Blog Feed

De Grinch infantil a opositora a súper mami

Foto de Blasco Visual Media.

A mí antes no me gustaban los niños (bueno mi sobrinos sí, pero para un rato porque son intensos a morir) porque me parecían seres extraños que nunca supe cómo manejar. Cuando daba clases de inglés los trataba como adultos, hasta que un niño me pidió que le acompañara al lavabo para limpiarle el culo y yo pensé “¿por qué no se lo limpia él?” Pues obvio… no tiene ni cuatro años. Yo antes era una Grinch de los niños. Ni siquiera cogía bebés porque pensaba que se les podía caer la cabeza. De hecho, no cogí nunca ninguno hasta que nació Arlet y, por ser la madre, quedaba un poco mal decir que me daba miedo que el cuello se le partiera en dos y la cabeza saliera rodando como si de una bola de bolos se tratara.

A Arlet jamás se le ha caído la cabeza. Bueno, de hecho, ella la aguanta desde muy muy pequeña (como salga hiperactiva como su padre, los facturo a los dos a un internado en Irlanda, sin remordimientos, cuando ella entre en la pubertad). Antes de conocerla no tenía ni idea de nada que tuviera que ver con el mundo bebé. Si veía un nene por la calle era incapaz de decir si tenía 2 meses o 10 (aunque ahora las diferencias me parecen obvias), tampoco sabía que los bebés a veces tienen sueño y lloran porque no pueden dormir. Cuando esto le pasa a mi hija de casi 4 meses le digo que cierre los ojos y se relaje (obviamente eso no funciona, pero yo sigo intentándolo).

Me he dado cuenta que miro a los bebés diferente. Y a las madres, también. El otro día me estaba tomado un café sola en una terraza (sí, también oposito a malamadre y me tomo tiempo para mí) y vi un bebé mucho más pequeño que mi hija. Hay dos cosas que me sorprendieron de ese momento. La primera: fui capaz de distinguir que ese bebé no tenia apenas dos meses. La segunda: odié a la madre por estar tan delgada teniendo un retoño de esa edad. Lo siento, pero da mucha rabia ver mujeres en pleno postparto con una figura sin señal alguna de embarazo reciente. Esto debería estar prohibido para preservar la autoestima de las madres cuyo cuerpo va a tardar más de 9 meses a volver a ser lo que era antes (si algún día llega a ser igual, yo a mi entrenadora le he dicho que quiero que mi cuerpo sea mejor que antes, me podéis llamar optimista si queréis).

Ser madre me ha convertido en alguien a quien me cuesta reconocer. A veces me sorprendo cuando mi madre coge a mi hija y camina con ella en brazos como si fuera un saco de patatas y pienso “Mamá, ¡joder! que lo que llevas ahí es mi heredera, no una pelota de rugby”. Pero mi madre ha criado a tres niños con éxito y los tres hemos sobrevivido, así que intento sacarle hierro a la asunto; seguro que de niños sabe ella más que yo. Lo que no me explico es como hemos sobrevivido con mi padre. Supervivencia pura, supongo, el ser humano está diseñado para sobrevivir a pesar de tener padres despistados. Sin embargo me cuesta entender como las madres (en general, no la mía que se guarda mucho de decirme nada) son capaces de dar consejos como si fueran expertas. Tener un niño no te convierte en especialista, yo llevo una L de novata tan grande que puede llegar a doblarme el cuello. Cada niño es un mundo y probablemente a la persona que te está escuchando no necesita tus consejos en plan “yo sé más que tu porque ya soy madre”, sino simplemente quiere desahogarse.

El desahogo es importante. Está bien asumir que no puedes con todo. Esta bien decir que estás hasta los cojones de algo. Porque con una bebé todo parece que es más intenso y dramático (súmele encima tu tendencia innata a ser una drama queen por definición), sin una válvula de escape las posibilidades de estallar son muy altas. Yo llevo 4 meses imaginándome como una olla a presión hirviendo.

Yo antes tenia aficiones, lo digo en serio, me encantaban los restaurantes caros, pasar el día en Barcelona e ir al teatro. En realidad lo que me gustaba era salir de casa, en exceso. Hoy puedo decir que mi pasatiempo favorito es ver como mi gremlin se echa siestas a lo rollo koala encima de mi pecho. Es casi tan intenso como una obra de teatro en el TNC, solo que las siestas son gratis y van sin IVA. Jamás hubiera pensado que me apetecería tanto estar en casa. De hecho el plan para salir y separarme de ella tiene que compensarme y mucho, sino directamente digo que no puedo, que no me apetece o que la niña hoy tiene un mal día (sin quererlo se ha convertido en la excusa más rápida y efectiva. Y si alguien la cuestiona, pues la verdad es que tampoco me importa mucho).

Ser madre se ha convertido en mi trabajo favorito, y el que sorprendentemente hago mejor. Esto me hace pensar que quizás he sido una incompetente en los otros trabajos, porque estoy segura que este no lo hago tan bien (al menos no lo hago tan bien como el padre que tiene una paciencia infinita cuando la bebé no puede dormir y, en vez de intentar racionalizar con ella como hago yo, la acuna y la mece hasta que se duerme). Ojalá pudiera ser solo eso, ser mamá, sin importar el resto, me gustaría tener tiempo infinito y regalárselo a ella. Como por desgracia esto no es así valoro el tiempo más que antes. Así de rápido te cambia el cerebro al parir, tus prioridades y tu vida en general.

Sé que me vida no volverá a ser como antes. Mi experiencia vital postbebé me ha cambiado. Ahora mismo los niños me encantan (pero creo que solo mi hija y mis sobrinos, así que quizás sigo siendo la misma persona). Quizá por la pandemia o por la maternidad, o por una combinación de ambas, me gusta más que nunca estar en casa. Me he hecho un master en YouTube con Super simple songs, me paso el día cantado Incy Wincy Spider y Arlet se descojona, me invento historias con los peluches (que obviamente todos tienen nombre muy a Los Miserables: elefantine, león Marius, la rana Cossete y el dudú Jan Valjean. Si no sabes lo que es un dudú no te preocupes, significa que no tienes hijos, ya lo aprenderás algún día). Mi hija me mira como si yo fuera la persona más divertida del planeta. Y esto no hay obra de teatro ni Celler de Can Roca que lo supere.

Gente normal. Sally Rooney

“… No conseguía entender cómo había ocurrido, cómo había dejado que la conversación se le escapase de las manos de esa manera…”

Gente normal es un libro que engancha por ser tan normal. La historia de Marianne y Connell es turbia, extraña, dilatada en los años e intensa. Es de esas historias que no sabes si los protagonistas acabarán por abandonarse o quererse para siempre. Un relato de amor que debe pasar por las diferentes etapas de la infancia, juventud y madurez mientras los protagonistas crecen tanto por separado como juntos.

Por un lado, Connell me ha parecido un personaje con pocas entrañas, de esas personas que no les iría mal recibir un par de hostias para que la sangre le hierva un poco. Es bastante tibio, pero entrañable. Por otro lado, hay capítulos en los que Marianne me ha caído realmente mal: es un personaje complejo psicológicamente que cree que, por hecho de ser quien es, se merece que los hombres la desprecien, tiene muy poca autoestima y un punto autodestructivo. Ambos tienen un complejo de inferioridad que a cualquier terapeuta le encantaría poder tratar.

Con un lenguaje sencillo y una trama cronológica y estructurada de manera simple, Gente normal es un libro que se lee rápido. No es solo una historia de amor, es la psicología de dos personajes cuyas personalidades se acercan y se alejan en lo que transcurre el tiempo. Es una obra que recomendaría a alguien que busque algo ágil pero con cierto grado de profundidad, unas líneas para sentirse identificado y poder empatizar con los personajes.

Hay pasajes en la novela, situaciones, que podrían haberle pasado a cualquiera. La frase que introduce esta entrada, por ejemplo, es parte de una página que describe cómo podemos iniciar una conversación y cagarla, no se sabe muy bien cómo, y que resulte que la situación se acabe torciendo tanto que las consecuencias no te las podías ni imaginar antes de empezar a hablar.

Creo que es un libro que puede gustar a diferentes edades. De hecho, cuando lo leí pensé en Marina, mi post-millennial favorita a la que estoy introduciendo al mundo de la buena literatura (la última vez le dejé Faulker, Safier y Gabriel García Márquez, porque tiene mucho que aprender y tiene que leer de todo. Estoy a un paso de dejarle Tolstoi), pero también pensé en Natalia que no necesita que yo le enseñe nada y ya pasa de los 30, probablemente incluso podría recomendárselo a mi madre porque creo que es un libro sin edad: que lo disfrutes dependerá más del momento vital que no de tu madurez.

En él encontrarás una gran historia, de esas que duran años, de gente que engancha, con un punto justo de purpurina al estilo de “No soy una persona religiosa, pero a veces pienso que Dios te hizo para mí”, pero tampoco sin vomitar demasiado romanticismo, solo con el necesario para disfrutar de un buen rato literario.

A mí no me pasará

Al entrar he mirado qué marca de café utilizan porque un buen café depende de tres factores cruciales: la calidad de la máquina, la calidad del café y la maña que tenga quien te lo va a servir. Una vez certificada la marca y la máquina solo queda dejar al destino que el/la camarero/a te lo haga como toca. Me he quedado un segundo observando en la puerta, he visto como la camarera presionaba bien el soporte del filtro y justo antes de encajarlo en la máquina ha cerrado los ojos y ha olido el café. Buena señal, respeta el ritual, así que me he sentado en la mesa de la esquina, la más alejada de la puerta para que no me molesten, y he pedido una taza de café largo (pero no me pongas agua, ¿eh? Hazme un café cargado) y he sacado el e-book. García Márquez se merece el mejor ambiente y el mejor café.

Ella ha llegado tres o cuatro minutos más tarde. Es como diez años mayor que yo. Tiene una presencia inquisitiva, imponente. Ha entrado como si el local fuera suyo. Llevaba un bolso perfectamente combinado con el resto de sus accesorios y un vestido de vuelo de esos que parecen tan caros. Me he preguntado si la ropa interior también se la ha puesto a conjunto. Seguro que sí, parecía una de esas mujeres que lo tiene todo planificado. Se ha parado unos segundos en la puerta y ha mirado a la camarera, que preparaba mi café. Era como si evaluara el local para decidir si el café estaba a su nivel. Me ha parecido una de esas persona que succiona la energía de todo aquel que se cruza en su camino, como si en el mundo la importante solo fuera ella. Se ha sentado en la mesa de al lado y, sin ni siquiera darme los buenos días, ha sacado un libro del bolso y se ha puesto a leer. Seguro que es una snob, he pensado, de estas que leen superventas y escogen un libro por la portada.

Parece una tía arrogante, de esas personas que te hacen sentir ridícula a su lado. Un carácter fuerte. La gente dice que yo también lo tengo, pero ella parece mucho más fuerte que yo. Ha levantado la vista cuando ha entrado otra chica, con los labios rojos, parecía de esas personas que se pasan horas delante el espejo. Al sentarse no se han dado dos besos y daba la sensación que ambas luchaban por consumir la energía de la otra. Me ha recordado mucho a la relación que tengo yo con Sara: una especie de amor-odio, una carrera hacia quién de las dos es la más popular en todo. Pero a diferencia de estas dos chicas, Sara y yo siempre nos damos dos besos al vernos.
–¿Qué lees, Raquel?– ni siquiera le ha dicho hola.
–Un libro sobre el incendio de la biblioteca de Los Ángeles en 1986. Pero me está poniendo un poco triste– ha respondido la tal Raquel con una voz que no cuadraba con su apariencia, una voz dulce y tímida. ¡Qué tema tan turbio y poco comercial! A lo mejor me he equivocado y soy yo la que ha juzgado un libro por su portada
–Eres un poco freak, ¿lo sabes, no? Parece un poco tostón, ¿tiene serie en Netflix?
–Susana, hija, a tu edad ya deberías aprender a tener suficiente concentración para leerte un libro de principio a fin. Sigo sin entender cómo hemos conseguido seguir siendo amigas hasta los 33, no coincidimos en nada, en el cole teníamos más en común.

He sonreído detrás del libro, realmente parecían la noche y el día. La tal Raquel se mueve como si fuera la dueña del sitio, de su vida, como si estuviera por encima del resto de los mortales. En cambio la tal Susana parece un poco más dócil, más preocupada por agradar que por conquistar. Entre ellas hay una tensión invisible constante, como si compitieran por un trofeo inexistente.

–¿No te pasa que a veces lees un libro y te acuerdas de alguien a quien te gustaría recomendárselo?
–No lo sé, Raquel, quizá si leyera algún libro me pasaría pero… no. Supongo que no te habrá hecho pensar en mi, ¿verdad?
–Sabes de sobra que pensaba en Covi, tratándose de un libro sobre una biblioteca. Hace tanto tiempo que no hablamos con ella que no sé, pero de repente me ha dado pena no poder decirle que le encantaría este libro.
–¡Bah! Es ella la que decidió irse, para mi ni siquiera es una amiga ya, es una extraña, no sé qué le contaría ahora si quedáramos con ella, hace más de medio año que se fue, creo que ni siquiera recuerdo su cara.
–¿Cómo puedes decir eso? A Covi la conocíamos desde… ya ni siquiera me acuerdo cuánto tiempo hace.
–¿Y qué? El tiempo no es lo importante, Raquel, lo importante es quién se queda al cabo de los años, quizá tengas mas cosas en común con alguien que acabas de conocer que con alguien que conociste en la adolescencia. La gente evoluciona, tu deberías hacer lo mismo. Olvídate de Covi, ella tiene su vida y tú, la tuya.

Las he mirado de reojo. Susana habla de esta tal Covi con un tono de desprecio sorprendente. ¿Cómo puede ser tan cínica? Si algún día fueron amigas algo de aprecio le debería quedar. Espero que no sea por la edad, me veo un poco reflejada en Raquel, pero a diferencia de ella, para mí mis amigas son imprescindibles.

–El otro día la vi, en la cafetería de antes – Raquel lo ha dicho como si fuera un secreto, como si esperara que la reacción de su amiga fuera un volcán a punto de erupcionar –No hablé con ella, eh… yo… estaba en la terraza y entré para ir al baño y entonces la vi ahí con el ordenador, muy concentrada.
–Pero, a ver, para ir al baño seguro que pasaste cerca de ella,¿no?
–Sí, pero ya te digo, debía estar corrigiendo exámenes, ya sabes como se ponía de seria, podría haber estallado una bomba en la calle y ella no se hubiera ni inmutado.
–Le podrías haber dicho algo, Raquel, tampoco es que nos hiciera nada, no sé, un día simplemente dejó de venir y ya.
–Supongo que no le dije nada porque para mí es como si me hubiera traicionado y si la hubiera saludado, tampoco hubiera sabido qué decirle.
–Seguro que tenías un montón de cosas que decirle, tú y ella teníais una conexión especial, erais muy amigas.
–Pues, no sé, Susana, quizá porque me cuesta aceptar que ahora simplemente tiene otra vida, que nos hemos hecho mayores y lo que teníamos antes ya no le interesa.
–En el fondo te entiendo, yo creo que si me la encontrara también haría ver que no la veo y ya está. Pero en el fondo también la echo mucho de menos.
–Qué mierda hacerse mayor, ¿no? – ha dicho Susana mientras ha hecho un gesto la camarera para pagar.
–Y pensar que a los veinte creímos que después de tantos años de conocernos, seríamos amigas para siempre, que superada la infancia y la adolescencia nada nos podría separar. Y por cierto, yo no me hago mayor, pequeño saltamontes, yo me hago mejor.

Se han ido, y me han dejado un rastro de angustia que no he sabido gestionar. ¿Y si es verdad? ¿Y si hacerse mayor es perder la gente que tengo ahora? Había algo en esa chica, en la segura de si misma, que me ha hecho pensar en mí, como un aire, un presagio. Hay cosas de ella que me han gustado pero otras que me han generado un poco de aversión. No sabría decir si la conociera si me caería bien o mal. Quizás jamás congeniaríamos, porque yo también tengo carácter. La he visto como un reflejo, parecía dolida y triste, muy triste. Yo no sé que haría sin mi mejor amiga, hace tanto que nos conocemos que no concibo que un día simplemente ya no esté aquí.

Al tener este pensamiento me ha dado un pinchazo en el corazón. He dejado el libro y
la he llamado. Jamás le he recomendado Cien años de soledad, ya va siendo hora que se lo lea.

Nosotras tenemos algo especial, una relación diferente.
A nosotras no nos pasará.
A mí no me pasará.

Relatos confinados: Y el mundo cambió…

Entré en el hospital siendo Phoebe Buffay de Friends y salí convertida en Rick Grimes en Walking Dead. Mi hija Arlet nació el 12 de marzo de 2020 y salimos del hospital el 18 de marzo. Por si acaso, guardé el periódico de ese día, porque estoy segura que si le cuento esta historia cuando sea mayor va a pensar que estoy senil y yo no quiero olvidar ninguna de las lágrimas de impotencia que derramé esos días.

El 13 de marzo, mientras yo aún seguía con las hormonas puestas, mis ojeras y un moño enredado en el pelo, el gobierno anunció el estado de alarma. Nadie lo vio venir. Recuerdo interrogar a mi marido con la mirada y él contestarme con su sonrisa de optimista en plan “todo irá bien”. Maldita frase esta de “ todo irá bien”. No, nada estaba bien, pero yo aún no me había dado cuenta porque vivíamos en una burbuja con vistas a la calle más transitada de la ciudad, que permaneció demasiado desierta durante el fin de semana. Y mi burbuja estalló el lunes cuando me dijeron que mi bebé tenía que seguir ingresada (por algo que por suerte no tenía nada que ver con el coronabicho y no era grave) y por lo tanto no nos podíamos ir a casa: nos tuvimos que quedar ingresados y confinados.

Al darme el alta a mí, la doctora me dijo que si me apetecía podía ir a tomarme un café. justo después de decirlo aguantó la respiración y rectificó: mejor no salgas de aquí. En ese momento me pareció una exagerada. Decidí salir a buscar comida para mi marido, porque me apetecía respirar aire fresco y caminar. Obviamente hay muchas cosas que no te cuentan del postparto, como el terrible efecto de la gravedad la primera vez que te pones de pie después de dar a luz, pero hay cosas que una madre primeriza no debería vivir: el bofetón de realidad de salir del hospital y ver una calle desolada a las 12 de la mañana de un día laborable. De repente me faltó el aire y la voz y me fijé que los pocos transeúntes que caminaban por las aceras parecían trapecistas en la cuerda floja esquivando a cualquier persona que se cruzaban, porque todos éramos sospechosos de llevar una arma de destrucción masiva en el interior.

Cuando entré en el super me invadió el pánico. El silencio era tan pesado que costaba respirar, el cansancio me nublaba el juicio (no, tampoco te cuentan que en el postparto más inmediato caminar 200 metros es como correr una maratón) y la tensión de no tocar nada innecesario me creó un estrés que tardé horas en olvidar. Recuerdo, como si fuera hoy, escuchar mis propios pasos en el asfalto mientras me aguantaba las ganas de llorar. Mi vida había cambiado, sí, pero resultaba que el mundo también.

El virus me robó en un pispás mis primeros meses de maternidad donde yo tendría que haber estado tomando café mirando el mar, presumiendo de retoño y escondiendo mis quilos de más bajo un nuevo outfit de primavera verano conjuntado con toda la ropita perfecta que había preparado para Arlet y sus primeros meses de vida (ropa que dicho sea de paso, nunca nadie, excepto mi marido y yo, pudo ver y alabar). El virus también me robó el primer encuentro con mi madre, para mostrarle el ser tan perfecto que he creado, su lagrimilla recorriéndole la mejilla y achuchando a mi hija mientras yo hubiera hecho esfuerzos para pedirle que no la estruje así, que me la rompe. El dichoso virus me robo que mis sobrinos entraran en la habitación del hospital intentando ser silenciosos, que el mayor le cogiera el dedito con sus delicadas manos y que a la prima pequeña le diera un poquito de celos por haberla destronado de su bien interpretado papel de la pequeña de la casa. El virus me robó que mi padre estuviera ahí y me fuera a buscar un bocadillo de jamón (del bueno ¿eh? Papá, no me seas tacaño) y un café con doble de cafeína y que mi hermana me trajera todo lo que no pude comer durante el embarazo.

Nadie lo vio venir, nadie, porque esto se suponía que era una gripe, porque hasta ese día la coronavirus era solo un bicho asiático que los descuidados italianos contrajeron sin saber muy bien cómo . Pues llegó, llegó como llegó mi hija: con mucho llanto a su paso y dolor, un dolor mucho más intenso que una contracción, un terrible dolor que se nos aferró a las entrañas y ya nunca nos soltará.

Los ángeles de hielo. Toni Hill

Este es un libro ideal para un domingo de lluvia y confinamiento. Es fácil, rápido y sin complicaciones. Altamente recomendable para un light reading en toda regla.

Los ángeles del hielo es una historia que transcurre entre dos tiempos, dos épocas muy diferenciadas: el pasado y el presente. Por un lado tenemos la historia que ocurrió hace años, lo que pasó en el internado, y por otro tenemos los crímenes de hoy cuya clave se encuentra en las historias del pasado.

Esta es una historia fácil de seguir con un punto oscuro inquietante que recuerda, en estilo, un poco a La sombra del viento. El autor nos deleita con una trama intrigante y digna de una buena novela negra. He de decir que no soy muy fan de este tipo de novelas porque es difícil sorprenderme, pero en este caso en ningún momento me he imaginado el final.

Sin duda esta es una de las novelas que hoy recomiendo a todos esos amigos que les gusta leer pero que no tienen mucho tiempo y no quieren pensar mucho. Es para aquellos que les apetece aislarse un ratito de estos tiempos que corren sin hacer mucho esfuerzo mental, solo por el placer de leer.

Relatos Confinados: Sonreír en un clic

Abre los ojos y, por un instante, casi olvida qué día es hoy. Se levanta y mira por la ventana. La calle está tan tenebrosamente vacía que a Lidia se le escapa una lágrima.

Alcanza a ver el campanario a lo lejos, dando las horas.

Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Siempre ha sido madrugadora. Ahora lo es por obligación; si quiere tener un momento para ella, solo le queda dejar de dormir. Él sigue durmiendo, con ese sueño profundo que los hombres no pierden con la paternidad. Mira la cuna y aguanta la respiración; si le despierta ya no tendrá su momento de calma.

Vuelve la vista a través de la ventana, le parece que clarea, o quizá solo son sus ganas de ver luz. Si hoy hubiese sido un día normal, su rutina habría sido distinta. Se habría levantado pronto, silenciosamente para no despertarlos, y se habría tomado el primer café mirando la ventana pero sin llorar. Se habría vestido con ropa cómoda, habría cogido el libro que estaba leyendo y lo habría metido con sigilo en el bolso, sin encender ninguna luz, y habría salido de puntillas, con los zapatos en la mano y cerrando la puerta con una pequeña expresión facial de suspense, asegurándose que ninguno de los dos abría los ojos.

Si hoy hubiese sido un día normal, en la escalera habría respirado tranquila mientras bajaba rápido para llegar al rellano. Habría caminado unos 15 minutos para llegar a esa cafetería donde el café es tan bueno y se habría sentado a leer mientras se tomaba un segundo café, saboreando las páginas sin prisa, con su sabor dulzón de una cucharadita de más de azúcar y el amargo de terminar un libro que le enamoró y se resistía a terminar.

Si hoy hubiese sido un día normal, la ciudad habría despertado poco a poco, con su olor a flores y literatura. De camino a casa, Lidia habría saludado a su librera, que le habría devuelto el saludo con un gesto de felicidad estresada por el gran día. Lidia no alcanza a entender cómo la gente compra libros en Amazon, todo el mundo debería tener una librera (o librero) de confianza, alguien experto en biblioterapia sin haber estudiado, alguien que con solo entrar en la librería pueda decirte, según tu estado de ánimo, qué libro te va a ayudar. Su librera es así: tan especial, observadora, es como su terapeuta emocional, solo que en vez de hacer terapia le vende libros.

Si hoy hubiese sido un día normal, con su saludo de primera hora de la mañana, la librera le habría alargado un paquete, como si de contrabando se tratara. Era su regalo de Sant Jordi, envuelto con una cinta roja y una tarjeta escrita con caligrafía impecable. Su primer libro del día, el primero de varios. Le habría quedado el regalo de su marido, que siempre escogía algo que después pudiera leer él, más que algo que le pudiera gustar a ella. Y luego le quedarían sus autoregalos. Estos no tenían límite, tenía una partida presupuestaria anual especial para el día de Sant Jordi. Los habría comprado con una videollamada a Sara en tiempo real, mientras se enseñaban las portadas y comentaban con falsa modestia lo poco que habían leído en la vida y lo mucho que les quedaba por descubrir. Sara es su otra biblioterapeuta, hace tiempo que los libros de Lidia dejaron de ser solo suyos y pasaron a ser de las dos. Tienen, como a ellas les gusta llamarla, su biblioteca compartida.

Si hubiera sido un día normal, al llegar a casa él le habría dado los buenos días, mientras con una mano le alargaba una rosa recién cortada del rosal y con la otra aguantaba a su bebé que ya no era tan bebé. Le habría dado un beso y le habría dejado la ducha libre para que ella se pudiera preparar para ir a trabajar. Por la tarde, los tres juntos habrían paseado entre las paradas del centro y escogerían, junto con Sara a través de la pantalla, todos los libros que se habrían llevado a casa.

Recuerda su rutina desde la ventana, porque hoy no va a poder hacer nada de eso. Llevan 42 días sin salir de casa. 42 días han dado, con un niño de 2 años y pico, para desarrollar mucha imaginación y leer todos los libros que tenían acumulados. ¡Puto virus! Nadie iba a pensar que el Covid-19, que en diciembre parecía algo tan lejano, un simple virus asiático, iba a joderles el Sant Jordi. Pues sí, se lo jodió. Sin embargo, no piensa dejar que este día deje de ser especial. No habrá paradas de libros ni las conversaciones con la librera, ni con Sara, pero va a tener sí o sí su cena especial.

Él le había dicho que si tanto echaba de menos los libros, se comprará alguno en Amazon. A veces Lidia piensa que no la conoce nada. Jamás había comprado un libro en Amazon y no iba a hacerlo ahora, su librería abrirá en cualquier momento, aunque sea en julio, y entonces los comprará ahí. Sin embargo espera que él no piense lo mismo y tenga un detalle con ella. Lidia va a encargar una cena especial en su restaurante favorito, el restaurante al que hubieran ido si no estuvieran confinados y hartos de verse las caras. Por lo menos espera que él sí que haya comprado un libro por Amazon.

Pero las horas pasan y hoy no hay rastro de la rosa recién cortada, ni ningún signo de un paquete marrón en la puerta. Así que a medida que pasa el día, Lidia pierde la esperanza de que hoy no sea un día distinto a los 42 que han vivido estos días. Está agotada, agotada de jugar con su hijo, agotada de no tener sus momentos, agotada de vivir en el día de la marmota, agotada de teletrabajar, agotada de no tomarse su segundo café. Agotada de estar agotada

Al atardecer él parece haberse olvidado que hoy es hoy. Lidia se arrepiente ahora de haber encargado la cena, que pagará con su tarjeta y no con la de la cuenta conjunta, porque le parece que ya no les queda nada que celebrar.

Entonces pasa lo que lleva todo el día esperando. Suena el timbre y al otro lado del interfono el repartidor le anuncia que tiene un paquete para ella. A Lidia le brillan los ojos y se emociona mientras dice un “gracias, cariño” al que él contesta con una mirada que ella no sabe descifrar.

Al final él sí que compró en Amazon, será un pequeño secreto que le esconderá a su librera para no herir sus sentimientos. Desde el sofá él parece fingir que no sabe qué pasa. Siempre ha sido un mal actor, piensa ella.

Pero al abrir el paquete y descubrir el libro que perdió hace años, antes de conocer a su marido, sabe que no es un mal actor, realmente no ha sido él.

“¿Sabes que Amazon tiene una opción de comprar en un clic? Pues en un clic encontré La niña del vestido rojo, ese libro que dejaste a alguien y que nunca volvió. En un Sant Jordi tan apocalíptico, espero haberte traído una sonrisa en un solo clic. Sé que este es tu primer Amazon, pero ya sabes que situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. No me lo tengas en cuenta, yo a tu librera no se lo voy a contar 😉 Te quiero. Sara”

Ella abraza el libro, como si abrazara el tiempo que está estancado y se da cuenta que aunque no haya sido él, por lo menos ha tenido su Sant Jordi especial.

Entonces llega la cena, con tápers reutilizables y olores familiares. Mientras él pone la mesa, Lidia piensa que es curioso que Amazon haya salvado su día, su primer Amazon le ha regalado una sonrisa con un solo clic.

Síndrome de Obligación Permanente

No fumes. No bebas. No comas gluten.
Haz deporte. Come sano. Duerme ocho horas.

¿Mi preferida?

Baja de peso.

Porque te gusta estar gorda, está claro.
Vas al médico y descubres por fin porque lo que comes no refleja quién eres. Es una frase genial esto de “eres lo que comes”. No todo es verdad o mentira. A veces hay otros factores. Entonces la ginecóloga te dice que bajar de peso te iría bien. La misma ginecóloga que te ha dicho que tus ovarios son inútiles, que tienes un problema hormonal, resistencia a la insulina y todas esas cosas que significan tener Síndrome de Ovarios Poliquísticos (SOP). Esta misma persona te pide que bajes peso con una dieta hipocalórica sin ningún tipo de indicación. Si tienes SOP sabes que esto no sirve, de hecho bajar de peso puede llegar a ser una puta odisea.

Hace tiempo que piensas que la vida ha dejado de estar bajo tu control. Es ella la que te controla a ti. “Y tú, ¿por qué aún no tienes hijos?” te preguntan. Y tú sonríes, hasta que un día vomitas la respuesta que siempre has querido verbalizar y nunca lo hiciste por educación. “Perdona, yo a ti no te pregunto sobre tu vida sexual, ¿verdad? ¿por qué tú a mí sí?” Y dejas a tu interlocutor boquiabierto incapaz de responder nada que no sea un “hasta luego” y alejarse corriendo. Entonces reflexionas y llegas a la conclusión que esto de decir lo que piensas, en el fondo no está tan mal.

En realidad contestas esto para esconder que te gustaría darles una fecha concreta, pero te sabe mal: no la sabes. Y déjame que te diga algo; a cierta edad todo el mundo se cree con el derecho de preguntarte estas cosas, no hace falta que te sorprendas.

Las enfermedades o síndromes no deberían definirnos. Si nos definieran diríamos “ soy SOP” y no “tengo SOP”. Las enfermedades se tienen, no se son. Es una cuestión de semántica básica; la lengua en su sentido literal no nos acusa, la sociedad sí. Sin embargo, al final la realidad es que te miran con esas cara de “ya eres mayor, se te va a pasar el arroz” y te juzgan por ser la hermana mayor que no tiene hijos. Pues mira yo con tu arroz me hago una paella, y de las buenas ¿eh? No de esas que llevan guisantes, hombre, ¡por favor!

El día que supiste que tenías (y no que eres) SOP también te informaron que tienes útero retroverso. ¿Quién mierdas se inventa estas palabras? ¡Son insultantes! Creo que tus padres no estaban inspirados el día que te concibieron, se debieron equivocar de posición, pero tampoco es su culpa. En el fondo, da igual, no sirve de nada lamentarse. Combinar útero retroverso con SOP hacía que la maternidad fuera algo que, naturalmente y siendo optimista, reducía las posibilidades al … ¿1%? No lo sabes, nunca fuiste buena con los números.

Entonces vas al terapeuta, porque las cosas que no arregla la ciencia suelen arreglarse por otro lado y entonces descubres, porque tú obviamente no lo sabías (léase en tono irónico), que estás bloqueada en el sentido más literal de la palabra: tienes una contractura en la pared del útero. ¡Madre del amor hermoso! Si se lo cuentas a alguien fijo que te mira con cara de “y, ¿qué mal gesto has hecho para contracturarte ahí?” Sí, tú también te lo preguntas. En realidad, hace tiempo que dejaste de hacerte preguntas y asumiste que tu vida nunca fue normal.

Pero, por favor, volvamos a la contractura. Vas a la terapeuta del suelo pélvico (sí, hay terapeutas de eso, por mucho que parezca increíble) y resulta ser una bruja (pero no de las malas, sino de las buenas, de las que te dan ungüentos que curan) que te confirma el bloqueo y, manualmente (sí, manualmente, saca tus propias conclusiones), te descontractura eso. Asombrada, sales de la consulta con unos sentimientos que no sabes verbalizar. Entonces te empiezas a preguntar, porque no vamos a engañarnos no puedes huir de tu carácter preguntón: 1, ¿cómo te has hecho una contractura en el puto útero? y 2, ¿cómo puede ser que en el mundo haya mujeres que se drogan, se alimentan de McDonal’s y tienen un estilo de vida dudoso y, aun así, consiguen quedarse embarazadas, así por arte de magia? Y tú, que haces todo lo que dicen los manuales, no eres capaz de quedarte embarazada pero, en cambio, te contracturas la vagina. ¡Tiene cojones la cosa!

Sí, racionalmente no es que no seas capaz, pero tienes un sentimiento que crece como un monstruo y muta durante el día. Te levantas pensando que hoy no vas a entrar en bucle, que hoy no lo pensarás. Vas a gimnasio, desayunas, sonríes. Todo controlado. Entonces hay el típico que te pregunta por tus sobrinos, tu contestas amablemente, porque adoras a tus sobrinos, y entonces, paaaam, la pregunta: ¿y cuando les darás un primito?. Entonces tu monstruo sale de la cueva, y como lleva toda la noche dormido, tiene hambre, hambre de ira y frustración. Te gustaría enviar a la puta mierda a esa persona, pero en vez de eso sonríes con un tímido “aún no es el momento”

Durante el día ves miles de señales que te recuerdan que el monstruo nunca se extinguirá. Ha llegado un punto que él tiene insomnio y juega contigo por la noche: dinamita tus sueños y tu descanso. Y a veces cuando todos duermen, tu monstruo baja la guardia y deja de ser culpa, porque la culpa es un sentimiento demasiado cristiano para ti, y se transforma, solo por un momento, en la esperanza que algún día alguien entienda que si nos dedicáramos solo a vivir, entonces las cosas fluirían. Mientras tanto sigues pensando que en la vida solo tienes obligaciones

No fumes. No bebas. No comas gluten.
Haz deporte. Come sano. Duerme ocho horas. Pierde peso.

Vive.

Reseña: Felicidad. Mary Lavin

Felicidad es un libro de esos que te invitan a subrayar sus frases. Tiene expresiones tan perfectas y vivas que es imposible que te pasen por alto. De todo aquello que me llamó la atención quiero destacar algo que parece muy lógico pero que nunca nadie había expresado de una manera tan precisa: “El amor no puede conservarse para siempre en tercera persona del pretérito perfecto”. Solo por este tipo de afirmaciones vale la pena hacer un paréntesis en la lectura de novelas largas y adentrarse en los relatos de Lavin.

El libro lleva el nombre del primero de los cinco relatos que lo componen. Las historias están ambientadas en Irlanda y explicadas de manera ágil y sencilla, sin grandes maniobras literarias ni aspavientos. Una vez más lo importante de lo relatos cortos no es qué pasa, sino el cómo pasa, cómo se desarrolla la acción y, aún más importante, cómo se cuenta. Y Lavin lo cuenta muy bien, describiendo situaciones del día a día con destreza y sigilo, usando las palabras justas y símiles perfectos. Por poner un ejemplo, la autora nos deleita con una descripción sublime de la solemnidad diciendo “Indiferente a todo, avanzó sola por el pasillo, como si fuera una novia” y por un momento cualquier lector se imagina la expresión de la cara, la manera de moverse, e incluso el paso y el tempo de esta persona que se pasea por la iglesia.

Sin duda es un libro que me llevaría a la playa para disfrutar de una tarde de verano, o lo abriría mientras espero en un café a cualquiera de mis amigas de esas que siempre llegan tarde. Porque este es uno de esos libros que te hacen sonreír de felicidad. Y según Lavin :
“La felicidad destierra el dolor, igual que el fuego consume el fuego”

Un Sant Jordi diferente

Hoy es un Sant Jordi diferente. Para mí normalmente es un día de fiesta donde mi único cometido es pasearme entre las paradas de libros de la Rambla y escoger los que me llevo a casa (que suelen ser muchos más de los que puedo leer en un año). Normalmente estos libros se quedan en la estantería de pendientes hasta que encuentro EL momento. Porque cada libro tiene su momento y su persona. Cuando leo suelo relacionar el texto con alguna persona que conozco a quien creo que le podría gustar. Suelo acertar; algunos dicen que tengo un don, yo creo que más bien es capacidad analítica. Muchos de mis amigos me piden que les recomiende lecturas y, antes de hacerlo, siempre les pregunto en qué momento vital se encuentran. A un libro puedes odiarlo o amarlo dependiendo de en qué momento lo lees. Hay que reconocer, también, que no todos los libros son para todo el mundo: debes encontrar el tuyo (o los tuyos, si eres como yo).

Debo confesar que he abandonado libros que he recuperado años después y se han acabado convirtiendo en algunos de mis favoritos. Escoger solo uno me cuesta, y mucho. Si tuviera que mencionar algunos libros o escritores que me hayan marcado por una razón o otra, la foto que encabeza este artículo sería una selección bastante representativa. Sin embargo, faltan muchos, muchísimos. Aquí te dejo los doce que he escogido:

  1. El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Quién me conoce sabe que lo he leído decenas de veces. Esta fue la historia con la que se inicio mi vena lectora y soñadora. Lo recomiendo una y otra vez a cualquier persona de cualquier edad aunque ya lo haya leído. Creo que cuanto mayor te haces más necesario es releerlo.
  2. Mientras escribo de Stephen King. He de reconocer que a mi Stephen King me deja más bien tibia. Fui incapaz de terminar It (aunque lo intenté y mucho), pero mi madre me regaló, hace muchísimos años, esta especie de autobiografía en un momento que dejé de escribir y para mí fue una revelación. Volví a cogerle el gusto al arte de narrar historias. Lo irónico es que fuera gracias a un autor del que nunca he conseguido terminar ninguna de sus novelas.
  3. Las nueve revelaciones de James Redfield. Este libro no me marcó por su calidad literaria, sino por quién me lo recomendó y por el momento que vivía cuando lo leí. Algunos dirán que es psicología barata, pero si te lo lees como una simple novela, su historia te puede atrapar.
  4. La dona del grill de Jordi Tiñena. Es uno de los poco libros que tengo firmados y dedicado por el autor. Lo guardo con mucho afecto porque representa una época de mi vida que recuerdo con mucho cariño. En esta obra, Jordi consigue atrapar al lector de una manera sublime, casi poética.
  5. De qué hablo cuando hablo de escribir de Haruki Murakami. No soy una incondicional de Murakami: no he leído todas sus novelas ni me ha gustado todo lo que ha escrito, pero tanto este como De qué hablo cuando hablo de correr me parecieron unas autobiografías muy inspiradoras. Aunque he de decir que de todos sus libros, mi favorito es Tokio Blues.
  6. Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Con este libro me pasa un poco lo mismo que con El Principito: no puedo ser imparcial. Este es el único recuerdo palpable que conservo de mi abuelo, lo guardo como un tesoro en un lugar especial de la estantería (un día, si eso, te explico cómo los clasifico, porque este tema merece un artículo aparte)
  7. Retrato del artista adolescente de James Joyce. Hay que leerlo sí o sí alguna vez en la vida, y creo que con una no es suficiente. También reconozco que leerlo en versión original es casi una obligación. Es pura magia.
  8. El alquimista de Paolo Coelho. Sé que Coelho puede parecer algo superficial y simple, pero El alquimista me pilló en un momento de mi vida bastante impresionable y me pareció una historia brutal. También te digo que los libros más recientes de este autor no me han gustado nada, me quedo con este y con Verónica decide morir.
  9. Invisible de Paul Auster. Con Auster tampoco puedo ser imparcial, creo que no me he leído nada suyo que no me haya parecido inmejorable. Pero Invisible es una obra relativamente poco conocida y me pareció que es la mejor de todas (obviamente espero que Brooklyn Follies y 4321 no se sientan ofendidos ante tal afirmación)
  10. Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Con este libro decidí que yo algún día escribiría una novela, aunque obviamente no le llegaría ni a la suela de los zapatos a esta gran obra de la literatura universal. García Márquez encendió algo en mí tan profundo que aún hoy recuerdo de memoria la primera frase de esta novela.
  11. El mundo de ayer de Stefan Zweig. Es curioso porque leo pocas autobiografías pero los libros que más abundan en esta lista son precisamente esto: autobiografías diferentes. El mundo de ayer fue el primer libro de Zweig. Tampoco soy fan incondicional, para qué engañarnos, pero esta obra me enganchó desde el primer momento y no la pude soltar. De hecho, me la leí en un día.
  12. Las cinco personas que encontrarás en el cielo de Mitch Albom. Mucha gente conoce Martes con el viejo profesor, una obra que yo me leí sin más. En cambio este libro me pareció diferente, fácil pero con un mensaje que vale la pena retener.

En esta lista no encontrarás Los miserables, lo sé, los echas de menos, mi estantería también, pero las dos veces que lo he leído lo cogí prestado de la biblioteca y hasta que no encuentre la edición perfecta, no lo compraré.

Estos libros y muchos más son los que me han marcado durante más de tres décadas. Seguro que tú tienes los tuyos 😉

Tiempo o Bibempo

“Aprovecha ahora, que cuando nazca la niña, no tendrás tiempo”

Esta fue la frase estrella durante el embarazo, combinada con otras de igual carácter apocalíptico. Iba acompañada normalmente de algo así como “aprovecha ahora para dormir” (esto ya lo comenté en la entrada anterior…), “¡Ui! Se acabó ir al teatro, leer o ver una serie tranquila”, o bien, una de mis favoritas: “Te cambiará la vida”. Por suerte el/la interlocutor/a solía tener el detalle de añadir algo así como “pero tener un hijo es lo más bonito que te ha pasado en la vida.”

¡Anda ya!… ¡No te jode! Claro que te cambia la vida, faltaría más: te cambia la vida, la piel, el olor, el cuerpo y hasta el cerebro. Leí que el cerebro de una madre se empieza a transformar con solo con pensar en tener hijos. El mío no es que haya cambiado; se ha girado como el de un dóberman. Pues claro que cambia, cambia todo.

Y con ese cambio llega la transformación del tiempo. Has dejado de contar minutos y horas: ahora tu unidad temporal se mide con el tiempo que hay entre un biberón y otro. Y que no te engañen los que te dicen “bueno, si das biberón es más fácil, lo podéis compartir”. Sí, claro, pero tu bebé (alias gremlin) lleva nueve meses oliéndote y sintiéndote, ¿crees realmente que quiere al padre? No, pues claro que no, es un tema genético; los bebés hasta los tres años son de la madre, des biberón, teta o alcohol del duro en vena. Y el biberón, que no te engañen con esto, es a demanda, como el pecho. Con esto quiero decir que tu unidad temporal puede variar según le de el viento a la bebé: puede ser media hora o seis horas, depende del día, del momento y de un montón de factores que el cerebro humano no logra entender, o por lo menos el mío.

Bien, tenías razón: ha nacido el gremlin y no tengo tiempo. El concepto tiempo se ha transformado en algo distinto. La definición ha cambiado, se ha modificado, pero no se ha autodestruido. Vamos a llamarlo “bibempo” por el tiempo que pasa entre biberón y biberón. No tienes tiempo, tienes “bibempo”. Es un mal juego de palabras, lo sé, pero es lo que hay, mis neuronas no dan pa’ más.

La cuestión es que el tiempo no desaparece sino que debes planificar en qué lo inviertes. A mi me funcionan las rutinas, entiendo que un bebé no cabe en una hoja de Excel, debes ser flexible. Más que flexible, debes ser capaz de sobrevivir al caos y ser más adaptable que el agua. Fluye, que esto está muy de moda. Yo lo intento todos los días.

Aquí te dejo mi rutina, la que me ha salvado de la locura de creer que lo único que hago es dar biberones y cambiar pañales:

  1. Antes de las 11 de la mañana. Bajar a la cocina y desayunar. Esto parece una chorrada, pero ¿te puedes creer que es el objetivo que más me cuesta? Entre que la bebé se despierta, le doy el biberón, se lo toma (solo son 150 ml, ¿en serio necesitas media hora?), le cambio el pañal, vuelve a llorar, ¡joder! se ha cagado, ¡mierda! se ha meado toda la ropa mientras la cambiaba, llora porque está mojada, vuelvo a escoger conjunto, etc. Ale, ¡a la mierda! ya te ha pasado el primer “bibempo”, toca el segundo biberón. Y tú ni te has tomado tu primer café, claro…
  2. De 11 a 12. Pasear con la nena metida en el fular por el jardín. Ahora es el jardín, porque no podemos salir de casa (algún día tengo que hablar de esto), pero bueno, me vale cualquier cosa.
  3. De 12 a 13. Escribir algo, lo que sea, que sea publicable en el blog: un relato, o una idea para un relato, una reseña, una reflexión. A veces tengo que hacerlo con una mano, porque como el padre está trabajando (y, aceptémoslo, él es un amor y muchas cosas más, pero hacer dos cosas a la vez suele terminar en drama). Si la bebé llora, con la mano izquierda la acuno y con la derecha escribo en el teclado. Me he vuelto sorprendentemente ágil y rápida, debe ser uno de esos superpoderes que te aparecen cuando te conviertes en madre.
  4. De 13 a 16. Finalización del tercer o cuarto “bibempo” (depende del hambre que la gremlin tenga ese día). Dar de comer a la bebé e intentar comer tu. Y ahora te preguntarás ¿cuándo haces la comida tú? ¿Has oído hablar del batchcooking? Otro día te lo explico. ¿Necesitas tres horas para eso? Sí, como ya te he dicho, la clave de aprovechar el “bibempo” es la flexibilidad, pero sobretodo es ser realista: date márgenes anchos.
  5. De 16 a 18. Aprovechar este “bibempo” para hacer lo que te dé la gana. Probablemente ya has dado otro biberón y con suerte la nena duerme (en la cuna o encima de ti como si fuera un koala), con lo que aprovechamos o para dormir la siesta o para leer.
  6. De 18 a 19. Dedicar tiempo a la gremlin, porque suele estar despierta a esa hora. Hora libre que a veces incluye un biberón. Hora totalmente flexible para hacer juntos lo que nos apetezca, que solemos invertir en quedarnos embobados mientras nuestra hija nos sonríe o hace ruiditos nuevos y nos creemos que es superdotada.
  7. De 19 a 20. Dedicarme tiempo a mi misma sin interrupciones. Yo le llamo “hora mami” (me encanta porque he dejado de tener nombre propio, cuando hablo con médicos y enfermeras ahora soy “mami”). Esto significa: hacer los ejercicios de la fisio de suelo pélvico, cardio con la bici estática (si pudiera hacer más cosas, variaría un poco) y ducha con chapa y pintura. Si la ocasión lo requiere puedo incluso ponerme mascarilla en el rostro y dejarla actuar 15 minutos.
  8. De 20 a 21. Seguir la rutina de noche para la hora bebé: masaje, bañera, biberón peleón (el peor de todos: es ese que quiere comer, te llora, ahora te lo aparta, ahora lo quiere, tiene sueño, ahora tiene los ojos como un búho, etc.). Dependiendo de si la bebé está en actitud gremlin seco o gremlin mojado la hora bebé y la hora mami son intercambiables.
  9. De 21 a 11 de la mañana del día siguiente: CAOS.

No me pidas mucho más, esto es todo lo que he podido conseguir en 6 semanas. Una rutina de día. Ahora la leo y pienso…¿ y eso como será compatible con mi vida cuando yo empiece a trabajar? Pues no lo sé, pero antes le quedarán a Miguel 8 semanas de paternidad exclusiva más su lactancia. O sea que… en octubre ya me preocuparé de eso.

Por cierto, he de decir que tanto Miguel como yo solemos aprovechar el “bibempo” de siestas no programadas de la gremlin para leer. Creo que no habíamos leído nunca tanto. Yo antes leía mucho, pero no tanto como ahora. Esto de que el mundo se pare, tiene sus ventajas.