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Relato: Desnuda

Me acabo de encontrar conmigo misma. Mirarme al espejo así, desnuda, ha sido como si me pegaran una hostia. Toda desnuda. Soy yo, yo misma. Mañana dejaré de serlo, pero hoy esta soy yo, con esta gran imperfección, la deformación que me ha perseguido los años de adolescencia. Y ya soy mayor de edad. Mañana ya no seré yo, seré otra, porque todo cambiará.

La primera vez que el médico me vio fue como si se riera en mi cara: malformación genética… ¡Qué cabrón! Pensé que era él el que tenía el cerebro deformado. Pero no, quien tenía esa anomalía en el cuerpo era yo y era muy patente: un seno de la talla cien y uno de niña de doce años. “No, esto no se puede operar hasta que no hayan crecido del todo”. “Sí, hasta que no tengas dieciocho años”. Con doce años, seis años es toda una vida: la adolescencia. Toda una vida sin dejar que te metan mano, toda una vida de esconder la vergüenza que te produce no tener uno de los dos pechos, de rellenarlo con calcetines hechos bola, en una época en el que cualquier pequeño defecto puede ser una excusa para hundirte. “Pues no, no te operaremos hasta los dieciocho… ¡anda! ya te puedes ir”.

Mamá y yo nos hicimos un hartazgo de llorar. Parece una bobada, pero no tener pecho es grave… tenerlos pequeños te puede obsesionar… tenerlos grandes te puede acomplejar… pero tener uno grande y uno pequeño, ¡joder!, esto sí que es una buena burla del karma. Y ahora estoy aquí, delante del espejo, y yo mañana ya no seré yo, porque ya no tendré que usar la prótesis que me ha acompañado durante años cuando abandoné los calcetines improvisados y compré un relleno de silicona. Ya no me tendré que preocupar de cuando me metan mano lo hagan en el seno derecho y no en el izquierdo. Ahora podré ponerme camisetas sin necesidad de ropa interior. Ahora tendré unos pecho perfectos, iguales, simétricos.

Mañana tendré pecho, como si fuera una persona normal, como todas las niñas de dieciocho años. Me quitarán grasa de la barriga, la centrifugarán y me la pondrán en el seno. Me he llegado a plantear que me pongan unas buenas tetas, de esas grandes de revista (las dos, ¿eh? no una, las dos, que nunca se caigan, seré la mujer de ochenta años con los pechos más perfectos del mundo). Técnica Coleman. ¡Qué tío, el tal Coleman! ¡un fenómeno! Aprovechar la odiada grasa de tu propio cuerpo para reconstruirte un pecho. Así, en un pim pam borramos todos mis traumas.

En el espejo parece que esto siempre será así, yo siempre tendré un solo seno. Lo acaricio: he llegado a odiarlo tanto que no sé como despedirme de él. Y ¿mi seno grande? Ojalá no tuviera que decirle adiós, pero para que queden igual tendrán que operarme los dos. Me miro a los ojos, y de reojo me giro para verme el perfil, un perfil que jamás volveré a ver: un pezón planito, esa mama ínfima que me recuerda que sigo siendo una niña de doce años. Y ya han pasado seis años. Esta soy yo. Y me miro el perfil y lloro. Lloro porque me parece increíble que un trauma se pueda borrar así, de golpe, con unas cinco horas de operación, una cicatriz, y a cambio de quince mil euros, yo seré normal. Y hoy me pregunto ¿qué significa ser normal? ¿seguiré siendo yo, mañana? ¿los mismos ojos de color miel? ¿la misma sonrisa? ¿la misma nariz de tulipán? ¿qué cambiará mañana? Mañana tendré pecho, dos, iguales, simétricos. Tendré tetas postizas de barbie, seré un cuerpo falso. ¿Seguiré siendo yo misma después de esta noche?

Entonces me pongo el pijama, para esconder todo lo que he tenido que esconder durante estos años. Acabo de decidir que a partir de mañana dormiré desnuda. Porque sí. Porque puedo. Porque no hay nada que esconder.
Mañana seré normal.

Ordesa de Manuel Vilas

Este libro es una oda a los padres y a la escritura. Es un templo al mundo interior. Ordesa es una arma de doble filo: te atrapa y toca la fibra, pero puede llegarte a empachar. Hay que estar preparado para leerlo, no te vale cualquier momento vital: hay que estar en calma. No dudo que si lo volviera a leer, prestaría atención a pasajes distintos a los que he subrayado ahora.

De la muerte de los padres se habla poco, quizá porque es algo que no va contra natura. Se habla más de muertes inesperadas, o dramáticas. Que un padre se muera antes que un hijo es, digamos, lo normal. A no ser que seas como yo y le tengas un pánico totalmente paralizante a la muerte; entonces ninguna muerte te parece natural.

Ordesa son recuerdos, mezclados entre la realidad y la ficción, donde Vilas demuestra un dominio de la lengua extasiado y armónico. Es un libro de poesía en ficción, lleno de sentimientos encontrados y nostalgia afirmativa.

He de confesar que algunas páginas me las leí en diagonal. No porque no fueran increíbles, que seguro que sí, sino porque en mi subconsciente no estaba preparada para ellas. Creo que es un libro a releer en diferentes momentos de tu vida. Estoy convencida que a cada lectura descubriría una joya más, pero no se puede asumir todo en una sola vez. Es necesario releerlo, a cachitos, saboreándolo con un buen café, con calma, como pasan los pensamientos en el libro. No es necesario leerlo de un tirón, ni engancharte a sus páginas de principio a fin. Es imperativo disfrutarlo, digerir sus párrafos, sin prisa, como una comida de domingo. Es condicional hacerlo de fin de semana a fin de semana, intercalarlo con otro libro, algo más light de ficción. Ordesa puede emborrachar, indigestarse, si no se toma en pequeñas dosis.

Me gustan los libros que mezclan cualquier tema con la escritura, es como si escribir fuera parte de todo, de cualquier vida. Me gusta subrayarlos a lápiz, pero confieso que a veces lo hago a boli, o simplemente paso de coger nada y doblo la página, sin más. Luego las releo para encontrar trocitos de una genialidad que ojalá yo fuera capaz de reproducir. Te pongo un ejemplo de Ordesa:

“Porque la materialidad de la escritura es la escritura. De hecho, santa Teresa escribió como escribió porque se le cansaba la mano de tanto meter la pluma en el tintero, de ahí su letra desganada y caótica y feroz y con mala sangre. Si hubiera tenido un boli Bic, su estilo habría sido otro”

Este es solo un fragmento de un capítulo en el que describe la impotencia de cómo se escribe. Con este libro, Manuel Vilas nos regala instantes eternos y deliciosos leer a gusto del consumidor.

El parto

En serio, la persona que dijo que los dolores de parto son como reglas un poco más dolorosas era un/a psicópata. O era un tío, o nunca se puso de parto, porque no me lo explico. Voy aclarar aquí que sí; hay mujeres que tienen la suerte de no tener dolor, algunas incluso tienen la suerte de no sufrir. Yo recuerdo que la fisio del suelo pélvico, Blanca, en su preparación preparto nos dijo que parir “dolía que te cagas” pero nosotras podíamos prepararnos para no sufrir, para manejar el dolor, para que él no nos dominara a nosotras.

Mi parto fue inusual, según dicen. A mí me gusta pensar que fue, y ya está. Yo me estaba preparando una maravillosa tortilla para desayunar cuando noté algo raro. Mi madre me escribió en el grupo familiar un “¿cómo está Arlet hoy?” Y yo contesté con un ambiguo “rara, está rara”. Y ella, bruja y categórica como siempre ha sido, contestó “cuando una embarazada está rara significa que está de parto” y yo aquí me rayé. No podía estar de parto, estaba incómoda, cansada, dormida y hambrienta. Me comí la tortilla porque pensé “si te pones de parto, no te van a dejar comer” y créeme un parto es cansado, puede durar horas, es como si corrieras tres maratones seguidas sin la posibilidad ni siquiera de beber agua.

Me pasé de las 10 de la mañana a las 12 aproximadamente decidiendo si esos pequeños dolorcillos/molestias eran contracciones. Recuerdo que me puse a hacer quinoa por alguna razón que solo mi cerebro sabrá. Pero entonces vino la prueba inequívoca que aquello sí que eran contracciones: un dolor de regla intensísimo. Vale, respira, si todas son así, esto lo tienes controlado.

Cuando vi que era incapaz de hacer algo que parece tan sencillo como poner un cronómetro para saber cada cuantos minutos venían los dolores, escribí a Miguel (que se fue tan ricamente a trabajar como un día más) y le dije algo así como “creo que estoy de parto, me iría bien que me controlaras tú el tiempo porque yo no puedo”.

Tenía dolor, sí, pero sin sufrir. Como aún estaba demasiado consciente, por mucho que doliera yo me quedaba encima de la pelota recordando que la comadrona de las clases preparto me dijo “si no quieres epidural, quédate en casa hasta que no aguantes más”. Y Miguel cada cinco minutos me decía “pero ¿seguro que no nos tenemos que ir ya? Hace mucho que estás así”.

Llamó mi hermana para preguntar cómo estaba su sobrina y Miguel con su ingenuidad de primerizo le dijo “ todo bien, solo tiene contracciones cada minutos y medio”. “¡Joder, Miguel, que mi hermana está de parto!”. Entonces él me miró y me dijo “Cariño, que tu hermana dice que estás de parto” y le devolví una mirada de contracción chunga y un sonido gutural que él llegó a interpretar como “méteme en la ducha y déjame en paz”.

Por la intensidad supe que estaba de parto (en realidad lo estaba desde hacía rato pero yo llevaba una L de novata), o por lo menos lo empezaba a estar. Me quedé en la ducha un buen rato, respirando como si no hubiera un mañana y hablando con mi hija, haciendo pactos inútiles en plan “cariño, si no me desgarras, te prometo que te compraré un iPhone” o “ si no me duele mucho, te llevaré a Disneyland”. Todo seguía su curso. Hasta que salí de la ducha.

Te voy hacer un inciso aquí: yo no recuerdo nada desde el momento que salí de la ducha hasta que me pusieron a Arlet encima acabada de salir del horno. Según Blanca esto se llama “planeta parto”, según parece la mejor manera de parir: la desconexión total de la parte racional del cerebro, la transformación de humano a animal y su consecuente pérdida de filtro entre aquello que piensas y lo que dices. Bueno va, te voy a ser sincera, yo nunca he tenido este filtro, pero en ese momento menos. Todo lo que te contaré ahora me lo ha explicado él, según lo recuerda, y viene sesgado por su vivencia, porque la mía está en algún lugar de mi subconsciente.

Yo quería quedarme en casa hasta que la niña estuviera casi cayéndose entre las piernas, pero al salir de la ducha rompí aguas. Y fueron verdes. Lección uno de primero de columpios de la clase de parto primeriza: si las aguas no son transparentes vete al hospital pitando porque algo está mal. ¡Joder! Salieron verdes, verdes, verdes como la cagada de un pato. Y mi cerebro hizo click: desapareció el dolor para dejar paso al sufrimiento. Las contracciones duelen (si tienes mala suerte y eres como yo), pero las contracciones con bolsa rota desgarran. Imagínate que te abren en canal, te estiran los intestinos y los usan para enrollarte la garganta y estrangularte. ¿lo tienes?, pues esto serían cosquillas comparado con aquello. Recuerdo una sola contracción antes de perder mi conexión con el cuerpo, pero esa fue suficiente para que Miguel entendiera que teníamos que ir cagando leches al hospital.

Entre los muchos superpoderes que desarrollé durante el trabajo de parto apareció el del cambio de sitio instantáneo. Cerré los ojos en el baño de mi casa y aparecí en la recepción de urgencias en medio de una contracción que me hizo ponerme de cuclillas en el suelo y gritar de dolor. Tengo un recuerdo borroso de ver la silueta de mi padre que salió del despacho y bajó al rellano de urgencias para soltarme un casual “niña, ¿pero qué haces aquí en el suelo?”. Con mi carácter lo podría haber mandado a la mierda, pero según parece ya me había partido en dos en medio del parking y en el camino de 500 metros del coche al hospital con los ojos en sangre y un dolor sufrido desde dentro, así que estaba demasiado agotada para ni siquiera intentar contestar. En mi cerebro solo había la idea que eso parecía inminente, que mi hija estaba sufriendo (recordemos que la gremlin cago en mi útero) y que era tan intenso que podría haber parido allí mismo en el pasillo. O eso creía yo.

Entré en la zona de maternidad a las 15.25 gritando que necesitaba antibiótico (me he olvidado de decir que di positivo en el estreptococo lo que significa que necesitaba dos dosis de antibiótico para que mi hija estuviera a salvo de bichos, sí, una de las muchas cosas del embarazo, las bacterias vaginales es lo que tienen). Una de las comadronas salió corriendo al unísono de mi contracción arrebatadora que dobló e hizo que diera un golpe a una bandeja llena de utensilios médicos que quedaron desparramados por el suelo a modo de caos profundo. En ese momento hubiera cogido un bisturí y me hubiera cortado las venas, y probablemente hubiera dolido menos que mi útero.

Tengo algún que otro flash de pequeños momentos. Recuerdo que mientras me desvestía la enfermera/comadrona/auxiliar o persona no identificada me dijo algo así como “contrólate” y yo la miré con una cara de esas que te dan una hostia mental de las que te quedas medio lerdo para el resto de tu vida. A eso yo le llamó empatía de mierda, lo siento. He de decir que luego la chica fue super amorosa y encantadora y respetuosa, que me dio un acompañamiento que le deseo a todas las parturientas del mundo mundial. Pero, tía, es que no entraste con buen pie.

Mi marido estaba aún con los papeles, la admisión o con lo que fuera y entonces la comadrona me dijo “ahora te pondremos la epidural” por lo que se ve yo ya iba preparada para eso y murmuré un “no quiero epidural y no me toques” muy digno y poco convincente. Mi marido entró y escuchó a las dos enfermeras susurrando con cara de flipe “¿ha dicho que no quiere epidural?” Entonces entró el ginecólogo (que dicho sea de paso me parece un hombre entrañable y fue magnífico conmigo) y me soltó algo así como “Mujer, Rosa, creo que ahora ya no tienes dolor, tienes sufrimiento, y si sufres esto va a ser muy largo, bueno vamos a ver cómo estás y luego decidimos, ¿vale?”

Y estaba… de tres mierda de centímetros. Lo digo así, porque no sé como expresar la desesperación que en ese momento demostré, fue como un jarrón de agua fría que me desencadenó en una angustia incontrolable. Porque con tres centímetros te podrían mandar a casa. He de reconocer que a mi me dieron un trato VIP y nadie, en mi estado de alteración de conciencia, sugirió que me volviera por donde había venido. Quizá porqué no había ningún parto en ese momento, quizá porque les apetecería hacer su trabajo, quizá porque me vieron incapaz de hacer nada que no fuera gritar, o porqué simplemente les di pena.

Creo que mi marido me pidió replantearme todas las ideas preconcebidas que había madurado durante los últimos 9 meses. Me dijo algo así como “¿te acuerdas cuando la comadrona nos dijo que aceptáramos cualquier forma en la que Arlet decidiera venir al mundo?” Pues, joder, podría haber escogido una menos dolorosa.

Allí había amor a raudales, lo digo en serio, las comadronas fueron cariñosas a morir. O por lo menos eso me contó Miguel, que se enamoró de ellas. Es una pena que eso lo haya olvidado y en cambio recuerde a la sin nombre de la anestesista. Porque lo suyo no tiene nombre y yo soy una señorita y no insulto a nadie, o si insulto lo hago con mucho glamour. Entró la chica, según cuentan, en medio de otro dolor de esos que te desgarran el alma y se instauran en el cerebro y tal cual la muy profesional dijo “Ah no, yo así no te pongo la epidural, si no te vas a estar quietecita me marcho y parirás con dolor”. Lo dijo con tono y rintintín, que si hubiera dicho con amor «necesito que te quedes muy quieta porque esto es muy delicado y si no lo consigo no te podré poner la epidural y me sabría muy mal porque no te voy a poder aliviar el dolor”, pues mira, la cosa cambia. Pero yo a estas alturas de mi vida ya sé que hay gente imbécil y que en su casa no se lo han dicho, y la ignorancia es muy mala. Estoy segura que esa anestesista es de la misma familia que la mala persona que dijo que las contracciones son como dolores de regla muy fuertes.

Puedo imaginarme a Miguel poniéndose tenso al otro lado de la cortina, vaticinado lo que sería la lluvia de sapos y salamandras que llegó a salir de mi boca ante tal muestra de violencia verbal en una situación tan y tan vulnerable. Seguramente solté insultos poco educados y la miré con esa mirada que solo los que me conocen identifican como el fin del mundo. No sé como la comadrona logró calmarme, seguramente con mucha mano dulce, pero me pusieron la epidural que yo no quería, quizá porque me sentía derrotada, quizá porque en mi cerebro se instauró el «yo no puedo hacer esto” y me rendí. Le cogí el gusto a no sentir dolor, muy probablemente porque pensé que si eso iba para largo, pues lo mejor era que me relajara. Pedí droga dura, para caballos. Y no te vayas hasta que no sienta ni el dedo del pie.

Yo es que soy del todo o nada, si ya no podía tener un parto sin epidural, ya me daba igual todo, así que no sentir nada en ese momento era lo único que me reconfortaba. Miento. Sentir, sentía muchas cosas, lo que no sentía era dolor. Asumí que si solo estaba de 3 cm mi hija no iba a nacer el 12 de marzo, sino el 13. Que en el mundo estuviera a punto de descontrolarse una pandemia mundial es una cosa sobre la que ya hablaré otro día. Yo estaba ahí con mi marido esperando que el tiempo pasará y tan relajada que si me hubieran traído un mojito y una hamaca me hubiera sentido como en el Caribe.

A las 17.17 (hora local del cerebro de Miguel) entró otra vez el médico, yo creo que más porque su jefe (mi padre) pululaba por allí que no porque tuviera la esperanza de que pasara nada. Y al examinarme se ve que soltó algo así como “Ui, niña si ya estás de 8 cm ¿cómo lo has hecho?” y yo, que estaba en el Caribe con mi copa balón y mis rollos, me reí y le dije algo así “ es que yo he entrenado mucho para esta maratón” Nadie me dijo la hora, yo no pensé en preguntar.

A las 18.20 volvió a entrar, supongo que porque sospechó que me habría dormido ante tanta ebriedad. Y al examinarme dijo “ bueno, pues esto ya está, ¿eh? Vamos a tener que empujar” ¿perdona? ¿Vamos a tener que empujar? No, no, no, ¡eh! Que yo no estoy preparada, como que ¿vamos? No, no, voy, que esto es algo que voy a tener que hacer yo. Se ve que le miré con los ojos saliéndoseme de las órbitas y en algún lugar de mi cerebro se manifestó mi lado racional “Pero a ver, doctor, ¿qué horas es? No, no puede ser, hombre, que hace poco rato que he llegado. Yo aún no estoy preparada para esto, paso. Vamos a esperar un rato.”

Claro, como si esto se pudiera decidir. ¡Olé tú, Rosa!

Parí tumbada, sí, sí, como recomendó que no lo hiciera mi fisio del suelo pélvico, pero tenía, como yo había pedido, droga en sangre por encima de mis posibilidades. Parí tumbada y saqué a mi hija con toda la fuerza que ni siquiera yo sabía que tenía. (Otro día hablamos si te apetece de cómo empodera el momento parto. Algo tan brutal, tan fuerte, nos tiene que hacer sentir todopoderosas, se habla poco de eso, creo yo).

Había varias cosas que me daban miedo del parto antes de ese momento y que marcaron el transcurso de ese día. La primera era tener que usar epidural porque epidural significaba muchas cosas: oxitocina, posible episiotomía, fórceps… Yo es que soy de carácter dramático: si puede ir algo mal, irá mal. Vamos todo lo que yo no quería. Le tenía pánico a que me cortaran, en serio. Y por encima de todo no quería que nadie me practicara una maniobra de Kristeller. Lo tenía clarísimo. Pensaba arrancarle la cabeza a cualquiera que intentara acercarse a mi barriga con la intención de apretar para que mi pequeña alien saliera rápido. Bueno mira, tú, cada uno tiene sus manías.

Por lo que se ve yo iba amenazando al médico diciéndole que no me cortara y él, que debía flipar, me contestaba que “Niña, no te voy a cortar porque sí, solo si fuera necesario”. También amenace a la comadrona cuando se puso a mi lado, “como me aprietes te corto la mano”. Pero ella me tocaba la barriga para saber cuando venían las contracciones, pero yo por si acaso ya la había amenazado.

Mi hija salió al mundo a las 19.05. Con tres pujos y un, “ ¿en serio? ¿ya?”. Según Miguel , mi hija salió haciendo el tornillo porque yo pedí que el médico no la ayudara a salir, que le dejara su espacio, que los bebés, como tú sabes, ya se saben el camino.

Arlet salió al mundo rápido, con ganas de vivir y mucha luz. Y en el momento en que la tuve en mi pecho, el resto de cosas perdieron intensidad. Ahí recuperé la conciencia y perdí la noción del tiempo. Bueno esto lo perdí al romper aguas. Lo que fueron tres horas y media a mi me parecieron un suspiro.

Le canté “On my own” mientras la sostenía encima de mi pecho escuchando su corazón y oliendo su aroma, mezclado de sangre, y vida. Y en ese momento el mundo cambió.

Lo que yo no podía imaginar es que el 12 de marzo de 2020 el mundo no solo cambió para mi, sino para todos.

Hoy entiendo por qué no todos somos hijos únicos: el dolor del parto se olvida. Es como si te resetearan el cerebro al sostener a tu retoño por primera vez. Me pregunto si tuviera un segundo parto si tardaría dos horas en decidir si ese dolor de regla es una contracción o una simple molestia. ¡qué lista es la naturaleza, la jodida!

Un café en Viena

Gira a la derecha y entra en Schwarzspanierstrasse, camina unos metros y entra en su local. No ha podido evitar colocar el montón de cartas que reposaban en la repisa de la entrada, ¿por qué nunca nada está en su sitio? En serio, ¿le es tan complicado al camarero ordenar las cosas como Dios manda? ¿Es que tiene mucho más trabajo que servir cafés y ensaladas? Mientras reordena el montoncito le lanza una mirada asesina que hace que el pobre chico se ponga a limpiar mesas compulsivamente, como si el trapo con desinfectante le fuera a salvar de una tormenta que se avecina bastante convulsa.

Pero él tiene demasiado de que preocuparse, pasa el dedo por la madera y, una vez comprobado que el nivel de polvo está bajo mínimos, se dirige a la cocina con un tic nervioso en el ojo. Al entrar, la cocinera se pone rígida: ni un fallo, ni un atisbo de imperfección le está permitido. Entonces él pone la bolsa de tela sobre el mármol y, como aún no se han puesto de moda y son un objeto de los hipsters y los ecologistas sin remedio, ella le felicita por haberse pasado a la tela y dejar el plástico. Él murmura algo mientras busca en el fondo de la bolsa, lo saca y le pide que le cocine algo delicioso con ello.

Aún le tiemblan las manos, desde que ha salido del supermercado el objeto le ha estado acusando de incívico y deshonesto. Pero una vez se ha dado cuenta, ya no podía tirar marcha atrás. Así que ha decidido encargar a la cocinera de su cafetería que le cocine algo con lo que pueda disfrutar.

Se sienta en la mesa que da a la calle. Al ver los cubiertos no puede evitar sacar la cinta métrica y colocarlos exactamente a un centímetro y medio de separación. Sonríe con satisfacción: sabe que el camarero le mira de reojo esperando el momento de la bronca. Pero hoy está demasiado preocupado para eso. Lo que ha pasado hoy debería darle una pista de que algo no va bien, algo desentona en su vida, como un acorde de piano con una tecla disonante. Mira a través del ventanal y ve una pequeña mota de polvo. Hace una seña al camarero para que le preste el trapo con desinfectante y limpia minuciosamente hasta que no hay rastro alguno de suciedad en su campo visual del cristal.

Ahora ya todo parece perfecto, se puede relajar mirando por la ventana. En el fondo, la localización le gusta. Cuando dejó Madrid, sus ruidos y suciedad, jamás pensó que acabaría poniendo una cafetería/bar/restaurante de estudiantes en la calle Schwarzspanier de Viena. El local se llama “El mundo”, así en español, para intentar sentirse como en casa cuando va a trabajar. Nunca ha sido un sitio del todo definido. Le gusta que sea así, porque aporta el único punto de desorganización que no se permite tener en el resto de su vida. Todavía le sigue sorprendiendo el éxito al que le ha llevado el caos de no saber si es un sitio de desayunos, comidas o cafés. A estos estudiantes vieneses de clase alta les encanta: creen que por venir a un sitio que parece medio bohemio, ellos se contagian un poco de esa proletariedad de la que tanto carecen.

En su campo visual aparece la placa en la que se lee el nombre de la calle. ¿En serio nadie en el ayuntamiento se ha dado cuenta que esta placa tiene una grieta? No, claro que no, está plagado de funcionarios incompetentes. Cuarenta y cuatro veces ha llamado para que alguien le explique si el nombre de la calle se refiere a Beethoven o a la iglesia. Porque él sinceramente escogió la calle porque le pareció sublime que Viena, la ciudad de Mozart, tuviera un guiño tan soberbio a Beethoven (a quién llamaban español negro, o sea, schwarzspanier). Pero resultó que encontró por internet que la calle no se llamaba así por él, sino por la iglesia benedictina de la esquina (o lo que queda de ella). Le pareció un insulto.

¿Por qué tarda tanto en hacerle la comida? No se pueden hacer tantas cosas con lo que le ha dado. ¡Incompetente, se podría espabilar un poco!

Cada vez que llamaba al ayuntamiento por el tema de Beethoven, la recepcionista se lo sacaba de encima con una educación mal disimulada, pero es que a él le parece importante. Si alguien tuvo las agallas de nombrar una calle en honor a Beethoven en la ciudad que adora Mozart, lo mínimo que pueden hacer es honrar esa osadía, pero no: en los registros consta como que se nombró por una iglesia benedictina. ¡Qué vulgar!

A ver si aparece esta inútil. Con el tiempo que ha necesitado más le vale que sea de estrella michelin. La emoción no le deja respirar; con el mal rato que ha pasado, espera que por lo menos esté delicioso.

En la cola del supermercado suele ponerse nervioso en España, aquí en cambio la gente es ordenada y respeta su espacio vital, nadie empieza a poner las cosas en la cinta corredera si él no ha acabado de colocar la compra en bolsas. Para él es un ritual: despliega cuatro bolsas de tela y va ordenando minuciosamente los productos según si son verduras o fruta, carne o pescado, comestibles que no necesitan nevera y resto de cosas. Hoy por alguna razón que desconoce en vez de cuatro, había cinco bolsas. Un pequeño despiste al que no está acostumbrado. Con una mueca, ha dejado la que no necesitaba en el carrito mientras hacía su pequeño ritual. Cuando ha terminado ha cogido el carro y ha salido del supermercado. Lo ha aparcado y ha recogido las bolsas. Entonces se le ha helado la sangre. No se lo podía creer: ahí se le había quedado, sin pagar, exportado desde Murcia, con un color intenso, perfecto, un ejemplar de tamaño extragrande. Un sudor frío le ha recorrido la frente: ha robado. ¿se considera robar si lo ha hecho inconscientemente? Seguramente ante un tribunal sí. No le exime del delito el hecho de no saber que lo ha cometido.

Levanta la vista y, por fin, la cocinera sale triunfal con el plato. Por su sonrisa, más le vale que sea el plato más elaborado que ha cocinado hasta hoy. Al ponérselo delante, él no ha podido evitar una cara que ella ha interpretado como asco, pero en realidad él no quería esconder que era de decepción. ¡Schnitzel! Acompañado de su pequeño e insignificante delito. El schnitzel es un poco como Viena: muy de aparentar y poca sustancia. Que el plato más famoso de la ciudad sea un triste escalope empanado le deprime, aunque lo llamen escalope a la vienesa, que es como para darle importancia. Por no mencionar que lo que lo acompaña, debería ser algo excepcional, no unas simples tiras a la plancha que encima están chamuscadas por las puntas. Su delito reducido a cuatro tristes trozos de verdura.

Se pone una tira en boca, lo saborea, hay un punto entre dulzón y amargo que no recordaba tan intenso, lo mastica poco a poco y de repente nota la desagradable sensación de algo parecido a un plástico. Lo escupe sin hacer ruido, hurga entre el verde intenso y encuentra la razón de su disgusto: una piel. ¿Tan difícil era quitar la piel antes de servirlo? Esto le ha acabado de hundir en el malestar. Por lo menos, ya que ha cometido un delito imperdonable, la cocinera se lo podría haber preparado con cariño. Pues no, seguro que se lo ha hecho adrede.

Corta un trozo de escalope y se lo pone en la boca. Lo mastica y le da una arcada: demasiado seco. Esto es imperdonable. Tira los cubiertos desordenados y mira otra vez la terrible grieta en la placa de la calle.

Hoy se ha equivocado y ha cogido una bolsa de más. Nadie le ha hecho caso en el ayuntamiento al quejarse del nombre de la calle en su llamada número cuarenta y cinco. Respira asqueado. Echa de menos la carne empanada de su madre y no este plato con pretensiones decepcionantes.

Si su madre estuviera viva, la hubiera llamado. Le hubiera dicho algo así como “hoy he robado un pimiento importado de Murcia. Mamá, creo que es hora de volver a casa”. Y al pensarlo se da cuenta que Viena ya no tiene nada que ofrecerle. Después de tanto tiempo, es el momento de dejar esta calle de Beethoven clandestina. Antes de poner un anuncio para traspasar el local, escribirá un artículo en Viquipedia por si algún día alguien busca también el nombre de Schwarzspanierstrasse. Que el mundo sepa que “El mundo” estuvo allí por ser el único trozo de ciudad que no se le dedica a Mozart.

Adiós fantasmas de Nadia Terranova

Adiós fantasmas es un viaje de vuelta a casa a través de los recuerdos y las heridas. La protagonista, Ida, vuelve a Mesina después de mucho, demasiado, tiempo. El personaje está marcado por la desaparición de su padre, pero más que por la desaparición, por el abandono y la necesidad de encontrar un final en la historia. La no comprensión de las razones por las que su padre la abandonó la persiguen al abrir el baúl de los recuerdos en este viaje.

Creo que en esta novela hay una especial atención al camino hasta la sanación. De una manera sutil y elegante, Nadia Terranova nos cuenta el viaje al perdón de una misma a través de una historia corta e intensa.

Realmente en Adiós fantasmas no pasan muchas cosas, pero no es importante lo que no pasa sino el crecimiento de la protagonista en su vuelta a los orígenes, la importancia de la curación de las herida: la perdida de su padre y la relación con su amiga de la infancia. La acción discurre en los recuerdos, en el diálogo interno de la protagonista que nos muestra una mujer con inseguridades y preocupaciones demasiado típicas de su edad, que te llegan por el paralelismo que puedes sentir con tu propia vida en muchos aspectos.

Destacar también que un gran punto de la novela es la relación con su madre, que pasa de la compasión al reproche por haberla hecho cargar por el peso de cuidar a su padre cuando todavía era demasiado niña, lo que la hizo madurar demasiado deprisa, a un ritmo inusual e injusto.

En conclusión, Adiós fantasmas es una novela de domingo por la tarde, un suspiro de poesía, ligero y a la vez profundo, que te llega al alma de manera inesperada. Desde mi punto de vista, es muy probable que la leas y quedes prendado/a de ella.

Déjate florecer de Sheila Mulero

Este me parece un libro imprescindible para cualquiera que alguna vez haya tenido una relación mejorable con su cuerpo. Yo siempre he pensado que si hablara a alguien como me hablo a mí misma me caería realmente mal. No tengo con los otros ni la falta de educación ni la falta de empatía que muchas veces peco de tener conmigo misma. A ver, voy a serte sincera, así de primeras tampoco es que caiga excesivamente bien, pero es que a mí misma me caigo aún peor.

Este libro te dirá cosas obvias, pero que es probable que te hagan pensar “joder, y ¿por qué no me lo aplico un poco?” Te hace ver la relación con tu cuerpo y con la comida desde el amor y la compasión, que de eso nos falta un ratito. El amor hacia uno mismo debería estar por encima del resto de cosas, porque, vamos a ser sinceros: sin cuerpo no existimos. Este libro te hará patente una realidad como un templo: tú eres suficiente tal y como eres ya.

No creo que sea la única que ha pasado por distintos estadios de amor propio en la vida, pero la verdad es que jamás he pasado por el estadio más importante: el de trabajarme “desde el cariño en ti misma en las causas que te llevan a ese sobrepeso pero no sigas machacándote con palabras hirientes dietas estrictas y ejercicio extenuante solo porque crees que lo mereces, te mereces todo lo bueno y bonito ya, siempre”. Porque realmente ves que olvidamos lo bueno y no nos ayuda en absoluto pensar en lo mal que lo hacemos todo.

Encontrarás en Déjate florecer una guía amena, super rápida de leer y en la que necesitarás sí o sí un lápiz para subrayar. Hay tantas cosas importantes y útiles que puede ser que hasta necesites dos, de lápices, porque sus frases no tienen desperdicio. Me gusta porque este no es un libro de autoayuda al uso, no es un libro optimista sin fundamento, ni un decálogo que los pasos a seguir para conseguir un cuerpo perfecto. Esto es todo lo contrario: un estudio exhaustivo que te hace ver que no sólo la comida es lo importante, que pone en valor las emociones que nos impiden avanzar, que advierte de los peligros de los extremos, aunque en un principio nos parezcan positivos como la obsesión por la comida sana, y nos enseña un camino más hasta el amor por uno/a mismo/a.

En conclusión creo que la autora ha escrito un gran libro que puede ayudarte a entender muchas cosas a las que es difícil ponerle nombre. Pienso que es urgente que las mujeres, (y digo mujeres porque creo que necesitan más autoestima que los hombres) y todo el mundo en general, aprendamos a respetarnos a nosotros mismos y nos amemos incondicionalmente. En resumen, que nos dejemos florecer y no nos reguemos más desde la autocrítica destructiva.

Maternidad apocalíptica: Soledad, sororidad, sentimiento

La maternidad es de las cosas más solitarias que existen. Está muy mal que lo diga, porque lo que queda bien socialmente es decir que la maternidad es lo más. Sí, a veces es lo más, pero en ocasiones es demasiado.

No quiero decir con eso que el padre de mi hija no haga lo que debe hacer (que no es ayudarme en ningún caso; ayudar significaría decir que el peso recae sobre mí y eso no es así: él hace su parte y yo la mía. Bueno, para ser sinceros a veces él hace la parte de los dos). Ojalá todos los bebés del mundo tuvieran un padre tan dedicado, tan paciente y dicharachero como el que tiene Arlet. Creo que, si existieran más padres como él, el mundo se ahorraría mucho dinero en terapia. Pero no, eso no deja de significar que la maternidad es de lo más solitario del mundo.

Llegas a casa después del parto con una persona nueva (vamos a obviar una pandemia mundial que te impide salir ni hacer nada de lo que se supone que deberías hacer cuando tienes todo el tiempo del mundo y acabas de ser madre) y ni siquiera os conocéis. Parece muy obvio, pero nadie te lo explica. Tu bebé es una persona nueva con su carácter, no contaminado con las mierdas de los adultos, vale, pero no deja de ser un nuevo miembro al que te debes amoldar y te das cuenta que no sabes nada. Y aquí empieza un sentimiento terrible: la soledad.

Te puedes sentir solo muchas veces en la vida, aún y rodeado de gente. Me pareció sublime la frase de Rose en Titanic que decía algo así como que le parecía estar en una sala llena de gente gritando y nadie se giraba a ayudarla (he parafraseado la frase porque obviamente no tengo tiempo de tragarme una peli de tres horas y cuarto). Así te sientes a veces siendo madre, te falta algo vital para la crianza: la tribu. Nuestros antepasados criaban los niños en tribu, hoy en día eso es muy difícil porque en el mundo moderno lo que mola es la individualidad, el poder con todo, ser superwoman. Hasta que no he sido madre no he entendido el porqué de criar en grupo. Encima, júntale a todo eso el que las únicas personas que conoces que tienen hijos (aunque sean de otra edad, con lo que encima están en una fase completamente distinta de la vida: ellas ven la luz y tu sigues en la puta cueva), que podrían entenderte, vivan a más de una hora en coche. Porque las que hay cerca no tienen hijos y eso me lleva al siguiente punto: la sororidad.

A mi me sorprende cuando una palabra se pone de moda. A día de hoy no paro de ver en las redes gente que se llena la boca con la palabra “sororidad”. La primera vez que la escuché la tuve que buscar en la RAE (será un defecto de traductora que llevo en las venas: los diccionarios me parecen muy útiles). Según su definición sororidad es “la relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento.” Bueno, la descripción es genial, pero aplicarla aún sería mejor.

Nos falta mucho de eso, lo digo en serio. A mi me sorprende gente que conozco que no tiene hijos y juzgan a sus anchas sin que, dicho sea de paso, tú no les hayas pedido la opinión. Me parece la hostia de la paradoja cuando quien critica es alguien que sí que tiene hijos. Tanto unas como otras son gente que se pasa la solidaridad y la empatía por el forro de los ovarios. Me encantan las que dicen que estar embarazada no significa estar enferma y que deberías hacer vida normal. Bueno, claro, si tienes un buen embarazo, ¿no? Porque ¿y si tienes un embarazo de mierda? Pero no, te juzgan si expresas que lo estás pasando mal. La sororidad significa empoderamiento, y no te empodera criticar a las embarazadas si, por desgracia, tienen un mal embarazo, si necesitan, por una vez en la vida, cuidarse a si mismas primero y, si es necesario, coger una baja a las ocho, diez o veinte semanas. No te hace menos mujer trabajar hasta la semana cuarenta, si sientes que tu cuerpo no da para más.

Las hay también las que te dicen que tener un hijo no les afectará a su vida profesional, que para eso esta su pareja que también criará a sus hijos y blablabla. Sí, perfecto: pon un cóctel hormonal postparto, añádele una pizca de pandemia, mézclalo con unas gotas de la mirada de tu bebé y dime que no te vas a sentir miserable el día que empieces a trabajar ocho horas y tengas que mandar a tu retoño a la guardería. En ese momento, cuando pases por esto, entonces si quieres intercambiamos opiniones, pero hoy yo no necesito que tú me juzgues. Si entiendes la sororidad y el empoderamiento como el hacer ver que tu vida sigue siendo la misma, como renunciar a la crianza de tu bebé, o peor aún, criticar a las madres que renuncian a la vida profesional para dedicarse a criar los suyos, entonces no has entendido nada. Te invito a que pases tú por las contradicciones constantes que significan pasar de ser primera persona del singular a primera persona del plural y sobretodo a dejar de juzgar. No te hace más malamadre escoger tu vida profesional, ni te hace más buenamadre criar a tu hijo/a el 100% de tu tiempo. Formas de entender la maternidad hay tantas como mujeres que son madres y cada una escogerá la suya. Y ¿sabes qué? La que escojas estará bien, por muchas opiniones no deseadas que escuches.

Luego hay esas personas que no entienden que tu agenda se ha llenado de una única actividad, a veces muy placentera y otras no tanto, que es la de estar con tu hija. Y si le sumas que eso te apetece un montón, ni te digo. Esto significa que la espontaneidad se ha reducido bastante para cualquier interacción social. Me explico: tu antes un viernes podías decir «¡vamos a tomar algo!» y no tenías que cuadrar con nadie el salir de casa en tacones y un bolso de mano pequeño. Ahora lo tienes que saber con tiempo, porque está claro que tu hija no se va a poder quedar sola por lo menos hasta el siglo que viene (con suerte) con lo que uno de los dos va a tener que quedarse en casa. Y aquí empieza la negociación: o sales tú o sale él y cuanto antes tengas esta conversación, antes podrás hacer planes. Me empieza a salir urticaria con esa gente que siempre va de culo y cuando intentas hacer planes a tres días vista (porque ya no te puedes permitir hacerlos a tres horas vista) te dices que “¡uf! es que con tanta antelación, no sé”. La antelación es la clave. Ahora puedo llegar a planear a dos semanas de vista una cena (y obviamente salgo de casa en tacones y un bolso ridículamente pequeño con el que tengo problemas para que quepan el móvil y las llaves del coche, porque el bolso pequeño significa que hoy no necesito más que eso: ni bibis, ni el chupete, ni el dudu, ni el mordedor, etc. Significa que por una noche soy yo, otra vez en singular). Pero es tan complicado a veces que agota.

Te he de decir que te salva el sentimiento de amor incondicional. Cosa que aunque te rebatan todas aquellas personas que no tienen hijos, existe y es inexplicable. Sí, mi hija a veces me saca de quicio, especialmente cuando llora porque tiene sueño y no se puede dormir. La parte positiva es que al final siempre se duerme, con esa cara de felicidad y ese reflejo de estar tan a gustito en tus brazos que por un momento esto te vale, no necesitas nada más, es suficiente.

Por desgracia, hay días en que eso es solo una parte de tu vida, que tu vida ves que ya no es tuya, que pasas de puntillas y no llegas a todo, o si llegas, llegas mal. Y la culpa, que se instala en tu ser desde el minuto uno, no te deja dormir. Pero por suerte tu bebé sigue dormido en tus brazos, porque para él/ella tú eres todo lo que necesita. Aunque tú necesites más. ¿te digo un secreto? Con el tiempo mejora, te lo aseguro.

Gina de Maria Climent

Gina es un poco como una Amélie decadente. Todo lo decadente que podría ser la película francesa si, en vez de estar ambientada en París, sucediera en el Delta del Ebro. No me malinterpretes: soy una fiel amante del Delta, me encantan los arrozales en invierno y los paisajes cerca del río, por no hablar de sus infinitas playas y los horizontes llenos de cometas de los que practican kitesurf en un mar que siempre parece un lago. Pero el Delta del Ebro tiene este punto especial, como de fin del mundo desaliñado, como si el glamour se hubiera desvanecido y solo hubiera quedado la realidad y el polvo de calles a medio asfaltar.

Comparo Gina con Amélie por varias razones. La primera es que Amélie es una película que suele gustar a todo el mundo y Gina es de ese tipo de libros que puede gustarte por cercano y por tratar un tema que nos toca a demasiadas: la crisis de las que estamos en los treinta y tantos y la maternidad que no llega nos sobrevuela la cabeza de manera monotemática. La segunda razón es que Gina tiene ese punto introspectivo y soñador que comparte con la película de 2001, como si le pudieras poner una banda sonora de esas de boulangerie de Montmartre. Y, por último, la tercera razón es que ambas te hacen sentir ese punto optimista que solo consiguen las pequeñas historias de la cotidianidad.

Pero Gina es mucho más: es la historia de una chica perdida, de alguien a quien de repente diagnostican una enfermedad que hace que tenga que decidir si va a tener hijos ya o si ya no los va atener nunca. Es una historia íntima y personal, pero fácil, quizá para mi gusto demasiado fácil. Es de esos libros que te lees en una sentada y un suspiro. Este pedazo de la vida de Gina transcurre entre dos tiempos, entre el presente y el pasado, y en tres lugares: Barcelona, París y el Delta.

No sabes muy bien cómo pero, las reflexiones de Gina parecen tuyas, como si estuvieran atrapadas en un ser que no eres tú pero que bien podría ser tu alter ego. Habla de las inseguridades y la sexualidad, de los miedos y las trampas de la vida y el final de la novela parece que sea el inicio de un nuevo comienzo.

Impulsos

Uñas hechas por Miriam estètica

“Hoy me he hecho la manicura, me he comprado un coche y he empezado terapia, y nada de esto estaba planeado cuando me he despertado a las 7”
“Ah, !qué guay! ¿has ido a hacerte las uñas? Y al final ¿le has dejado hacerte alguna decoración menos aburrida que tú?» le contesta Gina con tres o cuatro emoticonos (un exceso para su gusto)
“¿Un coche? pero si tu coche no era viejo, ¿qué coche te has comprado?” Contesta Alba en cuatro líneas. Nunca entenderá porque no puede escribir en párrafos: siempre que ella escribe, el móvil suena cuatro o cinco veces innecesariamente.
“¿Terapia? ¿Estás bien? ¿ha pasado algo???????” Mia siempre espera un drama en sus vidas, no puede evitarlo, se aburre soberanamente si no le pone un poco de emoción.
“Mmm… estás fatal de la azotea”, sentencia Cristina al cabo de un rato.

Su día ha empezado como uno cualquiera de vacaciones, con pocos planes y mucha pereza, hasta que desayunado y se ha dado cuenta que se le había roto una uña. Esto sería un dato bastante banal si no fuera porque ayer se gastó una pasta en hacérselas. Se ha cagado en todo y ha llamado al centro de estética para ver si se lo podían arreglar. Total, si no fuera porque jamás deja que le hagan cosas estridentes y con purpurina, no habría nada de raro en eso. Pero al llegar, ha resultado que el color de la uñas de ayer se había acabado y con resignación le ha dicho a la chica que le hiciera lo que le apeteciera. Mal, fatal: ha salido de ahí con unas uñas llenas de purpurina, de un rosa muñeca casi insultante. Cuando la ha visto, su chico la ha mirado con cara de “¿quién eres tú y qué has hecho con mi chica?” y ella no ha podido evitar pensar que este toque discordante en su look en el fondo le pega. De ella dirán que es muchas cosas, pero sobretodo dirán que es seria. Poco seria se puede ser con unas uñas de color rosa chicle y mucho brillibrilli.

Volviendo a casa el coche le ha fallado. Le molesta profundamente que las cosas dejen de funcionar. Cuando algo se estropea, deja de tener su función, se vuelve inútil. Y la inutilidad es casi peor que la incompetencia del mecánico que le ha dicho que la reparación le va a costar más que un coche de segunda mano. “Segunda mano, ¿yo?” Ha pensado indignada. Se ha dado cuenta que en el rostro del mecánico había una sombra de satisfacción sádica al dar la mala noticia mientras le miraba de reojo la purpurina de las uñas. Vale, sí, ¿que pasa? Llevo uñas que no pegan conmigo pero, en serio, ¿por eso debes juzgarme y decirme que me compre un coche de segunda mano? Así que ha llamado a su chico y le ha pedido que la acompañe a mirar coches.

Se ha dado cuenta que el comercial también le miraba las uñas, ¡qué manía de juzgar por la imagen! Quizá por eso él hacía ver que ella no existía y le explicaba a su chico que “este motor es mucho mejor, porque en la subidas le puedes dar gas”. En algún momento la ha mirado a ella y le ha sugerido que tienen un gran stock de coches usados. No ha podido evitar mirar a ese chico prepotente con asco, entonces de dentro le ha salido acercarse a un coche de exposición, mirar el precio de reojo para asegurarse que lo podía pagar, y decir. “me llevaré este, gracias”. A su chico se le ha desencajado la mandíbula al ver el precio, ella sabía de sobra que es el doble de lo que él esperaba, pero no puede con el desprecio. Se ha sentido insultada, le hubiera gustado decirle “mira, la que va a pagar el coche soy yo, así que más vale que me enseñes coches a mí y no a él, machista de mierda”. Pero en vez de esto, simplemente ha comprado un coche sin ni siquiera sentarse en él.

En el coche, después de firmar los papeles, el silencio era tan pesado que se paralizaba en los pulmones. Ella se miraba las uñas como si fueran las culpables de sus malas decisiones, aunque cada vez se convencía de que en realidad llevarlas así le daba personalidad y fuerza. Cuando han llegado a casa, él ni siquiera ha mencionado el hecho que “ir a mirar coches” se había convertido en un rápido “me acabo de comprar un coche” y, como él sabía que esperaba su aprobación una vez ya no había vuelta atrás, le ha susurrado “ te has comprado un cochazo, cariño”. Ella solo le ha respondido con un sonrisa.

Mirándose en el espejo del lavabo, ha sacado el móvil del bolsillo de los tejanos y ha llamado a Marta. Sabe que ella no va a poder ayudarla, porque sería muy raro, se conocen demasiado. Al marcar el numero, Marta lo ha cogido al medio tono. No está acostumbrada a las llamadas, con lo que ha pensado que quizá era importante.
– Marta, necesito que me des el número del mejor terapeuta que trabaje en tu gabinete.

Marta ni siquiera ha preguntado para qué necesitaba un terapeuta, le ha pasado el número tan rápido que le ha dado la sensación que esperaba esta llamada desde hacía tiempo.

Ha marcado el número del chico aún delante del espejo, como si su aspecto fuera importante en una conversación telefónica, ha aguantado la respiración y cuando él ha descolgado simplemente le ha dicho.
– Hoy me he hecho las uñas y me he comprado un coche, ninguna de las dos cosas estaba planeada cuando me he levando, creo que estoy intentando llenar un vacío que no sabia ni que existía, ¿cuándo podemos empezar con la terapia?
Ni por un momento se ha planteado ni presentarse. Ha oído una carcajada al otro lado de la línea.
– Podemos hacer una videoconferencia ahora mismo.
Y cuando ha empezado la sesión ella ha sentido que un enorme peso se le caía de las espaldas, como si la decisión de empezar terapia, fuese algo que llevaba tiempo pensando. Lo que le sorprende es que jamás antes se lo había planteado, ni siquiera sabía que lo necesitaba hasta que ha empezado a hablar y se ha caído tan mal a ella misma que le han dado ganas de darse un par de bofetones. Pero en el fondo sabe que las hostias no lo arreglaran, pero quizá este chico sí que la ayuda a arreglarlo. Él le ha sugerido que deje de controlarlo todo y que la próxima vez se pinte las uñas de un color más extremo.

Atrapa la liebre. Lana Bastasic.

“Para Lejla, la vida es un zorro rabioso que viene a hurtar gallinas por la noche. Para ella, escribir sobre la vida significaba fijar la mirada en la gallina descuartizada al día siguiente, sin ninguna opción de capturar a la bestia in fraganti”
Siempre me han gustado los libros que hablan de road trips, aunque he leído pocos y de esos pocos creo que ninguno me ha atrapado como este (si tienes alguna sugerencia de novelas de este tipo, no dudes en dejármela por aquí). Me parece una genialidad ambientar un libro que habla de los recuerdos de la guerra sin mencionar en una sola línea la palabra “guerra”. Es sublime, no sólo por la ausencia de la palabra sino porque te transporta a esa Bosnia oscura que alguien que no ha pasado por una situación bélica de estas características no se puede ni llegar a imaginar.

También es un libro sobre la amistad, sobre la evolución de dos personas a lo largo del tiempo, de cómo podemos cambiar, acercarnos y alejarnos mientras lo años pasan. Pero esta novela, por encima de todo, es un análisis de las psicológico personalidades de Lejla y Sara, un poema a su relación a su historia recortada y construida de fragmentos que se enganchan en el cerebro de Sara. La narradora explica, con una combinación perfecta, su presente y su pasado teñidos de oscuridad y sombras. Atrapa la liebre es un viaje a un mundo que Sara parecía querer olvidar y quilómetro a quilómetro recuerda desde una perspectiva sincera y desgarradora.
Según las críticas es un País de las Maravillas balcanizado. Después de leer una entrevista a la autora entendí mucho más de la novela y lamenté muchísimo no hablar serbocroata, la lengua en la escribió la obra. Con la traducción se pierden matices, y en este caso estoy segura que el hecho de escribirla en una lengua que han divido en tres lenguas distintas y ya no existe (como si esto se pudiera hacer) es un punto que un lector que lea la versión traducida (por muy buena que sea, y en este caso la edición de Navona Ficciones es impecable) pierde contexto, porque mucha parte de la obra se centra en la identidad, y la lengua es identidad.
Lo primero que me llamó la atención de la novela es que empieza en minúsculas. Parece un detalle sin importancia, pero al finalizarla entendí el porqué de compararla con el País de la Maravillas. La autora reescribió los doce capítulos de Lewis Carroll para crear su propio mundo en llamas. Con ello creó dos personajes intensos y maravillosos que hacen que la historia fluya entre las venas del lector en apenas una tarde.