Novel·la de Pol Beckmann

Te traigo, como primera reseña del año, una novela que me ha parecido de lo mejor de 2020: un ejercicio literario ingenioso y arriesgado, a la vez que intenso y único. Pol Beckmann juega en Novel·la a esconder la fina línea entre el mundo inconsciente y el palpable. Esta no es una novela cualquiera, créeme, es una novela que necesitas leer.

Para empezar, el protagonista tiene el mismo apellido que el autor, solo que modificado porque el personaje se apellida Bekman. Con este gesto, el autor empieza a jugar con el lector al gato y al ratón, a distinguir aquello que es real de lo que podría ser ficción. Me parece un acto valiente ponerle al personaje principal tu propio nombre, despojarte sin miramientos de la muralla que construye poder decir que no eres tú, sino tu personaje, el que ejerce el libre albedrío entre las páginas.

He de reconocer que hubo un punto en que tuve que parar y decir “un momento, ¿cómo?” Releí las cinco páginas anteriores y no entendí nada. Y cuando descubrí la verdad pensé “¡Hostia, Beckmann, eres desde hoy mi autor preferido!” (Paul Auster, por favor, perdóname, en el fondo sabes que eres tú, el único e inigualable, incluso le he puesto tu nombre a un peluche de mi hija, lo nuestro es una relación fiel). Y no es casualidad que Pol Beckmann se haya convertido en mi autor favorito de 2020 y que mi otro autor favorito sea Paul Auster, (que ahora que lo pienso se llaman igual) porque me atrevo a comparar Novel·la con 4 3 2 1, solo que Novel·la es un libro tan corto que te lo leerás en una tarde. No quiero que pienses que te he hecho un spoiler; la trama de estas dos historias no tienen nada que ver, te lo juro, puedes leer la novela de Paul Auster y leer la de Pol Beckmann y encontrarás dos realidades despojadas de similitudes, pero sí que te dejarán con la misma sensación cuando descubras la verdad. Te hablo de esa sensación entre incredulidad e indignación, de no haberte dado cuenta antes de qué iba la historia, y un sabor dulce de que ahora que lo sabes, eres muy consciente que la historia no podría haber sido distinta porque es perfecta con su único final.

Es muy difícil encontrar algo que sea negativo en esta novela. De hecho, creo que por una vez en mucho tiempo, yo no le cambiaría ni una coma. Si la lees, ya me contarás.

Por las carreteras de Sylvain Prudhomme

Por las carreteras es una joya. Empiezo así la reseña porque me parece importante que leas este libro para que tú mismo/a lo valores pero yo, si fuera tú, lo leería. Esta es una historia diferente, nada que ver con el amor (aunque lo haya) ni con una novela convencional. Es, sin duda, una obra maestra.

Una novela narrada en primera persona, donde el narrador se nos presenta como un viejo conocido del autoestopista. Este es el protagonista real: un personaje indescifrable e único. Yo al leerlo pensaba “se me escapa algo, ¿por qué este tío es adicto a ser autoestopista? ¿cómo es capaz de dejar a su mujer y a su hijo para hacer esto?” A menudo me enfadaba con él. No se puede dejar a un niño solo para perseguir un sueño, una pasión. Pero a medida que la novela avanzaba comprendía que quizá yo carezco de la pasión del personaje, un motivo de vida tan fuerte como para que pueda renunciar a todo para hacer lo que me gusta. O quizá sí lo tenga, pero soy una cagada. Me gusta la estabilidad, la seguridad, la rutina y todo esto es incompatible con perseguir sueños a través de kilómetros.

Esta es también una historia de amistad, o más bien de la evolución de una amistad a través de los años; la transformación de una relación marcada por la pasión de perseguir aquello que somos, la dicotomía entre lo que debemos hacer y lo que nos gustaría hacer.

La única cosa negativa que podría decir de Por las carreteras solo se basa en una percepción personal que bien podría ser un error mío o una cuestión de total desconocimiento de la versión original. Venga, va, te digo lo que pienso y luego si quieres lo hablamos: hay, en algunos puntos, palabras que parecen disonantes. Es como si estuvieras escuchando una pieza perfectamente armónica y, de repente, al pianista se le escapara un dedo. Tengo dudas de si es un tema de la traducción al español o una jugada bienintencionada del autor. No te voy a poner ejemplos, para no condicionarte durante la lectura, pero ¿me haces un favor? Si a ti también te pasa leyendo este libro, envíame un comentario, un mensaje a través de Instagram o coméntame el post y me dices qué palabra te ha llamado la atención. Quizá coincidamos y podamos llegar juntos a la conclusión que o bien el traductor no ha acabado de encontrar las palabras adecuadas o bien yo veo fantasmas entre líneas.

Del resto de Por las carreteras solo te puedo dar alabanzas. Hay en esta novela pasajes soberbios que se te quedan dentro, descripciones de pensamientos universales que no te pueden pasar por alto. Te pongo un ejemplo:

“Y una mañana me levanté y me dije: Ya está, eres mayor. Me di cuenta de que tenía que dejar de repetirme la frase “más tarde, cuando seas mayor”. Que la cosa ya estaba: era mayor. Me había vuelto mayor sin querer. Sin que nadie me lo advirtiese. Comprendí que no habría prueba que pasar. Ni monstruo que vencer ni nudo que cortar. (…) Que ser mayor a partir de ahora sería aquello: la continuación de aquel presente, de aquella lenta traslación, de aquel deslizamiento casi imperceptible (…)”

Esta es una novela sobre hacerse mayor y no perder tu esencia. Plantea con esto el dilema de envejecer y mantenerse firme a lo que somos. Y ¡qué difícil es hacerse mayor y escoger la dirección correcta! ¿no te parece?

Déjate florecer de Sheila Mulero

Este me parece un libro imprescindible para cualquiera que alguna vez haya tenido una relación mejorable con su cuerpo. Yo siempre he pensado que si hablara a alguien como me hablo a mí misma me caería realmente mal. No tengo con los otros ni la falta de educación ni la falta de empatía que muchas veces peco de tener conmigo misma. A ver, voy a serte sincera, así de primeras tampoco es que caiga excesivamente bien, pero es que a mí misma me caigo aún peor.

Este libro te dirá cosas obvias, pero que es probable que te hagan pensar “joder, y ¿por qué no me lo aplico un poco?” Te hace ver la relación con tu cuerpo y con la comida desde el amor y la compasión, que de eso nos falta un ratito. El amor hacia uno mismo debería estar por encima del resto de cosas, porque, vamos a ser sinceros: sin cuerpo no existimos. Este libro te hará patente una realidad como un templo: tú eres suficiente tal y como eres ya.

No creo que sea la única que ha pasado por distintos estadios de amor propio en la vida, pero la verdad es que jamás he pasado por el estadio más importante: el de trabajarme “desde el cariño en ti misma en las causas que te llevan a ese sobrepeso pero no sigas machacándote con palabras hirientes dietas estrictas y ejercicio extenuante solo porque crees que lo mereces, te mereces todo lo bueno y bonito ya, siempre”. Porque realmente ves que olvidamos lo bueno y no nos ayuda en absoluto pensar en lo mal que lo hacemos todo.

Encontrarás en Déjate florecer una guía amena, super rápida de leer y en la que necesitarás sí o sí un lápiz para subrayar. Hay tantas cosas importantes y útiles que puede ser que hasta necesites dos, de lápices, porque sus frases no tienen desperdicio. Me gusta porque este no es un libro de autoayuda al uso, no es un libro optimista sin fundamento, ni un decálogo que los pasos a seguir para conseguir un cuerpo perfecto. Esto es todo lo contrario: un estudio exhaustivo que te hace ver que no sólo la comida es lo importante, que pone en valor las emociones que nos impiden avanzar, que advierte de los peligros de los extremos, aunque en un principio nos parezcan positivos como la obsesión por la comida sana, y nos enseña un camino más hasta el amor por uno/a mismo/a.

En conclusión creo que la autora ha escrito un gran libro que puede ayudarte a entender muchas cosas a las que es difícil ponerle nombre. Pienso que es urgente que las mujeres, (y digo mujeres porque creo que necesitan más autoestima que los hombres) y todo el mundo en general, aprendamos a respetarnos a nosotros mismos y nos amemos incondicionalmente. En resumen, que nos dejemos florecer y no nos reguemos más desde la autocrítica destructiva.