Reseña: A visit from Voltaire de Dinah Lee Küng

Hoy te traigo algo distinto, algo realmente especial. Este libro me lo leí hace años y me encantó. Vivía en Durham por aquello del 2006 y un día me paseé por toda a biblioteca de la universidad, buscando algo que me hiciera reír. Encontré A visit from Voltaire de casualidad, casi cuando ya había desistido y me volvía a casa con las manos vacías, un poco desanimada. Lo cogí con poca o ninguna esperanza. Pero me equivoqué: encontré realmente lo que buscaba.

Este año 2021 he decidido releer algunos de mis favoritos (como si no tuviera ya un montón de libros pendientes) y este tenía que ser uno de ellos. No recordaba el título, ni el autor, ni la editorial, vamos que no tenía ni idea de cómo buscar en Google (créeme si pones “libros sobre Voltaire” te salen demasiados resultados y ninguno satisfactorio, ¿sabes cuántas biografías tiene este hombre?). De repente recordé que una vez se lo comenté a alguien que sabía mucho de libros y en ese momento me envió un e-mail con la carátula del libro preguntándome si era lo que estaba buscando. Hace poco recuperé el mail, que era de 2014, y acabé comprando el libro.

No sé si conoces David Safier. Es un autor con un estilo muy marcado, yo creo que es de esos que o te encanta o lo odias. A mí personalmente me parece hilarante, ojalá leyera por primera vez Maldito Karma y me echará unas risas, tan necesarias en estos días que corren. Bien, pues Safier tiene un libro que se llama Yo, mi, me… contigo donde la protagonista comparte cuerpo con el fantasma de Shakespeare. Lo leí hará cinco años. Me reí a lágrima viva. Y me volví a acordar de Voltaire.

Y dirás… ¿por qué me hablas de Safier si él no ha escrito este libro? Bien pues porque Dinah Lee Küng ha escrito una obra de arte con A visit from Voltaire. De hecho me atreveré a decir que merece incluso más que Safier ser reconocida a nivel mundial. Y traducida… porque por lo que sé solo se puede leer en inglés. Ojalá alguna editorial española se planteara traducirla y publicarla, porque te aseguro que merece mucho la pena.

Así en resumen la historia va de una mujer que tiene que trasladarse a vivir a Suiza. Madre de tres hijos y con bastante dificultad para adaptarse a su nuevo hogar, le cuesta congeniar con su nueva vida. Un día el fantasma de Voltaire se le aparece y empieza acompañarla y a conversar con ella. A visit from Voltaire no solo son risas y bromas, que también. Esta novela es un trabajo de investigación muy documentado y exquisito a través de la vida oculta de Voltaire.

Es verdad que quizá, al ser un personaje real, a veces los datos históricos pueden despistar un poco. No es un libro con el que te estés riendo continuamente, pero incluso esos momentos reales, donde se descubren muchas cosas del personaje, Voltaire nos los cuenta con humor y estilo.

Creo que Dinah Lee Küng hizo un trabajo digno de admirar, construyendo un fantasma con un personaje tan complejo como este filósofo. Te acabas creyendo que realmente es el mismísimo Voltaire el que te acompaña párrafo tras párrafo. Y eso, por lo menos, merece mis más sinceras felicitaciones.

Ordesa de Manuel Vilas

Este libro es una oda a los padres y a la escritura. Es un templo al mundo interior. Ordesa es una arma de doble filo: te atrapa y toca la fibra, pero puede llegarte a empachar. Hay que estar preparado para leerlo, no te vale cualquier momento vital: hay que estar en calma. No dudo que si lo volviera a leer, prestaría atención a pasajes distintos a los que he subrayado ahora.

De la muerte de los padres se habla poco, quizá porque es algo que no va contra natura. Se habla más de muertes inesperadas, o dramáticas. Que un padre se muera antes que un hijo es, digamos, lo normal. A no ser que seas como yo y le tengas un pánico totalmente paralizante a la muerte; entonces ninguna muerte te parece natural.

Ordesa son recuerdos, mezclados entre la realidad y la ficción, donde Vilas demuestra un dominio de la lengua extasiado y armónico. Es un libro de poesía en ficción, lleno de sentimientos encontrados y nostalgia afirmativa.

He de confesar que algunas páginas me las leí en diagonal. No porque no fueran increíbles, que seguro que sí, sino porque en mi subconsciente no estaba preparada para ellas. Creo que es un libro a releer en diferentes momentos de tu vida. Estoy convencida que a cada lectura descubriría una joya más, pero no se puede asumir todo en una sola vez. Es necesario releerlo, a cachitos, saboreándolo con un buen café, con calma, como pasan los pensamientos en el libro. No es necesario leerlo de un tirón, ni engancharte a sus páginas de principio a fin. Es imperativo disfrutarlo, digerir sus párrafos, sin prisa, como una comida de domingo. Es condicional hacerlo de fin de semana a fin de semana, intercalarlo con otro libro, algo más light de ficción. Ordesa puede emborrachar, indigestarse, si no se toma en pequeñas dosis.

Me gustan los libros que mezclan cualquier tema con la escritura, es como si escribir fuera parte de todo, de cualquier vida. Me gusta subrayarlos a lápiz, pero confieso que a veces lo hago a boli, o simplemente paso de coger nada y doblo la página, sin más. Luego las releo para encontrar trocitos de una genialidad que ojalá yo fuera capaz de reproducir. Te pongo un ejemplo de Ordesa:

“Porque la materialidad de la escritura es la escritura. De hecho, santa Teresa escribió como escribió porque se le cansaba la mano de tanto meter la pluma en el tintero, de ahí su letra desganada y caótica y feroz y con mala sangre. Si hubiera tenido un boli Bic, su estilo habría sido otro”

Este es solo un fragmento de un capítulo en el que describe la impotencia de cómo se escribe. Con este libro, Manuel Vilas nos regala instantes eternos y deliciosos leer a gusto del consumidor.

Atrapa la liebre. Lana Bastasic.

“Para Lejla, la vida es un zorro rabioso que viene a hurtar gallinas por la noche. Para ella, escribir sobre la vida significaba fijar la mirada en la gallina descuartizada al día siguiente, sin ninguna opción de capturar a la bestia in fraganti”
Siempre me han gustado los libros que hablan de road trips, aunque he leído pocos y de esos pocos creo que ninguno me ha atrapado como este (si tienes alguna sugerencia de novelas de este tipo, no dudes en dejármela por aquí). Me parece una genialidad ambientar un libro que habla de los recuerdos de la guerra sin mencionar en una sola línea la palabra “guerra”. Es sublime, no sólo por la ausencia de la palabra sino porque te transporta a esa Bosnia oscura que alguien que no ha pasado por una situación bélica de estas características no se puede ni llegar a imaginar.

También es un libro sobre la amistad, sobre la evolución de dos personas a lo largo del tiempo, de cómo podemos cambiar, acercarnos y alejarnos mientras lo años pasan. Pero esta novela, por encima de todo, es un análisis de las psicológico personalidades de Lejla y Sara, un poema a su relación a su historia recortada y construida de fragmentos que se enganchan en el cerebro de Sara. La narradora explica, con una combinación perfecta, su presente y su pasado teñidos de oscuridad y sombras. Atrapa la liebre es un viaje a un mundo que Sara parecía querer olvidar y quilómetro a quilómetro recuerda desde una perspectiva sincera y desgarradora.
Según las críticas es un País de las Maravillas balcanizado. Después de leer una entrevista a la autora entendí mucho más de la novela y lamenté muchísimo no hablar serbocroata, la lengua en la escribió la obra. Con la traducción se pierden matices, y en este caso estoy segura que el hecho de escribirla en una lengua que han divido en tres lenguas distintas y ya no existe (como si esto se pudiera hacer) es un punto que un lector que lea la versión traducida (por muy buena que sea, y en este caso la edición de Navona Ficciones es impecable) pierde contexto, porque mucha parte de la obra se centra en la identidad, y la lengua es identidad.
Lo primero que me llamó la atención de la novela es que empieza en minúsculas. Parece un detalle sin importancia, pero al finalizarla entendí el porqué de compararla con el País de la Maravillas. La autora reescribió los doce capítulos de Lewis Carroll para crear su propio mundo en llamas. Con ello creó dos personajes intensos y maravillosos que hacen que la historia fluya entre las venas del lector en apenas una tarde.

Los ángeles de hielo. Toni Hill

Este es un libro ideal para un domingo de lluvia y confinamiento. Es fácil, rápido y sin complicaciones. Altamente recomendable para un light reading en toda regla.

Los ángeles del hielo es una historia que transcurre entre dos tiempos, dos épocas muy diferenciadas: el pasado y el presente. Por un lado tenemos la historia que ocurrió hace años, lo que pasó en el internado, y por otro tenemos los crímenes de hoy cuya clave se encuentra en las historias del pasado.

Esta es una historia fácil de seguir con un punto oscuro inquietante que recuerda, en estilo, un poco a La sombra del viento. El autor nos deleita con una trama intrigante y digna de una buena novela negra. He de decir que no soy muy fan de este tipo de novelas porque es difícil sorprenderme, pero en este caso en ningún momento me he imaginado el final.

Sin duda esta es una de las novelas que hoy recomiendo a todos esos amigos que les gusta leer pero que no tienen mucho tiempo y no quieren pensar mucho. Es para aquellos que les apetece aislarse un ratito de estos tiempos que corren sin hacer mucho esfuerzo mental, solo por el placer de leer.

Fragmento: Todo empieza con un libro de Faulkner

Este es un fragmento de un capítulo de mi novela Volver a empezar que narra la historia de Águeda, una chica que se ve obligada a reconstruir su vida y a enmendar los errores del pasado. La novela aún no la he publicado pero espero que algún día vea la luz 😀

Hay un hombre en una de las mesas que lee Winesburg, Ohaio. Águeda nunca ha oído hablar de este libro y siempre que ve a alguien que lee algo que no conoce, no puede evitar sentir curiosidad. Le mira y concluye que si rebobinara 15 años ese sería el tipo de hombre que se hubiera llevado a la cama un jueves de fiesta. Este era un patrón que se repetía constantemente por aquel entonces: un chico que se quedaba en la barra sin bailar, haciendo ver que aquello de las fiestas universitarias no iba con él, con chaqueta de cuero y semblante superior. Se lo imaginaba bebiendo Ballantine’s con Red Bull, porque en aquella época no estaba de moda aún el gin-tonic con pepino ni ninguna de estas cosas que cuando tenía veinte años le parecían pijadas.

Se lo imaginaba en la barra, con la misma actitud que ahora que está sentado en una terraza de la playa con ademán de “acabo de llegar”. Lee con las piernas cruzadas, ignorando el mundo. Entre el tipo de chico de la uni y este solo debe haber unos treinta años de diferencia.

Ya no quedan hombres que lean en los bares y, aún menos, hombres que lean libros que Águeda no conoce. ¿Qué habría hecho Águeda con veinte años? Le habría provocado sin piedad. ¿Qué hará ahora? Nada, ahora solo es un vago recuerdo de la energía de cuando era jovencita. Sin embargo no puede evitar acercársele, porque la única mesa vacía es la que está a su lado. En realidad la del hombre y la vacía son dos mesas demasiado juntas para decir que están separadas y demasiado separadas para decir que están juntas. Águeda decide que no están juntas y camina hacía él con paso firme y mirada desafiante. Él la ignora detrás del libro. Como en la uni. Normal: un tío demasiado interesante para dirigirte la palabra, Águeda. Pero ella ha jugado mil veces a este juego: en la barra de los locales, en la cafetería de la uni, en el trabajo, en la biblioteca y, en realidad, en cualquier sitio donde hubiera un hombre interesante. Y él es un hombre interesante y, además, ella nunca lo ha intentado en un bar de la playa.

De acuerdo, esta mañana se ha prometido que no caería en los errores del pasado, pero… ¿puede destruir treinta y pico años de historia en cinco días?

En la universidad, Águeda se le habría acercado y le habría invitado a “lo que sea que esté bebiendo este chico que no sabe bailar” y él hubiera rechazado la copa sin apartar la mirada del infinito, que era mucho más interesante que cualquier pija de la Pompeu Fabra. Sin embargo, Águeda no desistía, ponía los codos sobre la barra y decía:
— Pudiendo estar leyendo Faulker y aquí estamos, escuchando Shakira.
Entonces le sonreiría, se mordería el labio (el labio era la clave, nunca fallaba) y le dejaría la copa al lado para ir directa a la cabina del DJ para pedir alguna canción de Shakira. Se pondría a bailar, como si el mundo no existiera, como si solo bailara para él, sin mirarlo. Él tenía el tiempo de una canción para acercarse y preguntarle quién era Faulkner o para decirle que no habían leído nada suyo. Si no lo conocía, dependiendo de su estado etílico, le valdría para una noche.

Sorprendentemente, algunos sabían quién era Faulkner y cuando les preguntaba cuál era su libro favorito y contestaban Sartoris, ella ya se había bajado las bragas. Todo tan simple, tan superficial.

Superficial. Es una palabra que le duele y no quiere que la defina, pero lo piensa mientras mira los dedos de este hombre y se los imagina recorriéndole el cuerpo. Empieza a preocuparle que los hombres cada vez le gustan mayores. ¿Cuántos años puede tener? ¿Casi 50? Tiene un gran polvo, de una noche, y le adivina una V por debajo los tejanos.
Se le escapa una risa; recuerda que la primera vez que le contó a su hermana Nana qué significaba cuando un hombre tenía una V casi se mea de risa. Es esa forma de V que tienen los hombres que están en forma, le dijo, que les recorre el estómago siguiendo el camino hasta el hueso de la cadera, al lado de los abdominales, y que acaba justo encima del pubis. Y Nana no entendía por qué las V eran importantes, pero Águeda estaba demasiado ocupada para explicárselo.

Sí, este chico, este hombre, debe tener una V insultante. Por esto piensa que quizás no ha cambiado tanto desde la uni. Y entonces de fondo suena Shakira, su preferida. El karma y ella empiezan a entenderse: esto es claramente una señal.
—¿Qué tal es el libro? —le pregunta Águeda con una caída de ojos. Mordisco en el labio, esto no puede fallar.
Él levanta la vista y ni se inmuta. De acuerdo, un tío dificil, puede trabajar con esto.
—Como París era una fiesta —le contesta sin levantar la vista de las página.
¿Qué quiere decir con esto? ¿En estilo? París no tiene nada que ver con Ohaio. Debería haber mirado en Amazon la reseña del libro. De haberlo hecho, hubiera descubierto que el autor de Winesburg se había visto influenciado por Hemingway. Él ha cometido el error de subestimarla y dañarle el orgullo
—Tú, ¿qué lees? ¿Megan Maxwell?—le pregunta el hombre fingiendo interés.
Águeda le clava la mirada como para matarle. ¿La está insultando, o qué? ¿Tiene ella pinta de leer Megan Maxwell? ¡Joder! Nicholas Sparks aún, pero ¿Maxwell?
—Casi… Leo a Jean Valjean—si no sabía ni quién era el protagonista de Los miserables no le valdría ni para echar un polvo. Ella lo mira desafiante.
—¡Ahm! 24601, ¿eh?— entona él como un silbido.
Un momento, piensa Águeda, si se sabe de memoria el número de prisionero de Jean Valjean se merece hasta sexo oral. Sonrisa. Mordisco en el labio. Movimiento de cuello a la izquierda. El camarero interrumpe para preguntarle qué quiere.
—Una cerveza, gracias, que sea Estrella Damm —contesta Águeda. Si tiene que vivir en un anuncio de Formentera, como mínimo que sea con nombre propio.
—Yo la invito —dice él marcando territorio— Victor Hugo está bien, pero yo soy más del estilo de Faulkner ¿has leído algo suyo?
¿Está hablando en serio? Acaba de encontrar el único tío en el planeta que usa la misma estrategia que ella para ligar. ¿Está de coña?
—Brutal, Sartoris, ¿verdad? De mis top 10 —le contesta ella simulando que duda.
—Yo prefiero El ruido y la furia.
—No lo he leído—Águeda lo dice con vergüenza fingida, sabiendo que se le ve a la legua cuando miente.
—Te lo puedo dejar, no puedes ir por el mundo sin haber leído la mejor obra de Faulkner— lo dice mientras pide la cuenta.

Ha sido más fácil de lo que esperaba. Se acaba la cerveza mientras él le alarga el casco. Llegan al aparcamiento de la playa y a Águeda le da reparo decir que le dan miedo las motos. Él le explica que ir caminando es un palo, que todo es subida y que después la bajara al coche, pero que ahora no le apetece pasear. Cuando él arranca, ella se da cuenta que se ha olvidado de preguntarle cómo se llama. Pero para ella tampoco es una información esencial ahora mismo.