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Reseña: The Midnight Library de Matt Haig

A mí la física cuántica siempre me ha parecido una ciencia curiosa. A mi entender, el gato de Schrödinger o la paradoja del gato es un experimento dantesco: el gato seguirá vivo o muerto mientras no abramos la caja. Bueno, me parece que matar el gato es terrible. Bromas a parte, hay que tener una mente privilegiada para que en nuestro cerebro podamos llegar a entender la magnitud de esta ciencia: en la vida tenemos tantas vidas paralelas como decisiones que tomamos a cada segundo. Miles de vidas.

De eso trata The Midnight Library. Así en resumen rápido: la protagonista es una joven desgraciada que se arrepiente de no haber hecho nada de provecho en la vida. Se quiere suicidar, se toma unas pastillas y… acaba en la librería de medianoche: una lugar entre la vida y la muerte donde hay escritas en libros todas las posibles vidas que podría haber vivido si hubiera tomado otras decisiones. Tiene la oportunidad de revivir las otras vidas para encontrar una que para ella tenga sentido.

Esta novela fue la novela del año 2020 según la puntuación de Goodreads. Lo entiendo, el argumento promete, mucho, pero luego no sé, es como si condujeras un Ferrari por una carretera de curvas y tuvieras que ir a cincuenta por hora porque hay un radar cada dos metros. No sé si me explico. La idea es buena, está escrito correctamente, no es poesía pero por lo menos es ameno, aunque le falla algo. No sé decirte qué. Me lo esperaba quizá más profundo. A ver, el gato de Schrödinger da para perderse en el propio mundo interior, y este libro se queda un poco a las puertas.

Por un lado me parece que el personaje está bien construido: una crisis existencial típica de nuestros tiempos, una chica lista que ha estudiado una carrera de filosofía y desperdicia su vida en un trabajo de bajo nivel. Es un libro rápido, te engancha desde el primer momento y solo necesitas un par de largas sentadas en el sofá para terminarlo. Por otro lado, necesitas más, quizá un punto más dramático, quizá una visión menos simple, o tal vez si tuviera todo eso sería demasiado rebuscado y no me gustaría nada. Me dejó una sensación agridulce.

Pero leyéndolo, como siempre, pensé en alguien para recomendárselo y me vinieron a la mente un par de nombres. Así que si me preguntas si te lo recomiendo, la respuesta es sí, pero solo si tienes en cuenta que no necesitas mirar más allá de las palabras

El libro es un poco como el pobre gato: se espera mucho de él, pero en realidad sólo es un gato.

Maternidad: Células

“A ver, era solo un grupo de células, ni siquiera se podrían considerar un embrión. Espera dos ciclos regulares a volver a intentarlo”. Y ya está, fin.

Si alguna vez has oído esto, sabes de lo que te hablo. No permitas que nadie, nadie, menoscabe tu duelo. Porque si sientes que necesitas tenerlo, es que lo necesitas. Y punto. Y aunque la ciencia intente convencerte de que más del cuarenta por ciento de los embarazos no llegan a término y, muchas veces, esos abortos espontáneos nos pasan desapercibidos, porque en realidad tú solo ves un retraso en la regla, ten clarísimo que tú no eres madre ni padre cuando un bebé nace. Tú eres madre o padre en el momento que sale un positivo en una prueba, un positivo que a veces no esperabais tan pronto o quizá un positivo muy deseado que llevabais tiempo buscando. Y en el momento que veis que sí, que estáis embarazados, vuestros cerebros cambian para siempre. Porque en ese preciso momento empieza en vosotros un amor tan fuerte e irracional hacia a una cita a ciegas que cambiará vuestras vidas por completo.

Pero… ¿qué pasa cuando la cita a ciegas no llega? Pues que a vuestro cerebro eso no le importa, porque ya habíais empezado a construir un nido, justo desde el momento que visteis las dos líneas rojas. En mi caso, lo primero que me pasó por la cabeza fue “Mierda, tengo que entrar en Wallapop y comprar un carro gemelar, que…¡joder, mi hija aún no anda!” Y, si te lo preguntas, sí, entré en Wallapop. Calculé a fecha prevista de parto (cinco de setiembre), me entró el pánico inicial y luego, bueno, luego siguió el pánico pero con una mezcla de emoción o alegría inexplicable.

Se habla muy poco del cuarenta por ciento terrorífico. Y yo me pregunto ¿si es algo tan habitual, por qué nadie habla de esto? Pues porque la muerte no interesa. Nos interesa la vida. Un embarazo te prepara para la vida, jamás debería prepararte para el vacío ni la pérdida.

Es muy probable que oigas cosas como “Mejor ahora, tan pronto, que no cuando ya lo hayas sentido darte patadas, o cuando le hayas puesto un nombre”. No se puede dar una métrica al dolor: no puedes juzgar que duele menos por perderlo a las cinco semanas y media o a las treinta y ocho. El dolor es algo que no se puede empaquetar y poner en una habitación pequeña o grande. No puedes menospreciar el dolor de otros solo porque, según tu mapa mental, lo que siente el resto es insignificante.

Júntale una pandemia (sí, sí, la sufrimos todos: si estás embaraza y tienes que ir a las ecografías sola con el miedo que te tengan que decir que algo va mal, si trabajas en sanidad y sabes que de un momento a otro te tocará a ti, si sufres porque tus padres son mayores y sabes que no lo superarían, porque alguien de tu alrededor es de riego, etc.). Y añádele que tienes que ir sola a urgencias porque sabes que no deberías estar sangrando y lloras en el coche porque en el fondo de tu corazón sabes que estas cosas pasan. Y cuando pasan, no le dejamos espacio al dolor, lo ocultamos, con las típicas frases que no ayudan, o que te hacen sentir peor.

Y ahora imagínate sola durante un par de horas en una sala de espera donde cualquiera podría estar enfermo, donde alguna gente es tan imbécil que no sabe ni colocarse una mascarilla correctamente. Una sala silenciosa, sin una mano a la que agarrarte. Imagínate que tú ya sabes lo que ha pasado y estás a punto de irte porque no te apetece nada estar aquí. Pero cuando te estás levantando para desaparecer, tú y tu sangrado de mierda, te llama un doctora que te hace pasar a una consulta que tiene las ventanas al pasillo abiertas (muy íntimo, muy adecuado) y te dice que te bajes los pantalones hasta los tobillos para que te explore. No no hace falta que te los quites. Como si tuviera prisa, como si en el mundo pasaran cosas más importantes. Quizá sí, para el mundo hay cosas muy importantes, pero a ti te hubiera gustado estar en un sitio menos frío, con una bata por lo menos que te tapara hasta la rodilla y sin tu bolso encima. Al menos te hubiera gustado quitarte el abrigo.

Imagínate que ya ni siquiera notas el frío que entra por la ventana. Intentas recordar si en algún momento le pusiste nombre al grupo de células, porque si lo hiciste, jamás podrás volver a usarlo. Imagínate que te da un pote para mear mientras te subes los pantalones y piensas que ya no quieres estar aquí. Que quieres irte a casa.

Cuando el test de embarazo sale negativo le preguntas a la doctora (con un pelín de esperanza) si quizá tuviste un falso positivo la primera vez. Pero no. Ella te indica que lo que te ha pasado se llama aborto bioquímico, pero que era demasiado pronto para que se hubiera formado nada, que solo eran un grupo de células danzando en tu vientre, que esto pasa a menudo y que no significa que nada esté mal en ti, sino que simplemente no tenía que ser.

El uno de enero te despiertas pensando que volverás a ser madre y la noche de Reyes la naturaleza te lo arrebata sin ninguna explicación.

Eso sí, al día siguiente finge que todo va bien: ve a trabajar, sal al mundo como si nada hubiera pasado. Miéntete a ti misma diciéndote que si hubieras hecho el test una semana más tarde, y no el día uno, seguramente esto te lo hubieras tomado como un simple retraso. Antes los tenías todos los meses, puede volverte a pasar.

Pero en realidad nada esta bien. Porque a ti fingir no te va. Y eso en realidad también está bien: hay gente que necesita hacer ver a los demás que lo saben todo, que no necesitan a nadie, que todo lo pueden superar. Pero a veces también hay gente como tú: gente que ya no sabe nada, gente que necesita recuperar su tribu, gente a quien la debilidad ya no le sorprende, gente que hace días que camina cansada, que ha entrado en un bucle negativo, gente que a veces simplemente no cree en eso de “todo irá bien”. Y seguramente, todo irá bien. Algún día. Porque no todo puede ir mal eternamente, ¿no?

Reseña: A visit from Voltaire de Dinah Lee Küng

Hoy te traigo algo distinto, algo realmente especial. Este libro me lo leí hace años y me encantó. Vivía en Durham por aquello del 2006 y un día me paseé por toda a biblioteca de la universidad, buscando algo que me hiciera reír. Encontré A visit from Voltaire de casualidad, casi cuando ya había desistido y me volvía a casa con las manos vacías, un poco desanimada. Lo cogí con poca o ninguna esperanza. Pero me equivoqué: encontré realmente lo que buscaba.

Este año 2021 he decidido releer algunos de mis favoritos (como si no tuviera ya un montón de libros pendientes) y este tenía que ser uno de ellos. No recordaba el título, ni el autor, ni la editorial, vamos que no tenía ni idea de cómo buscar en Google (créeme si pones “libros sobre Voltaire” te salen demasiados resultados y ninguno satisfactorio, ¿sabes cuántas biografías tiene este hombre?). De repente recordé que una vez se lo comenté a alguien que sabía mucho de libros y en ese momento me envió un e-mail con la carátula del libro preguntándome si era lo que estaba buscando. Hace poco recuperé el mail, que era de 2014, y acabé comprando el libro.

No sé si conoces David Safier. Es un autor con un estilo muy marcado, yo creo que es de esos que o te encanta o lo odias. A mí personalmente me parece hilarante, ojalá leyera por primera vez Maldito Karma y me echará unas risas, tan necesarias en estos días que corren. Bien, pues Safier tiene un libro que se llama Yo, mi, me… contigo donde la protagonista comparte cuerpo con el fantasma de Shakespeare. Lo leí hará cinco años. Me reí a lágrima viva. Y me volví a acordar de Voltaire.

Y dirás… ¿por qué me hablas de Safier si él no ha escrito este libro? Bien pues porque Dinah Lee Küng ha escrito una obra de arte con A visit from Voltaire. De hecho me atreveré a decir que merece incluso más que Safier ser reconocida a nivel mundial. Y traducida… porque por lo que sé solo se puede leer en inglés. Ojalá alguna editorial española se planteara traducirla y publicarla, porque te aseguro que merece mucho la pena.

Así en resumen la historia va de una mujer que tiene que trasladarse a vivir a Suiza. Madre de tres hijos y con bastante dificultad para adaptarse a su nuevo hogar, le cuesta congeniar con su nueva vida. Un día el fantasma de Voltaire se le aparece y empieza acompañarla y a conversar con ella. A visit from Voltaire no solo son risas y bromas, que también. Esta novela es un trabajo de investigación muy documentado y exquisito a través de la vida oculta de Voltaire.

Es verdad que quizá, al ser un personaje real, a veces los datos históricos pueden despistar un poco. No es un libro con el que te estés riendo continuamente, pero incluso esos momentos reales, donde se descubren muchas cosas del personaje, Voltaire nos los cuenta con humor y estilo.

Creo que Dinah Lee Küng hizo un trabajo digno de admirar, construyendo un fantasma con un personaje tan complejo como este filósofo. Te acabas creyendo que realmente es el mismísimo Voltaire el que te acompaña párrafo tras párrafo. Y eso, por lo menos, merece mis más sinceras felicitaciones.

Exceso de (des)información

Cuando tienes un bebé te asaltan las dudas. En realidad las dudas te asaltan en el momento que ves el positivo en el test de embarazo, pero de eso creo que ya he hablado alguna vez. Con esto de la maternidad creo que no hay nadie que no sea una duda con patas.

Dicho esto, puedes seguir dos tendencias: dejar que la cosa fluya o enterrarte en una búsqueda incesante de información en Google. No hay término medio, lo digo en serio. En el primer caso confías en que sabes criar bebés y crees a ciegas lo que te puedan decir el pediatra, el ginecólogo o la enfermera. La segunda opción tiene una parte oscura. Sí, lo has adivinado: yo pertenezco al segundo grupo. Va a maneras de ser: yo es que solo me siento segura si tengo toda la información posible. Antes de parir ya había hecho un curso de primeros auxilios de bebés (sí, estoy obsesionada con el atragantamiento) y uno de alimentación infantil y BLW. No es que sea una persona aplicada, más bien creo que soy una inculta rematada y prefiero suplir mi desconocimiento con una preparación exhaustiva. Y eso lo hago con todos los aspectos de mi vida.

Durante el embarazo leí millones de páginas de internet sobre crianza y niños. Busqué todas dudas que iba apuntando en una nota en el móvil. Si alguien descubriera ese archivo probablemente me recomendarían internar en un manicomio. Si me lo permites, voy a dejar que pienses que sigo cuerda y no la compartiré contigo (ja, ja, ja).

De lo que hoy vengo a hablarte es de la verdad absoluta. De las cosas que te dicen y que, si no contrastas, te crees a pies juntillas porque quien te las dice representa que sabe del tema más que tú. Bueno, pues te voy a decir algo: ¿verdad que tu médico de cabecera te derivará a un especialista si necesitas resolver algún problema que tenga que ver con un endocrino, nutricionista, demartólogo o de cualquier tipo que no sea su especialidad? Pues lo mismo pasa con los pediatras y las enfermeras: saben mucho de niños, pero no de todo. Así que si algo de lo que te dicen te chirría, busca un especialista en el tema y pregúntale directamente.

No me malinterpretes. Yo adoro la pediatra de Arlet (aunque ya me la han cambiado una vez y aún me tengo que formar una clara opinión de la nueva) y algunas de las enfermeras también. Me hace gracia porque entras en la consulta y se dirigen a ti como “mami”, cosa que a veces me hace sentir un poco ridícula, pero en general suelo estar contenta. Suelo preguntarles muchas cosas y el 99 % de las veces me lo creo sin cuestionar, porque para eso han estudiado una carrera, digo yo. Pero me molesta cuando hacen afirmaciones desactualizadas o me juzgan por tomar una decisión.

En la visita de los seis meses (que si no tienes hijos no sabes que es muy importante porque empiezan con la alimentación complementaria) esperaba un poco más de … ¿atención? Me dieron una fotocopia de una fotocopia del año nosecuántos antes de Cristo, donde se especificaba que le podía dar cualquier alimento a mi hija exceptuando pescado azul grande, verduras de hoja verde o carne y pescado crudo. Así, sin más, sin vaselina ¿eh? Ninguna indicación sobre que la manzana no se puede dar cruda si las das en trozos porque tiene riesgo de atragantamiento, ni que no se le pueden dar uvas enteras por la misma razón. Nada sobre las recomendaciones de la OMS que indican qué alimentos no dar hasta el año (excepto los que te he mencionado), ni una indicación al respecto de qué posibles opciones de introducción hay. Nada.

Salí de ahí agradeciendo haber hecho el curso de Baby Led Weaning (si no tienes hijos, esto te sonará a chino, pero simplemente es no darle puré, sino la comida en trozos). Si no lo hubiera hecho, después de la visita hubiera salido un poco más histérica de lo que habitualmente soy.

En la visita de los nueve meses, la enfermera me llamó. Sí, las visitas que no van con vacuna son telefónicas (vamos a obviar esto, porque me tiene un poco tensa). La primera pregunta que me hizo fue cuánto pesaba Arlet. ¿Cómo lo voy a saber si no tengo báscula para pesarla? Luego me hizo dos preguntas más al respecto de cómo comía la niña y finalmente me dijo “bueno ya le puedes empezar a dar lácteos y continuar con la leche de continuación”. Yo le respondí que no le daba leche de continuación, que le daba leche tipo uno (por si no lo sabes hay leche tipo uno y tipo dos o de continuación), a lo que ella respondió con un insolente “ y ¿por qué le das leche tipo uno si ya tiene más de seis meses?”. “Pues se la doy porque me da la gana”, pensé, pero en realidad le mentí y le contesté que seguía órdenes de la pediatra. Para serte sincera, la pediatra en la revisión de los seis meses no me especificó qué leche darle, solo que la alimentación complementaria era hasta el año y debía seguir dándole leche. A mí ni si me ocurrió preguntarle qué tipo, porque ya había investigado al respecto y tomado una decisión y si su respuesta no hubiera sido de mi agrado, me hubiera enzarzado en una sesión de preguntas científicas para las que no tenía tiempo en ese momento.

La OMS no recomienda dar leche de continuación a los bebés. Lo declaró en 2010 y lo ratificó en 2013. Esto lo busqué en Google, leí miles de artículos y concluí que si la OMS recomendaba seguir con la leche de tipo uno, yo no iba a saber más que ellos. Pero resulta que la enfermera que me llamó para la visita de los nueve meses sabía más que la OMS y que yo porque me soltó algo así como “es la primera vez que escucho que un bebé de nueve meses bebe leche del tipo uno”. También añadió algo así como “deja de dársela y cambia a tipo dos” a lo que yo podría haber contestado algo ingenioso pero pensé que era una batalla perdida y simplemente hice lo que se me da mejor: asentir y hacer lo que me sale de los ovarios.

No es la primera vez que alguien me da una información que contradice los últimos estudios existentes. Sin ir más lejos recuerdo que le pregunté a alguien a qué edad debía llevar a Arlet al dentista. La persona en cuestión me miro en plan “otra madre histérica” y me contestó que cuando le salieran todos los dientes. Bueno, quizás sí, pero alguien tiene que decirte cómo cepillarle los dientes cuando sale el primero. No lo sabías ¿verdad? Claro, porque en ninguna visita te lo dirán, a no ser que tu hijo/a tenga caries del lactante. ¿Por qué nadie te lo dice? Pues eso es un misterio. Pero estoy segura que los odontopediatras jamás te dirán que esperes a que le salga la muela del juicio.

Así que bueno, si os habéis sentido como pareja alguna vez cuestionados por todas las decisiones que tomáis al respecto de los bebés, no os preocupéis: no sois los únicos. De hecho cuestionar es deporte olímpico cuando te conviertes en padre/madre. Os dirán de todo: que si tienes que dormir con él en la misma cama, que si no tienes que dormir con él, que si le pongas zapatos (en serio, lo he dicho más de una vez: si los zapatos fueran necesarios para los bebés nacerían con ellos puestos, lo mejor para un pie que crece será estar libre ¿no?), que no lo cojas, que lo cojas, que lo acostumbrarás a brazos, que le des teta que es lo mejor (y cuando se la des demasiado tiempo te dirán que dejes de dársela porque ya es demasiado mayor) y un largo etcétera de recomendaciones no pedidas que acabarán haciéndote perder la cabeza.

Yo hace tiempo que la perdí, la cabeza. Pero decidí hacer lo que a mí me parecía mejor, porque conozco gente menos preparada para ser madre/padre que ha criado a sus hijos y que encima les han salido “normales”. Así que mientras creas que estás haciendo lo mejor para tu bebé, créeme, será lo mejor. Y punto. Siempre puedes contestar a cualquier memez con una sonrisa y un «es que nosotros lo hacemos así» y si te rebaten algo, asiente, vuelve a sonreír y haz lo que te dé la gana, que de eso sabemos todos.

Novel·la de Pol Beckmann

Te traigo, como primera reseña del año, una novela que me ha parecido de lo mejor de 2020: un ejercicio literario ingenioso y arriesgado, a la vez que intenso y único. Pol Beckmann juega en Novel·la a esconder la fina línea entre el mundo inconsciente y el palpable. Esta no es una novela cualquiera, créeme, es una novela que necesitas leer.

Para empezar, el protagonista tiene el mismo apellido que el autor, solo que modificado porque el personaje se apellida Bekman. Con este gesto, el autor empieza a jugar con el lector al gato y al ratón, a distinguir aquello que es real de lo que podría ser ficción. Me parece un acto valiente ponerle al personaje principal tu propio nombre, despojarte sin miramientos de la muralla que construye poder decir que no eres tú, sino tu personaje, el que ejerce el libre albedrío entre las páginas.

He de reconocer que hubo un punto en que tuve que parar y decir “un momento, ¿cómo?” Releí las cinco páginas anteriores y no entendí nada. Y cuando descubrí la verdad pensé “¡Hostia, Beckmann, eres desde hoy mi autor preferido!” (Paul Auster, por favor, perdóname, en el fondo sabes que eres tú, el único e inigualable, incluso le he puesto tu nombre a un peluche de mi hija, lo nuestro es una relación fiel). Y no es casualidad que Pol Beckmann se haya convertido en mi autor favorito de 2020 y que mi otro autor favorito sea Paul Auster, (que ahora que lo pienso se llaman igual) porque me atrevo a comparar Novel·la con 4 3 2 1, solo que Novel·la es un libro tan corto que te lo leerás en una tarde. No quiero que pienses que te he hecho un spoiler; la trama de estas dos historias no tienen nada que ver, te lo juro, puedes leer la novela de Paul Auster y leer la de Pol Beckmann y encontrarás dos realidades despojadas de similitudes, pero sí que te dejarán con la misma sensación cuando descubras la verdad. Te hablo de esa sensación entre incredulidad e indignación, de no haberte dado cuenta antes de qué iba la historia, y un sabor dulce de que ahora que lo sabes, eres muy consciente que la historia no podría haber sido distinta porque es perfecta con su único final.

Es muy difícil encontrar algo que sea negativo en esta novela. De hecho, creo que por una vez en mucho tiempo, yo no le cambiaría ni una coma. Si la lees, ya me contarás.

Lo que 2020 debería haberme enseñado (y yo, en realidad, ya sabía)

Durante el confinamiento, escuché cosas que me parecían demasiado optimistas. Yo no confío mucho en el ser humano, me parece increíble que aún no nos hayamos extinguido, supongo que es cuestión de pura suerte. Porque si no, no me lo explico, en serio. Me harté de escuchar cosas como “cuando podamos salir, nos tomaremos la vida de otra manera”, o bien, “valoraremos mucho más lo que tenemos”. Pues está claro que no, porque somos tan imbéciles que cometemos los mismos errores que antes: seguimos inmersos en nuestra vida, en el trabajo, en todo aquello que no es importante. En realidad creo que incluso somos peores que antes: porque no hemos aprendido nada, pero es que encima muere gente todos los días y ni nos inmutamos. Antes éramos así por desconocimiento, ahora somos iguales pero con una pandemia de experiencia.

El 2020 debería haberme enseñado que la realidad supera la ficción. Bueno, solo tengo que recordarte que mi hija nació el doce de marzo, con esto te lo digo todo. Ya te expliqué que entré en el hospital y el mundo era normal. Cuando salí, era un puñetero capítulo de una serie mala de zombies. Jamás volveré a reírme de los guionistas de las películas estúpidas sobre el fin del mundo, a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido que habría saqueos en el supermercado por nuestro bien más preciado: el papel de váter. En muchos aspectos creo que el guionista de mi vida debe ser un mono borracho con un bate de béisbol en una tienda de productos de cristal. Pero el guionista de la historia mundial se merece el Óscar este año. Como mi vida siempre ha sido un cúmulo de situaciones surrealistas, tengo que decirte que lo siento, 2020, pero no has venido a enseñarme esto.

Este año debería haberme enseñado que la vida nunca es como esperas. Te lo dice alguien que ha estudiado Traducción e interpretación, que entiende seis idiomas, cuatro de los cuales lo habla con más o menos dignidad. Te lo dice alguien que estudió un máster de Enseñanza de segunda lengua, uno de Dirección de marketing y comunicación y un MBA, que por si no lo sabes es un máster de administración de empresas ejecutivo. Y dirás, ¿por qué esto es importante? Pues porque no me dedico a nada de lo que estudiado: voy dando tumbos por la vida como si supiera lo que quiero ser de mayor. Esto no es lo que había planeado, ni de lejos: resulta que me he hecho mayor y no sé lo que quiero hacer con mi vida. Así que no, la vida no se puede controlar, no ha venido el coronabicho de mierda a enseñarme algo que el karma hace años que me quiere hacer ver y yo, para variar, me voy haciendo la ciega. Así me va…

2020 debería haberme enseñado a ser mamá. Bueno, pues, se ve que eso no te lo puede enseñar nadie: estamos por definición preparadas para ello, sale solo con más o menos dignidad. En mi caso resulta que me he pasado la vida entrenándome para ello y ni siquiera era consciente de que mi gran logro sería en realidad poner en práctica toda la capacidad de aprendizaje, artes de organización y reacción rápida ante conflictos. Estas cualidades no vinieron solas con la llegada de Arlet. No, te hablo de un entrenamiento militar que ha pasado por muchos aprendizajes prácticos para poder decir que me ha servido de algo mi carácter de mierda.

Mi capacidad de aprendizaje se demostró cuando me escogieron para un un trabajo del que no tenía ni idea (trabajo en una empresa de software, ¿te recuerdo lo que he estudiado?). Esto me ha servido para entender que da igual lo que leas sobre ser mamá, que te puedes apuntar a cursos de BLW y primeros auxilios para bebés (sí, lo he hecho también, ¿qué pasa? Soy adicta a los títulos inútiles), o te podrán dar miles de consejos, pero todo eso no te servirá de nada en el día a día. A ser mamá se aprende sola, más sola que la una.

Mis artes de organización empezaron hace muchos años, cuando empecé hacer Excel para todo. No, no te hablo de Excel de ingresos y gastos, o bases de datos de libros, que eso también, te hablo de hojas de cálculo en plan “Problemas y soluciones”: un archivo en el que hay todos los grandes obstáculos que me he encontrado en el camino y qué solución le di en su momento, si la solución fue satisfactoria y, si en algún momento se ha repitiera el problema, qué otras opciones tendría (obviamente con porcentajes de probabilidades de éxito en la última columna). Sí, estoy enferma, lo sé. Pero si no fuera por haber llevado al extremo el control seria incapaz de cenar a las siete de la tarde con Arlet o que en mi cabeza no explotará el caos de intentar todos los días llegar a todo.

Mi reacción rápida ante conflictos viene de familia creo. Y dirás… ¿para qué sirve esto si ser mamá no se aprende? Bueno siempre va bien alguien con capacidad resolutiva, ¡qué quieres que te diga! Un bebé en sí mismo ya puede generar conflictos: con la pareja, la familia o con cualquiera que se crea con el derecho de dar su opinión aunque tú no la hayas pedido. A lo largo de mi vida me he visto envuelta en situaciones límite bastante variopintas, y he aprendido mucho con ellas. Te voy a citar unas cuantas: realizar un boca boca en un paro cardíaco en mi pausa para la comida, atender más de un ataque de ansiedad crítico sirviéndome de técnicas poco ortodoxas o como aquella vez que sin pensar me metí en una pelea para pararla y acabé lesionada. Si ahora miro atrás, todas esas vivencias me han servido para tomarme la vida con relativa calma. No, no hay ninguna situación cotidiana que se me resista ni me quite el sueño, he aprendido a relativizar y eso me ha dado mucha salud.

Pues mira ahora que lo veo con perspectiva, gracias a que mi karma juegue a los dados conmigo, he desarrollado una aptitudes que me van a ir muy bien en este viaje. Pero no, esto tampoco me lo ha enseñado el 2020.

He decido que este año no comeré uvas. Visto lo visto, ya no creo en eso de que si no te las acabas vas a tener un año de mala suerte. Mira, en serio, esto más que un año de mala suerte ha sido una broma de mal gusto en un día de los Inocentes perpetuo. Yo paso de preguntar si el 2021 puede ser peor. Cada vez que pienso este tipo de cosas, pasa algo que me hace creer que estaba engañada, que siempre puede ser peor. Yo por mi parte voy a ser muy agradecida al 2020, porque habrá hecho muchas cosas, pero nos ha regalado algo que teníamos muy olvidado: el exceso de tiempo. Y tener tiempo, para mí, para mi familia, para estar en casa, para no hacer nada, ha sido el regalo más fantástico, a parte de convertirme en mamá, que me ha dado este año de mierda.

Desengáñate, no nos despertaremos mañana como si todo hubiera sido una pesadilla. Así que por muchas frases motivadoras que leas, no, no tienes ni idea de lo que nos espera el 2021. Ni yo tampoco. Y esa es la gracia de la vida. ¡Feliz año!

Soledad desconocida

Artista desconocido

Para Alba, los días tristes siempre han ido acompañados de lluvia. Sería un insulto a la tristeza que se pusiera a lucir el sol mientras en su interior se libra una batalla contra la melancolía más profunda. Tiene un punto literario que llueva: es como si el agua purificara todo lo que le sobra. Pero hoy no sobra nada, todo está vacío.

Quizá porque mamá ya no está, vivir le cuesta mucho más. El día que murió, llovía. No era una gran tormenta, porque mamá no era de aspavientos: le gustaba ser discreta incluso para la muerte, con sus gotas imperceptibles que empapan poco a poco.

Alba lo supo antes que nadie se lo dijera, no porque fuera medio bruja, que también, sino porque el destino le había enviado tantas señales que se podría haber topado con su difunta madre en medio del paso de zebra, donde un coche estuvo a punto de atropellarla. En ese momento miró al cielo y la vio, con su media sonrisa y su ropa moderna. Alba sabía que su madre era tan original que había escogido para despedirse el momento en que ella cayó al suelo antes de insultar al imbécil del conductor que casi la arrolla sin piedad. Cuando entró en el hospital, el alma de mamá hacía rato que ya no estaba, se había disuelto entre las gotas que resbalaban al otro lado de la ventana y volaba libre.

Se sintió vacía, vacía y mojada, porque el paraguas era un objeto inexistente en sus vidas. A las dos les gustaba mojarse, sobre todo bajo las tormentas de verano, pero ese día de febrero distaba mucho de ser una de esas danzas que bailaban juntas entre charcos.

Se quedó sola. Mamá se fue y aunque estaba segura que su fantasma no dejaría de incordiarla, porque eso era lo que hacía mamá, ya no podría volverla a abrazar.

Pero eso ya no importan mucho. Porque hoy llueve igual que ese día, pero hoy mamá no ha muerto, hace mucho que ya no está y la echa tanto de menos, que por una vez no le vale su imaginación y necesita sentirla. Ha salido de casa con el libro y el móvil tan rápido, tan indignada, que ni siquiera se ha dado cuenta que lleva el cabello de recién levantada y ha cogido el abrigo sin importarle si su ropa va combinada. Lleva las últimas botas que ella le regaló, pero ni siquiera lo ha hecho intencionadamente, como para sentirla más cerca, porque la intención hubiera significado que está dispuesta a pensar y hoy no es un día para eso.

Ha entrado en la cafetería mojada hasta el alma. La humedad en contraste con el calor del interior del local le ha provocado una sensación de bienestar que hacía años que no sentía. Ha pedido un café con leche sin azúcar y ha dejado el móvil encima de la mesa. Le gustaría pensar que él llamará, pero sabe que la última palabra, en su casa, es la última del día. Ya lo decía mamá que este chico no le convenía, pero las madres nunca tienen razón por definición, hasta que ya no están y no les puedes decir “vale, sí, tenías razón” para que se retiren en forma de fantasma para decirles que una vez más no se equivocaban.

¿Qué más da? La razón es algo que ha buscado toda la vida y hoy tener razón ha sido como aceptar que la vida no se puede dominar y eso, para Alba, es el fin: la constatación física de que se ha hecho mayor y se siente vieja. Mamá se ha sentado sin permiso a su derecha, lo ha hecho como si pudiera irrumpir cuando quisiera en su mente, sin la necesidad ni siquiera de llamar a la puerta.

– Ahora no, mamá.
– No vengo a decirte que yo tenía razón, para que lo sepas. Solo vengo a hacerte compañía.
– Mamá, yo ya no puedo más, me siento… ¡uf! Es que hacerse mayor debería ser algo más, no sé, menos decepcionante.
– ¿A qué te refieres?
– Ya sabes a qué me refiero, yo tendría que haber hecho grandes cosas, mamá, tenía futuro, era lista.
– Bueno siempre destacaste por tu inteligencia, no por ser lista, hija, claro está.
– Si has venido a decirme que soy tonta, más vale que te largues un rato al más allá. No tengo tiempo para ti.
– Perdona, sigue, decías que eras inteligente, perdona… lista.
– Pues eso, que lo tenía todo, mamá, y ¿sabes a qué se ha reducido mi vida? A cantar canciones de cuna mientras mi marido hace estas cosas horribles.
– Ay, hija, es que tu marido es poco original hasta para eso. Dices, no sé, se podría haber tirado a la niñera, o a la frutera, pero es que incluso con la secretaria hubiera sido un poco más original, pero es que… ¿A estas alturas aún te sorprendes? Vale, deja de mirarme así… perdona.
– Que no, mamá, que no, que yo no firmé con la vida para esto, que yo firmé para hacer algo importante, ¿sabes? Que no me mires así, que sí, que cuatro niños son lo más importante, pero me refería una aportación menos orgánica al mundo, algo que realmente útil, algo que no me hiciera sentir invisible. Y haz el favor de apagar este cigarro, ¡no se puede fumar en las cafeterías! Ni siquiera se podía fumar cuando no estabas muerta. Y no, deja de insultarme con la mirada, que te conozco.
– A ver, ¿tú te crees que alguien le va a decir a un fantasma que no puede fumar? Sería la monda que el camarero se acercara y le hablara a un silla vacía en plan “Señora, apague ese cigarrillo, ¿quiere algo para beber?”. Soy invisible para él.
– Ya pero es que tú eres invisible porque estás muerta, ¡joder! Que yo no lo estoy y tengo menos presencia que tú. Estoy harta, mamá. La rutina no es para mí. No tengo tiempo para pensar en nada, mi vida gira entorno a mi marido y a mis hijos y yo creo que debería ocuparme con algo más.
– Sí, podrías dedicarte a hacer un nuevo calendario de Adviento, claro está, ja, ja, ja.
– No, si es que encima te cachondeas. Como él. Vaya panda de capullos estáis hechos. Mamá, el calendario de Adviento era para que se comieran una chocolatina al día, no para que aprendieran que si no se comen el chocolate rápido, alguien se lo comerá por ellos,
– Hubiera pagado por saber qué te ha contestado tu marido a eso.
– ¿No estabas ahí? Pero ¿tú tienes más cosas que hacer que estar todo el día incordiándome?
– Te sorprenderías de todo lo que ofrece el más allá, es un parque de atracciones eterno.
– Bah… es igual, pues nada, yo le he dicho precisamente esto: que no quería que los niños aprendieran que deben comerse todas las chocolatinas en un día porque, si no lo hacen, se levantaran al día siguiente y su padre les habrá dejado sin ellas. Y ¿sabes qué me ha contestado su padre? Que le parecía increíble que estuviéramos teniendo esta conversación, que les compra otro calendario y punto.
– Claro, práctico, típico de él: soluciones rápidas. Apuesto que en el sexo también es de soluciones rápidas, ¿qué? ¡No me mires así! Cuando estaba viva te daba vergüenza que te preguntara estas cosas, pero esta ausencia de cuerpo es como liberadora: no tengo que pensar lo que digo, sale solo.
– Eres terrible, mamá. Pues no, no tiene sentido que les compre un puñetero calendario de Adviento nuevo, eso sería confundirlos.
– Mmm…claro, los niños se confundirían, ¿cómo no se le habrá ocurrido a él?
– Y entonces va y me dice que los niños ni siquiera saben lo que es el Adviento. ¡Aún peor! Que ni siquiera saben contar, que les compre una tableta de chocolate y… ¡fin de la historia!
– Bueno,… Aryan sí sabe contar ¿no? La última vez que lo comprobé, tenía edad para eso.
– Mamá, ese no es el punto. El punto es que su padre se ha comido el puñetero calendario por la noche y encima me dice que lo ha hecho porque los niños no saben contar y que ni siquiera saben lo que es Navidad.
– Pues no sé, hija, yo creo que les ha hecho un favor, el chocolate que hay en esos calendarios es bastante asqueroso.
– Era chocolate suizo, no podía estar malo. En serio, si no vas a ayudar vete un ratito a dar una vuelta por el cielo.
– Alba, no te agobies. No quieres comprarles otro calendario, vale, no entiendo. Pero el calendario es solo un símbolo, tu no estás enfadada por el calendario, ni por el chocolate, ni siquiera porque tu marido sea un neandental. Estás enfadada contigo misma por haber escogido mal, por sentir que la vida se te resbala entre los dedos y no puedes hacer nada. Pues en una cosa sí tienes razón: la vida pasa. Y si no quieres seguir gruñendo todo el día, toma un decisión, deja a tu marido, busca lo que te apasiona de verdad y ve a por ello. Tus hijos siempre serán el centro de atención, en el más allá eso no cambia, siempre serás madre, pero no puedes dejar de ser tú.

Dicho esto, mamá se ha levantado y ha desaparecido como si nunca hubiera estado aquí. Alba ha resoplado. El café se le ha quedado frio. Quizá mamá tenga razón. Busca en lo que tiene algo que no va a encontrar. Revuelve en el bolso y saca Anna Karenina. Desaparecerá durante un rato, se volverá invisible una vez más. Al fin y al cabo, eso es lo que mejor se le da.

Después de dos horas inmersa entre líneas recuerda que sigue en la cafetería, levanta la mano para la cuenta y el camarero se le acerca con un papel que no se parece nada a un tique.

– Han dejado esto para ti. Siento decirte que el artista anónimo ya se ha ido.

Alba lo mira extrañada y desdobla el papel. Se ve reflejada en trazos un lápiz sin punta. A través de las pupilas le parece que cualquiera que no la conociera, pensaría que está tranquila, que disfruta de un café sin preocupaciones.

Y de repente se ve. Se palpa porque está viva. Para alguien que se ha tomado un café aquí no ha sido invisible. El artista anónimo que la ha dibujado en una servilleta le ha demostrado que por muy sola que se sienta, en el mundo siempre hay alguien que la ve, ve su alma, su yo más profundo. La mujer de este dibujo bien podría ser su yo más fuerte. Alguien que hoy empieza su vida, de nuevo, una vez más.

Cluny Brown de Margery Sharp

Cluny Brown debería ser un clásico. Lo lees y no comprendes cómo no es una lectura obligada durante la enseñanza obligatoria (y ya de paso podríamos actualizar un poco la lista de lecturas obligatorias, para ampliar horizontes). Está a la altura de Mujercitas o incluso, te diría más; más que compararla con Alcott, te la podría comparar con Jane Austen. Porque Margery Sharp debe estar a la altura de las mejores, solo que a las personas que decidieron qué es una obra maestra se les debió traspapelar esta novela. Y, la verdad, el mundo se ha perdido un gran descubrimiento.

Cluny Brown es una chica única, de esos personajes que te encuentras muy pocas veces en la vida. A mí me pareció una mezcla entre la protagonista de Annie y mi querida Jo (te he mencionado antes Mujercitas, ¿verdad?). Su mayor defecto es estar siempre fuera de lugar, no encontrar su sitio y sentirse siempre ajena a lo que ocurre a su alrededor. Quizá por esto el personaje me transmitió tanta ternura, porque me parece inevitable sentirse así alguna vez en la vida. Esto hace que, aunque el libro se escribió en 1944, sea una historia atemporal en cuanto a sentimientos.

Debo destacar que, seguramente por un trabajo excelente de traducción, la obra está llena de vocabulario exquisito y, si me lo permites, totalmente acertado. La construcción de las frases te adentra en la época en la que se desarrolla la acción y te atrapa de una manera casi imperceptible.

A diferencia de las últimas reseñas, donde lo que pasaba carecía de importancia porque lo realmente destacable era el crecimiento de los personajes y su mundo interior, en Cluny Brown se desarrolla una historia bien tejida de una dosis de inocencia. Hay una historia y un final y te quedas tan pasmado que incluso puedes llegar a necesitar releer las últimas páginas. Porque no te lo esperas aunque, mirando atrás, la autora te da pequeñas pistas, como si de migas de pan se trataran, pero son tan sutiles y perfectas que te las comes de un bocado y te sorprendes al encontrar la barra de pan entera.

He disfrutado tanto con este libro que ahora mismo no sé si es justo para la próxima historia que la empiece, porque tiene todas las de perder. Pero esto es como enamorarse: cuando acaba estás tan jodido que crees que jamás volverás a amar y de repente la vida te sorprende. Y a mí me encanta sorprenderme con la literatura y esta, créeme, es una obra para devorar.

Ha valido la pena

Hoy cumplo 37 años. Esto es un información poco relevante, lo admito: no hay nada de mérito propio en cumplir años. El tiempo pasa sin más y nos hacemos mayores. Fin. No es como sacarse una carrera o un máster donde un porcentaje muy alto de éxito depende del propio esfuerzo. Cumplir años no requiere que tú hagas nada. Pasa y punto. En algunas familias los cumpleaños no son importantes. Para mí lo son, y mucho. Yo soy de esas típicas personas que si llegas a casa diciéndome que ya has comprado mi regalo te enviaré al súper con cualquier excusa para poder buscar hasta en los lugares mas recónditos. Me gustan las sorpresas, pero prefiero el control.

Hago listas de regalos para que a nadie se le ocurra innovar. Mis listas son cerradas y no dejo margen para la imaginación. La imaginación la dejo en mis relatos, jamás dejo al azar un regalo que yo deba recibir: soy de ideas fijas y caprichos específicos.

Mis cumpleaños son como bodas gitanas (o como mi boda, que me pasé tres días celebrando). Me encanta empezar un par de días antes y le pongo cara a Miguel en plan “va, vamos a ese sitio a comer que en dos días es mi cumpleaños”. Así me puedo pasar cinco días.

También soy de costumbres: el día de mi cumpleaños siempre, siempre sin excepción, pido que mi padre cocine entrecot al corinto y mi madre haga pastel francés. Me parece sorprendente que mi madre siga preguntándome qué pastel quiero, me parece aún más sorprendente que la pregunta exacta sea “¿qué pastel quieres que compre para el día siete?” ¿Comprar? ¿Cómo? ¿Desde cuándo? ¡La duda ofende, mamá! Lo del entrecot al corinto estoy segura que no se llama así, ni siquiera sé de donde saco la receta mi padre pero se reduce a un trozo de carne en salsa de crema de leche con pasas y piñones. Tampoco tengo claro que mi madre no se inventara hace muchos años el nombre de su postre, pero me encanta y no lo perdono ningún año. Es un pastel hecho de galletas, café y mantequilla. En mi casa no se admite la innovación culinaria y menos en los cumpleaños. La receta tiene que ser siempre la original. Una día a mi madre se le ocurrió poner un ingrediente nuevo y casi le tiramos el pastel a la cabeza.

Pero hoy no vengo a hablarte de esto, cada uno tiene sus cosas de loco y yo soy un caso de terapia. Te vengo a hablar de las expectativas que tenemos respecto a nuestro futuro. De esto me doy cuenta siempre el día de mi cumpleaños. Entre muchos de mis pequeños rituales tengo uno que empecé hace mucho tiempo: me escribo cartas. Sí, sí, a mi yo del futuro. Siempre, el siete de diciembre cuando todo ha pasado y ya no me quedan velas que soplar (incluso cuando salía de fiesta y llegaba a casa en situación poco digna), me pongo a escribirme una carta. A la futura Rosa de un año aleatorio. Luego la guardo en un sobre y le pongo en número de los años que tendré el día que la lea. La cierro en una caja que solo abro ese día para sacar el sobre con el número de los años que tengo en el momento. Las guardo todas en orden pero no las he escrito cronológicamente. A los treinta le escribí a la Rosa de los treinta y cinco, a los veinticinco le escribí a la de los cuarenta. En 2006 le escribí a la de hoy. Y ¡qué gracia me hace pensar que en el fondo sigo siendo la misma!

No sabría decirte cómo escojo el año ni si tiene alguna razón oculta en mi subconsciente. Hoy se me ha ocurrido que si hago el esfuerzo todos los años de escribir a mi futuro, debería ser capaz de darle las gracias a mi pasado.

Hay tantas cosas que le diría al Rosa de veintitrés años que no sé por dónde empezar. Empezaría con algo así como “No te agobies, la mitad de películas de tu cabeza jamás llegan a la gran pantalla”. Porque han ocurrido miles de cosas en catorce años y todas y cada una de ellas han pasado, sin más. Seguro que me he llevado por el camino algún que otro trauma acompañado de lloros, pero es que yo soy de lágrima fácil ¡qué quieres que te diga! Pero ojalá a los veintitrés hubiera sabido que no es importante si tienes un BMW, un traje Escada o un bolso Prada (dicho sea de paso, Rosa, el BMW no era apto para niños y lo cambiaste por algo más mami friendly, pero no por ello menos glamouroso). Ojalá le pudiera decir a esa Rosa, que vivía en Durham y que empezó el día cayéndose por a bajada de su casa en tacones en plena nevada, que los tacones serán lo último que se pondrá a los treinta y siete.

No, no podré salvarte de tus miedos, pero si que te ayudaré con tus sueños. Seguirás pensando que no lo haces bien, pero por suerte hacerlo bien a veces es relativo. El miedo que tienes ahora no es ni una décima parte del que tendrás el día que seas madre y sepas que hacerlo mal puede tener consecuencias devastadoras. Te seguirá gustando la música de mierda, pero la combinarás con algo más cultural, para que tu hija tararee algo más que Torero de Chayanne (aunque esa también se la pondrás). Y sí, te casarás, no con quien tu pensabas pero eso es otro cantar.

La vida jamás dejará de sorprenderte. Entenderás que pasar la noche en vela será solo por cosas importantes, por ejemplo que a Arlet le salgan los dientes y se transforme en un gremlin mojado. Pero no volverás a no dormir por problemas que ahora te parecen insalvables.

Seguirán gustándote los restaurantes caros, pero preferirás mil veces cocinar el domingo por la mañana para no ir de culo toda la semana. Los fines de semana te levantarás a las siete de la mañana, en vez de irte a dormir a esa hora, porque pasear con Natalia sin tu hija te parecerá tu noche de fiesta.

Te seguirá preocupando qué hacer con tu vida. Eso no va a cambiar, pero te darás cuenta que has ido en la dirección equivocada. El verdadero viaje no es tu objetivo sino el camino que recorrerás para darte cuenta que en realidad el trabajo no vale tu salud, ni tu tiempo de calidad con la familia. Habrá días que lo que querrás en realidad es mandarlo todo a la mierda, pero ¿sabes qué? Verás que Arlet empieza a intentar gatear y se te olvidará cualquier mal rollo del viernes anterior. Lo que sí te puedo decir es que ahora, con solo veintitrés años, buscarás incesantemente qué quieres ser de mayor, y con treinta y siete ya serás mayor y seguirás buscando algo que te remueva por dentro. La buena noticia es que en 2020 encontrarás lo que quieres hacer, solo te quedará hacerlo. Pero si te ha costado tanto tiempo encontrarlo, que era lo realmente difícil, pues hacerlo tampoco debería ser complicado.

Aprenderás que Tarragona ya no te parece el peor sitio del mundo, aunque ya empieza a entenderlo porque Silvia te ha picado a la puerta para preguntarte si ya es hora de cenar y os habéis dado cuenta que solo son las tres y media de la tarde. Como ella diría: “Quilla, es que oscurece tan pronto que parecen las diez y yo qué quieres que te diga, tengo hambre y quiero tu pastel de chocolate”. Pues sí. Hoy no has tenido un pastel francés, pero tu compañera gaditana de piso te ha decorado el salón con globos y te comprará una corona de reina, además de comerse contigo un pote de medio kilo de Nutella (eso tienes que dejar de hacerlo ya, porque por la noche te va a doler la barriga). Ya empiezas a echar de menos el mar. Tranquila, todo llega y volverás a casa, y acabarás viviendo tan cerca de casa que ni siquiera tendrás la sensación de que te has ido de allí.

Ser madre no está en tus planes, de hecho pasarán diez años y seguirá sin estar en ellos. Pero de todos los momentos catárticos posibles, convertirte en “mamá” será el más intenso y bonito del mundo (también lo será ser tía por primera vez, pero para ser tía no tienes que sufrir contracciones y eso, amiga, es un punto importante a considerar). No, a los treinta y siete ya no vivirás en un loft, pero tendrás una zona de lectura tan bonita que te encantará pasarte horas ahí contando cuentos infantiles. Te sorprenderás al descubrir que de todos los trabajos que has hecho el que mejor se te da es el de criar a Arlet y pasar por todos esos maravillosos momentos será más intenso que la primera vez que escuchaste “On my own” en Londres.

Tu vida no es ni de lejos lo que tú imaginabas. Pero te diré un secreto: es mucho mejor. Así que disfruta del camino que debes recorrer hasta hoy, porque sin duda, Rosa, valdrá la pena.

Por las carreteras de Sylvain Prudhomme

Por las carreteras es una joya. Empiezo así la reseña porque me parece importante que leas este libro para que tú mismo/a lo valores pero yo, si fuera tú, lo leería. Esta es una historia diferente, nada que ver con el amor (aunque lo haya) ni con una novela convencional. Es, sin duda, una obra maestra.

Una novela narrada en primera persona, donde el narrador se nos presenta como un viejo conocido del autoestopista. Este es el protagonista real: un personaje indescifrable e único. Yo al leerlo pensaba “se me escapa algo, ¿por qué este tío es adicto a ser autoestopista? ¿cómo es capaz de dejar a su mujer y a su hijo para hacer esto?” A menudo me enfadaba con él. No se puede dejar a un niño solo para perseguir un sueño, una pasión. Pero a medida que la novela avanzaba comprendía que quizá yo carezco de la pasión del personaje, un motivo de vida tan fuerte como para que pueda renunciar a todo para hacer lo que me gusta. O quizá sí lo tenga, pero soy una cagada. Me gusta la estabilidad, la seguridad, la rutina y todo esto es incompatible con perseguir sueños a través de kilómetros.

Esta es también una historia de amistad, o más bien de la evolución de una amistad a través de los años; la transformación de una relación marcada por la pasión de perseguir aquello que somos, la dicotomía entre lo que debemos hacer y lo que nos gustaría hacer.

La única cosa negativa que podría decir de Por las carreteras solo se basa en una percepción personal que bien podría ser un error mío o una cuestión de total desconocimiento de la versión original. Venga, va, te digo lo que pienso y luego si quieres lo hablamos: hay, en algunos puntos, palabras que parecen disonantes. Es como si estuvieras escuchando una pieza perfectamente armónica y, de repente, al pianista se le escapara un dedo. Tengo dudas de si es un tema de la traducción al español o una jugada bienintencionada del autor. No te voy a poner ejemplos, para no condicionarte durante la lectura, pero ¿me haces un favor? Si a ti también te pasa leyendo este libro, envíame un comentario, un mensaje a través de Instagram o coméntame el post y me dices qué palabra te ha llamado la atención. Quizá coincidamos y podamos llegar juntos a la conclusión que o bien el traductor no ha acabado de encontrar las palabras adecuadas o bien yo veo fantasmas entre líneas.

Del resto de Por las carreteras solo te puedo dar alabanzas. Hay en esta novela pasajes soberbios que se te quedan dentro, descripciones de pensamientos universales que no te pueden pasar por alto. Te pongo un ejemplo:

“Y una mañana me levanté y me dije: Ya está, eres mayor. Me di cuenta de que tenía que dejar de repetirme la frase “más tarde, cuando seas mayor”. Que la cosa ya estaba: era mayor. Me había vuelto mayor sin querer. Sin que nadie me lo advirtiese. Comprendí que no habría prueba que pasar. Ni monstruo que vencer ni nudo que cortar. (…) Que ser mayor a partir de ahora sería aquello: la continuación de aquel presente, de aquella lenta traslación, de aquel deslizamiento casi imperceptible (…)”

Esta es una novela sobre hacerse mayor y no perder tu esencia. Plantea con esto el dilema de envejecer y mantenerse firme a lo que somos. Y ¡qué difícil es hacerse mayor y escoger la dirección correcta! ¿no te parece?