinco años cuando pierde su familia. En cambio la protagonista de la novela que te traigo hoy (con un nombre impronunciable) pierde la familia el día que le baja la regla por primera vez.
No me llamaba nada porque pensé que sería una copia de la novela de Jean M. Auel, y, como no guardo un buen recuerdo de él, pensé que el libro se quedaría en la estantería muchos años. Me equivoqué.
De piedra y hueso es un libro que no te deja indiferente. Sus descripciones son precisas pero no excesivas, dejan lugar a la imaginación pero en tu cabeza te formas una idea exacta del paisaje vasto y frío donde viven los inuits. Me ha maravillado la manera de transmitir el frío sin ni siquiera mencionar que realmente hace frío. Me ha cautivado como la protagonista es la personificación de una mujer fuerte, libre y poderosa. Me ha dejado pensando sobre el papel de la mujer en una sociedad atemporal y eterna.
De piedra y hueso es una alegoría al respeto por la naturaleza: por los animales que les rodean y por la poca vegetación que vive con ellos. Me parece que eso es algo que nosotros hemos perdido y es muy necesario que recuperemos,
Voy a confesarte algo: en la carrera de traducción siempre ponían como ejemplo la cantidad de palabras que tienen los esquimales para describir la nieve. Nosotros decimos nieve en polvo, dura, etc. Resulta que ellos tienen más de cien palabras compuestas por nombre y adjetivo para sustantivar este fenómeno meteorológico. Esto a mí me fascina: ¡cien palabras para describir la nieve! ¿No te parece increíble?
Leí, en la pequeña descripción que me mandaron con el libro, que este era un libro que tenia el ecofeminismo como principal hilo conductor. Bueno, tampoco estoy del todo de acuerdo. ¿Es un libro que deberías leer? Sí. ¿Es un canto al feminismo? Pues no lo sé. ¿Qué quieres que te diga? No creo mucho en la radicalización de los conceptos. Sí que creo que la protagonista es una mujer fuerte, que caza animales de gran tamaño, que sale adelante sola, que se defiende. Pero creo que esto es parte de un personaje construido con esmero y un trabajo excelente. No creo que deba tomarse al extremo, ni tomarlo como bandera del feminismo.
Aún así, no pierdas la oportunidad de adentrarte en el mundo que te ofrece este libro. Solo con las descripciones casi fotográficas del entorno, ya te da para soñar una tarde entera.
Yo nunca he sido de poesía. Sinceramente creo que no estoy capacitada para entenderla ni para gozarla como se merece. Pero he descubierto a Rupi Kaur y mi vida ha dado un giro interesante.
Llegué a este libro por la insistencia de las redes sociales. Empecé a verlo en cuentas que sigo en Instagram, y luego vi una foto donde ponía “ lo pierdes todo cuando no te quieres a ti misma -y lo ganas todo cuando lo haces”, y me pareció sublime. Quizá porque últimamente practico mucho lo de quererme, o quizás porque ese era el momento adecuado, pero sentí que debía obviar la cordillera de libros pendientes y hacer una excepción en mi propósito de año nuevo de no comprar más libros. Y no me arrepiento.
Sonará bastante excesivo, pero no eres la misma persona después de digerirlo. No porque escriba genial, que sí. Ni porque entre sus palabras haya un pasado tórrido y oscuro, que también. Sino porque parece que Rupi sea la voz que oyes en tu cabeza. Las reflexiones son tan obvias, tan llanas, tan cotidianas que se te cuelan en la piel y te llegan al alma. Su manera directa de afirmar, reflexionar y transmitir es casi increíble. Parece mentira que de una manera tan simple de expresarse sobre cosas corrientes pueda uno encontrarse ante tal obra maestra.
No te voy a mentir, cuando leí en algún lado que era una lectura empoderada me dio un poco de repelús. Desconfío bastante de las palabras que se ponen de moda y empoderamiento no es una excepción. Me parece que nos pasamos de vueltas usándola. Pero si buscaras esta palabra en el diccionario, debería haber una foto de Rupi Kaur al lado. La autora tiene una voz fuerte y con autoridad, reclama entre líneas su propia identidad, su derecho a vivir sin miedo, a respirar con fuerza.
Es un libro de esos que creo que voy a releer en bucle. Un libro que he llenado de pósits, de notas para mí misma en los márgenes. Lo he subrayado con fluorescente, con lápiz y boli. Lo he profanado, dirían los que no doblan las páginas y usan marca páginas. Pero creo que este libro es para olerlo, tocarlo, sentirlo y, sobre todo, respirarlo.
¿Sabes el hambre que tienes cuando de repente el director se acerca a tu mesa y te dice que tienes que preparar un viaje para dentro de dos días? Ese hambre que cuando miras el reloj y ves que son las cinco de la tarde y entre el Power Point, los vuelos a Viena, el hotel y concertar reuniones, te acuerdas que no has comido. Te hierve la cabeza, no puedes pensar, sientes el cerebro en el estómago, porque lo único que piensas es que hoy es Nochebuena de los cojones y comerás hasta reventar. Y no puedes pensar más, porque hace ya casi veinticuatro horas que no comes nada. ¿Tienes clara la sensación? El dolor, el hambre, la mala leche, las pocas ganas de hablar. Solo piensas ¿qué he cocinado hoy? Y ya son las seis y aun no te has sentado a comer. Ahora sí, ¿no? Pues esta es la sensación permanente con la que vive alguien con síndrome de Prader-Willi. Así de crudo, famélico, cruel.
–Aga, ¿qué cenaremos hoy?– dice él mientras le tira la pelota a los pies.
Debería pensar, cuando va a cenar a casa de sus padres, que siempre acaba en el jardín, jugando a pelota y cepillando a la perra. Su atuendo de combinación de zapatos de Steve Madden, comprados en Nueva York, y vestido negro Desigual, de esos que tienen una tela imán para los pelos, no es la adecuada.
–Pues no lo sé, pero acabas de merendar, y mira te acabo de marcar un gol –Aga le contesta como para no darle importancia.
El arte de despistarlo, de tenerlo entretenido para que no recuerde el vacío, la ira, la angustia, el malestar que le provoca el hambre. Él arruga la frente y se indigna, porque ahora la odia mucho, porque tiene hambre.
Esos pequeños neurotransmisores que todos tenemos, que nos avisan que ya estamos saciados, él no los tiene. El síndrome de Prader-Willi se conoce como la enfermedad de los mil síntomas: tan difícil de encontrar, sin cura, una enfermedad rara. Niños con alta empatía, sensibilidad, incapacidad por vomitar, con un retraso del crecimiento, que nacen con las plaquetas bajas (y ¡cómo te das cuenta de la necesidad de tener un buen número de plaquetas en sangre cuando te faltan!), niños que nacen como si fueran sietemesinos, con poco tono muscular, con tendencia a la obesidad, niños con TDAH, etc. Pero lo peor es el hambre: la continuidad de la tragedia, la necesidad vital de controlar un instinto incontrolable. Un sentimiento inhumano.
Y de repente, de la punta de esos Steve Madden, se traslada a la cafetería de la universidad, con la cabeza apoyada en las manos y la nariz hundida en el café con leche y confusión.
–Ostia, que me llevaré tantos años con mi hermano como los que me llevo con mi madre. Mis padre están locos. ¡Joder! – Águeda no se tomaba nunca en serio a su madre con veintitrés años. De hecho ¿quién se toma a sus padres en serio a esa edad? Cuando mamá le dijo hace años que tendría otro hijo, Águeda la miró como si hubiera fumado un porro. Pensó que mamá tenía cosas así a veces, que con cuarenta y cuatro años ya iba cuesta abajo. Y sí, sería hermana mayor, así, sin avisar. ¡Qué responsabilidad! Podría ser la madre de su hermano.
Se llevaba veintitrés años con su madre, se llevaría veintiuno con su hermano. La cosa, en frio, daba un poco de miedo.
–Yo ya le he dicho a mi madre que si es suficiente mayor para tener un hijo, también lo es para entender que yo no cambio pañales ni hago de Mary Poppins.
Y aquí están, diez años más tarde, la perra, Gael y ella. Y no cambió ningún pañal, ni opositó a Mary Poppins del año, pero ahora parece que Gael siempre ha estado en sus vida.
–Aga, pásala! –y le sonríe, porque tiene una sonrisa de niño, de esas que enamoran y los veintitrés años que les separan no son nada: Águeda y Gael son iguales, excepto que él siempre tiene hambre. Ahora él se aparta un mechón de pelo de la cara y Águeda recuerda el café con leche y piensa que quizás no fue una locura.
Y lo vuelve a mirar, se congela de frio y el vestido está lleno de pelos de perra. Han empezado a pincharle la hormona de crecimiento, como a Messi ¡qué honor! porque según parece a los niños con esa enfermedad les va bien, porque no crecen. Y ¡cómo ha crecido! Está en ese punto preadolescente que la nariz le empieza a crecer y los rasgos se afean. Si mira las fotos de hace un año, ha pasado de ser un bebé entrañable a un impertinente de su edad. Y se le acerca y lo abraza porque se da cuenta que el tiempo pasa, y no volverá a ser un niño otra vez.
–Aga, ¡déjame! –realmente era un niño de diez años, dejaba el nido de su superheroína , para hacer las cosas de niño de diez años. Y mira y piensa que hay días que lo estrangularía, pero en el fondo es adorable.
–Va, vamos a cenar –y es decir la palabras mágicas y él deja la pelota, tira la portería al suelo y entra como un cohete a casa. Y cuando Águeda traspasa la puerta, él ya está en la mesa, riendo y moviéndose nervioso. Porque por fin puede comer. Por fin todos pueden comer.
La ciudad debería oler a ti, en cambio es el aroma del café el que me recuerda tu imagen. Pero es una cara difusa, desactualizada, una versión antigua de lo que ahora debes ser. Tú ni tan solo bebías café. Es casi un insulto que cada mañana en mi cerebro se active alguna neurona de un recuerdo que no alcanza a ser real. Bebías roibos, siempre sorbiéndolo lentamente, como si quisieras alargar nuestro encuentro. En realidad cuando estabas ahí, delante de mí, en cualquiera de las cafeterías de la ciudad, no había ningún lugar mejor donde estar, donde existir.
Eras tan parte de mí que no consigo pensarte en ningún momento concreto. Es como si fueras parte de mi sangre, de mi ADN. No te puedo destripar, ni arrancar de mi vida pasada, porque no puedo separarte de mí. Tantos años recorriendo los mismos pasos y soy incapaz de materializar ningún recuerdo de todo este tiempo. Es como si la misma ciudad fueras tú, en toda su esencia. Seguramente pisamos los mismos adoquines caminando hacia la catedral, seguro que olimos los mismos libros entre todos los trastos que venden en el mercadillo del domingo. Posiblemente. Pero en mi cabeza no aparece ningún fotograma de ningún instante. Paseando por las mismas aceras donde construimos miles de conversaciones, mi mente no es capaz de montar el puzzle de miles de piezas que debería albergar.
No oigo ningún momento en el que nuestros pasos sonaran al unísono. ¿Cómo puedo haber olvidado casi una vida? ¿Cómo puedes ser tan parte de mí que soy tan torpe como para no recordar que alguna vez, no hace tanto, seguías aquí? Quizá porque jamás imaginé que algún día simplemente no estarías, que algún día tendría algo que contarte y me daría cuenta que incluso he llegado a borrar tu número de móvil. Recuerdo tu fijo, porque lo aprendí cuando los móviles no existían, y esas cosas no se olvidan. Lo marcaría con los ojos cerrados día sí y día también, para contarte todas esas cosas estúpidas que te explicaba mientras yo bebía café y tú infusión. Pero hay algo que sí recuerdo: la tecnología nunca se te dio bien. Nunca pasamos más de dos minutos al teléfono porque la opción, siempre, era vernos.
Y fuiste tan parte de mí que hoy que necesito entender que ya no estás, pero mi ineptitud me impide recordar tu cara, la actual. Fuiste tan yo, que si no fuera porque las redes me dicen que un día como hoy hace cinco años estábamos en un restaurante japonés, no creería que alguna vez tú y yo estuvimos compartiendo sushi en un sitio que ya ni siquiera existe.
Si miro al cielo recuerdo esa vez que me preguntaste (para burlarte de mi vena sabelotodo) por qué el cielo era azul. Es ridículo, después de todo lo que hemos hablado, que sea el cielo lo que me recuerde a ti. El cielo no es algo solo mío.Y después de todas las conversaciones trascendentales, solo soy capaz de rememorar la conversación mas estúpida de nuestra historia. El cielo es azul porque el sol se refleja en el mar. Me salió sin pensar, sin saber si era verdad o no, pero yo siempre lo sé todo.
Olvidé tu voz. Diría por intuición que era grave y pausada, pero esas características no te hacen especial. Olvidar a alguien es como la muerte. No morimos al dejar de respirar. Morimos cuando ya no nos recuerdan. Y quizá por eso te escribo. Te escribo porque hoy me he dado cuenta que ya no te recuerdo. Y el no recordar significa que para mí, ahora ya sí, te has ido para siempre. Y con eso se ha ido también una gran parte de mi vida, de mi pasado.