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Fragmento: Todo empieza con un libro de Faulkner

Este es un fragmento de un capítulo de mi novela Volver a empezar que narra la historia de Águeda, una chica que se ve obligada a reconstruir su vida y a enmendar los errores del pasado. La novela aún no la he publicado pero espero que algún día vea la luz 😀

Hay un hombre en una de las mesas que lee Winesburg, Ohaio. Águeda nunca ha oído hablar de este libro y siempre que ve a alguien que lee algo que no conoce, no puede evitar sentir curiosidad. Le mira y concluye que si rebobinara 15 años ese sería el tipo de hombre que se hubiera llevado a la cama un jueves de fiesta. Este era un patrón que se repetía constantemente por aquel entonces: un chico que se quedaba en la barra sin bailar, haciendo ver que aquello de las fiestas universitarias no iba con él, con chaqueta de cuero y semblante superior. Se lo imaginaba bebiendo Ballantine’s con Red Bull, porque en aquella época no estaba de moda aún el gin-tonic con pepino ni ninguna de estas cosas que cuando tenía veinte años le parecían pijadas.

Se lo imaginaba en la barra, con la misma actitud que ahora que está sentado en una terraza de la playa con ademán de “acabo de llegar”. Lee con las piernas cruzadas, ignorando el mundo. Entre el tipo de chico de la uni y este solo debe haber unos treinta años de diferencia.

Ya no quedan hombres que lean en los bares y, aún menos, hombres que lean libros que Águeda no conoce. ¿Qué habría hecho Águeda con veinte años? Le habría provocado sin piedad. ¿Qué hará ahora? Nada, ahora solo es un vago recuerdo de la energía de cuando era jovencita. Sin embargo no puede evitar acercársele, porque la única mesa vacía es la que está a su lado. En realidad la del hombre y la vacía son dos mesas demasiado juntas para decir que están separadas y demasiado separadas para decir que están juntas. Águeda decide que no están juntas y camina hacía él con paso firme y mirada desafiante. Él la ignora detrás del libro. Como en la uni. Normal: un tío demasiado interesante para dirigirte la palabra, Águeda. Pero ella ha jugado mil veces a este juego: en la barra de los locales, en la cafetería de la uni, en el trabajo, en la biblioteca y, en realidad, en cualquier sitio donde hubiera un hombre interesante. Y él es un hombre interesante y, además, ella nunca lo ha intentado en un bar de la playa.

De acuerdo, esta mañana se ha prometido que no caería en los errores del pasado, pero… ¿puede destruir treinta y pico años de historia en cinco días?

En la universidad, Águeda se le habría acercado y le habría invitado a “lo que sea que esté bebiendo este chico que no sabe bailar” y él hubiera rechazado la copa sin apartar la mirada del infinito, que era mucho más interesante que cualquier pija de la Pompeu Fabra. Sin embargo, Águeda no desistía, ponía los codos sobre la barra y decía:
— Pudiendo estar leyendo Faulker y aquí estamos, escuchando Shakira.
Entonces le sonreiría, se mordería el labio (el labio era la clave, nunca fallaba) y le dejaría la copa al lado para ir directa a la cabina del DJ para pedir alguna canción de Shakira. Se pondría a bailar, como si el mundo no existiera, como si solo bailara para él, sin mirarlo. Él tenía el tiempo de una canción para acercarse y preguntarle quién era Faulkner o para decirle que no habían leído nada suyo. Si no lo conocía, dependiendo de su estado etílico, le valdría para una noche.

Sorprendentemente, algunos sabían quién era Faulkner y cuando les preguntaba cuál era su libro favorito y contestaban Sartoris, ella ya se había bajado las bragas. Todo tan simple, tan superficial.

Superficial. Es una palabra que le duele y no quiere que la defina, pero lo piensa mientras mira los dedos de este hombre y se los imagina recorriéndole el cuerpo. Empieza a preocuparle que los hombres cada vez le gustan mayores. ¿Cuántos años puede tener? ¿Casi 50? Tiene un gran polvo, de una noche, y le adivina una V por debajo los tejanos.
Se le escapa una risa; recuerda que la primera vez que le contó a su hermana Nana qué significaba cuando un hombre tenía una V casi se mea de risa. Es esa forma de V que tienen los hombres que están en forma, le dijo, que les recorre el estómago siguiendo el camino hasta el hueso de la cadera, al lado de los abdominales, y que acaba justo encima del pubis. Y Nana no entendía por qué las V eran importantes, pero Águeda estaba demasiado ocupada para explicárselo.

Sí, este chico, este hombre, debe tener una V insultante. Por esto piensa que quizás no ha cambiado tanto desde la uni. Y entonces de fondo suena Shakira, su preferida. El karma y ella empiezan a entenderse: esto es claramente una señal.
—¿Qué tal es el libro? —le pregunta Águeda con una caída de ojos. Mordisco en el labio, esto no puede fallar.
Él levanta la vista y ni se inmuta. De acuerdo, un tío dificil, puede trabajar con esto.
—Como París era una fiesta —le contesta sin levantar la vista de las página.
¿Qué quiere decir con esto? ¿En estilo? París no tiene nada que ver con Ohaio. Debería haber mirado en Amazon la reseña del libro. De haberlo hecho, hubiera descubierto que el autor de Winesburg se había visto influenciado por Hemingway. Él ha cometido el error de subestimarla y dañarle el orgullo
—Tú, ¿qué lees? ¿Megan Maxwell?—le pregunta el hombre fingiendo interés.
Águeda le clava la mirada como para matarle. ¿La está insultando, o qué? ¿Tiene ella pinta de leer Megan Maxwell? ¡Joder! Nicholas Sparks aún, pero ¿Maxwell?
—Casi… Leo a Jean Valjean—si no sabía ni quién era el protagonista de Los miserables no le valdría ni para echar un polvo. Ella lo mira desafiante.
—¡Ahm! 24601, ¿eh?— entona él como un silbido.
Un momento, piensa Águeda, si se sabe de memoria el número de prisionero de Jean Valjean se merece hasta sexo oral. Sonrisa. Mordisco en el labio. Movimiento de cuello a la izquierda. El camarero interrumpe para preguntarle qué quiere.
—Una cerveza, gracias, que sea Estrella Damm —contesta Águeda. Si tiene que vivir en un anuncio de Formentera, como mínimo que sea con nombre propio.
—Yo la invito —dice él marcando territorio— Victor Hugo está bien, pero yo soy más del estilo de Faulkner ¿has leído algo suyo?
¿Está hablando en serio? Acaba de encontrar el único tío en el planeta que usa la misma estrategia que ella para ligar. ¿Está de coña?
—Brutal, Sartoris, ¿verdad? De mis top 10 —le contesta ella simulando que duda.
—Yo prefiero El ruido y la furia.
—No lo he leído—Águeda lo dice con vergüenza fingida, sabiendo que se le ve a la legua cuando miente.
—Te lo puedo dejar, no puedes ir por el mundo sin haber leído la mejor obra de Faulkner— lo dice mientras pide la cuenta.

Ha sido más fácil de lo que esperaba. Se acaba la cerveza mientras él le alarga el casco. Llegan al aparcamiento de la playa y a Águeda le da reparo decir que le dan miedo las motos. Él le explica que ir caminando es un palo, que todo es subida y que después la bajara al coche, pero que ahora no le apetece pasear. Cuando él arranca, ella se da cuenta que se ha olvidado de preguntarle cómo se llama. Pero para ella tampoco es una información esencial ahora mismo.

Relato: Terapia

Imagen de Peggy und Marco Lachmann-Anke por Pixabay

— Ana, ¿cuántas veces has ido a este restaurante? ¿Mil? ¿Cómo puede ser que te equivoques de salida?
— Va, Cris, que si doy otra vuelta te hago una ruta turística.
— Lo sabes que no puedes ir por aquí ¿verdad? Tienes que girar en el cambio de sentido que hay en la próxima salida.
— ¡No me jodas! Bueno, suerte que vamos con tiempo.
— Ana, ¡para!
— ¿Qué?
— ¡Joder! No pares aquí en medio, vuelve a girar la rotonda.
— Pero ¿qué te pasa ahora? —(casi me da un ataque al corazón)
— Había una mujer en ese descampado, parecía que pedía ayuda —(si no te hubieras equivocado de salida, no la habríamos visto; seguro que esto significa algo…)
— Ayudadme, por favor, ¡mi marido! Por favor, explícale al 061 dónde estamos, no consigo que me entiendan para que venga la ambulancia.
— Cálmese, tranquila, déme el teléfono, yo se lo explico. Ana, para el coche detrás del del señor que estamos en medio y provocaremos un accidente — (Joder, ¡Vaya Mercedes! Este coche debe costar como 100.000 euros) — ¿Sí? Hola, perdone, el señor ha parado el coche en la rotonda de la nacional, salida 33. No… Sí… no, no le conozco —(uf, ¿en serio? ¿Cómo voy a saber yo si está teniendo un ataque al corazón? No, no sé la edad del señor)— Ana, pregúntale la edad. ¿40? No, hombre no, la edad de la señora no, la del señor. 49. Si, 49. No… está consciente. Si… le duele el brazo izquierdo. A ver, yo creo que tiene un ataque de ansiedad: hormigueo, le cuesta respirar, corazón a mil, pero claro también podría ser un ataque al corazón no soy médico yo no sabría decirle.
— Si, Cris, parece un ataque de ansiedad— (Señora, ¿se ha planteado hacer alguna cosa útil a parte de llorar?)
— ¡Que todo el mundo se calme!— (A ver si recuerdo alguna técnica de relajación del curso de gestión de estrés, al final va ser verdad y me sirvió para algo. Este señor parece que está muy jodido)— ¿Cómo se llama?… Bien Joaquín, mírame a los ojos levanta la cabeza, muy bien, así— (Si me coges más fuerte la mano se me gangrenarán los dedos, ¡Ai!)— Ana, necesito una bolsa de plástico, tiene las manos agarrotadas— (Señora, siéntese me está poniendo nerviosa)— Venga, Joaquín, respira conmigo: inspira, cuenta hasta tres, espira contando hasta seis. Per-fec-to— (Me cago en todo, ¡mi mano! Me la vas a romper, ¿piensa llegar la ambulancia, ya? Yo no sé cuanto rato podré tenerlo calmado a este hombre, parece de verdad que se está muriendo)— No mires al suelo, mírame a mi, no pienses en lo que te ha pasado, tranquilo.— (¿Qué coño te ha pasado para que tuvieras que parar así de repente y ponerte como te has puesto?)— Señora, aguántele la bolsa que no se le separe de la boca.
— ¡No quiero que ella se me acerque!
— Vale, Joaquín, tranquilo. Ana, aguántale tú la bolsa— (Vete tú a saber lo que le ha hecho su mujer para que lleve este cabreo…)
— Tranquila señora, ya lo hago yo. —(Qué buen rollo se respira en esta familia)— Cris, ya oigo la ambulancia —(Suerte que ya vienen, este hombre está al borde de un ataque al corazón, no tengo tan claro que sea ansiedad)
— Venga, Joaquín, respira conmigo, ¿Cómo te encuentras? ¿Mejor? ¿No? ¿Dónde te duele ahora?
— Me duele el corazón.
— Es normal, Joaquín, has tenido un ataque de ansiedad, el corazón te va a mil ¿verdad?— (Ana, llévate un ratito a la mujer que me está poniendo nerviosa)
— No, lo tengo roto.
— Joaquín, no llores, mira la ambulancia ya está aquí —(¿En serio esto es por un desamor? Y yo soy la dramática, ¿sabes?)
— Mi amor, la ambulancia ya está aquí, dame la mano que te acompaño.
— ¡Ni se te ocurra tocarme!
—Está bien, Joaquín, ya te ayudamos nosotras. Ana, cógele del brazo— (¡Cuánto amor!)
— Venga mi amor, que ya vamos a ver el doctor, dame la mano.
— ¡Te he dicho que no me toques! A ver si piensas las cosas antes de hacerlas.
— Perdone, señora, antes de irnos, le recomiendo cerrar el coche y quitar los intermitentes. Estamos en un descampado, de hecho no creo que deba dejarlo aquí.
— Está bien. Ana, dile a la señora que coja el coche y yo me subo con Joaquín al la ambulancia — (¿En serio pensaba olvidarse del coche?)
— Es que yo no sé conducir esté coche, es de mi marido y es automático.
— Tranquila, ya se lo traigo yo al CAP, Ana, tú irás detrás y yo conduzco el coche de Joaquín —(Ya he conducido automáticos antes no puede ser tan difícil)— bueno nos vemos en el CAP
— Y ahora, Cris, ¿qué hacemos? ¿Tú sabes conducir esto?
— Fácil, Ana, es automático. Solo hay que poner la palanca a la D y ya está. ¿Dónde está la puta palanca?
— ¿Qué quieres decir con esto de dónde está la palanca?
— Joder pues que los coches automáticos tienen una palanca donde los coches normales tienen a caja de cambios. La R es para marcha atrás y a D para tirar hacía delante. ¿Dónde está la palanca? Y, ahora que lo veo, ¿dónde está el botón de freno de mano?
— Escucha, ¿tu ex no tenia un Mercedes?
— A ver, Ana, ¿crees que llamaré a mi ex, a quien dejé plantado en el altar el día de la boda, para preguntarle como se conduce su coche?
— Yo no conozco mucha gente más que tenga un coche de lujo como este, la verdad, Cris, estamos jodidas, a ver si éstos van a pensar que les hemos robado el coche.
— ¡Espera! Conozco a alguien más que podría saber de coches de estos! Dame mi móvil.
— ¿Conoces a otra persona con un coche así? ¿Soy la única persona que conoces que tiene un coche normalito?
— Tschhhh… ¿Arnau? ¿Cómo estás? Escucha, luego te cuento, pero me tendrías que explicar cómo se conduce tu coche. Si… todo bien… bueno resulta que tengo que mover un coche y no encuentro la palanca de cambios y es el mismo modelo que el tuyo… Aha… o sea las marchas están en el volante… si, ya las veo… hace un ruido raro el coche… hay un aviso que debo sacar el freno de mano… ¡ah! Está donde en mi coche esta lo de abrir el capó, ¡claro! Bueno ya está te dejo ¿eh?…Si, si ya hablaremos. Muchas gracias.
— No quiero empeorar la situación, Cris, pero le podrías haber preguntado como subir el respaldo, te va a ser muy complicado conducir con el respaldo tan inclinado, por cierto ¿quién es Arnau?
— ¡Mierda con el respaldo! Bueno, es igual, no voy a volverlo a llamar por esto. ¿Arnau? Ah! Nada, mi ex de la uni. No preguntes, solo hacía 10 años que no hablaba con él. Anda, ¡nos vamos!
— Vamos, todo tan normal…

— Joaquín, qué bien que ya te hayan atendido, ¿Cómo te encuentras? —(Te ha cambiado la cara, ¿eh?
— Hola, mucho mejor, muchas gracias.
— No llores, hombre, ya ha pasado — (Qué vulnerable que parece un hombre de su edad llorando)
— ¿Le puedes dar tu teléfono a mi mujer?
— Claro Joaquín, no te preocupes, mejórate.
— Dame un abrazo antes de irte.

— Cris, ¿te das cuenta de la suerte que ha tenido este señor de que paráramos nosotras y no dos milenials desentrenados en el arte de la ansiedad?
—Si, Ana. ¿Qué le ha debido pasar?
— ¿En serio me lo preguntas? ¿No tienes ninguna historia de la tuyas en cabeza? Me decepcionas.
— Si, la tengo, pero estaba esperando que me la preguntaras. Ella le ha puesto los cuernos con el jefe de él, se lo ha dicho mientras iban en el coche camino a su segunda residencia de lujo a pie de playa, ¿Qué te pasa? No me mires así, mujer.
— Cris, si algún día quieres ser escritora, haz el favor de inventarte historias menos convencionales. ¿No querrás acabar siendo una E.L. James? O, peor, ¿una Stephenie Meyer?
— Joder, ¡al menos ellas están forradas! Vale pensaré algo mejor. ¿tú crees que llamará?
— Cris, claro que llamará, le has salvado la vida.
— Ana, eres una exagerada, no era un ataque de corazón, era un ataque de ansiedad.

— ¿Si?
— Hola, Cris, soy Joaquín. ¿Te acuerdas de mi? El tío que se moría en la carretera…
— Ostras, Joaquín, claro que me acuerdo de ti, ¿cómo estás?
— Bien… quería agradecerte lo que hiciste por mi el otro día, fuiste una gran terapeuta. ¿Dónde pasas consulta?
— ¿Consulta? No, no, no soy terapeuta. ¡qué va!
— Necesito terapia
— Si, Joaquín, todos necesitamos terapia.

—¿Por qué no le has preguntado qué le había pasado? Ahora nos quedaremos con la incógnita.
— Ana, a veces es mejor imaginar la vida que no que te cuenten lo que pasó de verdad.
— También es verdad, ¿has desarrollado ya una historia mejor? Cuéntamela.

Reflexión: lo invisible de la felicidad

A veces me siento un bicho raro. Quizá debería existir un examen de aptitud antes que la naturaleza te permitiera quedarte en estado. Hay cosas que nadie te cuenta, y ya no es que no te lo cuenten, sino que te juzgan por contarlas tú.

Yo no firmé ningún contrato con la culpabilidad. Pero desde el primer día el cerebro te programa para sentir el miedo y la culpa. Yo no firme ningún contrato para ser unitema. Estoy embarazada, no me han realizado, que yo sepa, una lobotomía que me ha anulado el cerebro hasta tal punto que soy incapaz de tener conversaciones que no tengan que ver con bebés. Y de vuelta a la culpabilidad: cuando no te comportas como se espera de ti entonces te hacen sentir culpable. Lo tienes todo, debes ser feliz.

Sí, lo tengo todo. Todos los efectos secundarios de los que no te hablan. ¿qué psicópata inventó lo de las nauseas matinales? Eso es una mentira: puedes tenerlas durante todo el día. De hecho puedes llegar a pensar que tienes la gripe, o un virus, antes de recibir la preciosa (y, permitidme que os diga, aterradora) noticia de tu esperado embarazo. Nadie te prepara para el momento del positivo. El negativo es tierra firme; el positivo, arenas movedizas. Esas dos rayitas solo pueden significar una cosa: eso tiene que salir por algún lado, sí o sí. ¡Ai, Dios! Y aquí empiezas a salir de tu zona de confort. Déjame decirte que el embarazo será muchas cosas, pero te aseguro que hay una cosa que no es: confortable.

Una vez superas el primer trimestre, dicen, todo pasa. Bueno, eso lo dijo alguien muy optimista, e ingenuo. Nadie te habla de lo que te pasa por la cabeza y de las cosas que puedes llegar a encontrar en internet: uno de cada tres embarazos no llega a término. Vaya cifra ¿eh? Llevas dos años desparramando espermatozoides para que un campeón llegue a la meta y luego vas al médico estando de cinco semanas y te dice que es demasiado pronto para cantar victoria. Uno de cada tres. Por no hablar que el peligro no termina milagrosamente en la semana doce, ¿por qué nadie te cuenta que la eco de las 20 semanas (a parte de decirte el sexo, si el bebé se deja) te puede decir cosas terribles? Y entonces te entra la paranoia: ¿todo va bien? ¿y si tiene seis dedos? ¿por qué no se mueve? ¿este dolor es normal? Y tus pensamientos apocalípticos derivan en dudas más profundas: ¿Y si no le caigo bien? ¿cómo voy a cuidar de alguien si no sé cuidar de mi misma? ¿Cómo le voy a pagar la universidad?

Pero antes de la universidad pasarás por un embarazo. Y el embarazo no es fácil, bueno en realidad ya nada lo será a partir de ahora. A la que te duela algo y te quejes alguien osará decirte: “¡Ui, qué mal embarazo estas pasando! la verdad es que lo tienes todo.” No, no lo tienes todo, no te preocupes. Es solo que tú sí hablas de lo que tienes.

Apestas. Literalmente te cambia el olor corporal y no hay desodorante que lo cure. Dicen que la naturaleza lo hace para que el bebé te reconozca nada más salir. Aha. Bueno, vale, lo acepto. No voy a salir de casa en los próximos meses hasta que tenga un olor normal.

Dolor. Te duele todo. Bueno a estas alturas no hace falta que usemos eufemismos. Te duele el coño. Le puedes llamar de muchas maneras: pubis, chirri, los bajos, etc. Pero te duele. Y eso nadie te lo cuenta ¿verdad? Nadie te dice: pasé un embarazo genial pero durante los dos últimos meses me dolía tanto ahí abajo que no podía ni caminar.

Aprovecha para dormir ahora que puedes. Claro. Aprovecha mientras intentas girarte en tres fases porque el volumen de tu abdomen no permite los movimientos continuos. Lo que más me sorprende es que este consejo te lo dé alguien que ya haya estado embarazada. ¿tan fáciles son de olvidar las noches en vela antes de parir? ¿En serio? Esto también es un mecanismo de la naturaleza: todas esas madres que te aconsejan dormir han borrado de su memoria el tramo final del embarazo, sino no me explico por qué el mundo no está plagado de hijos únicos.

Hay miles de cosas más que no te cuentan, pero no voy a ser yo la responsable de la extinción de la especie. Si las contara todas, supongo que a nadie en su sano juicio le apetecería quedarse embarazada. Pero ahora, sabiendo lo que sé, me rió al pensar que lo que más miedo me daba era el parto. El parto, queridos míos, será el menor de vuestros problemas.

Men without women

Decidir cual sería la primera reseña del blog ha sido un debate interno importante. Hay muchos libros que me gustaría comentar pero el primero debe marcar una línea, causar una buena impresión, sin caer en lo típico o lo que está de moda.

Por todo esto Men without Women me pareció acertado: Murakami es archiconocido pero esta pequeña joya literaria no ha tenido la publicidad que pudieron tener otras obras como Tokio Blues o 1Q84. Esta es una obra de relatos cortos donde el denominador común son las historias de protagonistas hombres y su relación con mujeres que solo aparecen en el relato mencionadas, pero son el punto clave de todo el desarrollo de la historia. Son siete relatos potentes, donde lo realmente importante no siempre es qué pasa sino cómo pasa. Murakami usa un lenguaje fluido, su estilo más puro y sublime, con el que nos muestra de una manera poética como los distintos protagonistas sienten la soledad y el desamor.

Algunas de las historias recuerdan mucho a us grandes obras maestras como Kafka en la orilla, por su historia surrealista, o Baila Baila Baila, por el punto de suspense. Con esta joya, Murakami nos regala algo diferente pero sin dejar de ser él en su mejor versión.